Manzana verde

Hoy os escribo desde uno de los hoteles más pijos de la ciudad, el Four Seasons. No es que me haya vuelto loca ni que me hayan hecho la directora del banco, es que salía de trabajar y estaba lloviendo. Aquí no merece la pena llevar paraguas porque llueve casi todas las tardes, pero un ratito corto, así que me resulta más práctico evitar el aguacero que cargar con el paraguas todo el día.

El Four Seasons está justo al lado de la Torre Reforma donde trabajo la mitad de mi tiempo. Cuando salí del banco, con mis sandalias planas en medio de la lluvia, me refugié bajo sus toldos para evaluar cuánto llovía y qué hacer esta tarde. Las opciones eran: irme a un centro comercial o marchar a casa a descansar parando antes en el Office Depot para comprar post-its. Allí refugiada pensé que aquí sí puedo permitirme entrar en una cafetería de alto copete aunque sea por vivir una experiencia totalmente marciana para mí.

Verde ManzanaAsí que aquí me veis (con lo que yo he sido…) en un ambiente pijísimo, super bonito, escribiéndoos mientras espero que pare de llover. Empecé con una infusión, toda discreta yo, pero al final un mesero súper amable me convenció para que probara un postre, del que os adjunto foto, porque es lo más aluflipante que he probado en mi vida. Es uno de esos platos que le pierden a mi amiga Helena Solà, la que me enseñó a ver Top Chef 😉 Está hecho a base de manzana verde, tiene una esfera de caramelo verde rellena de una especie de mousse, con helado, compota y frutos secos. Ya podéis limpiaros las babas, está tan rico como os imagináis.

La gastronomía de este país es una pasada, porque aquí han entendido que la comida es mucho más que una necesidad fisiológica, es la puerta a un disfrute. Aquí puedes comer a todas horas y en casi cualquier lugar y, de hecho, se espera que lo hagas. La calle está llena de puestos, mis favoritos son los de fruta y jugos, pero hay de todo: tacos, chucherías, patatas fritas, bebidas… La gente come de pie en la calle, sentada en los parques, caminando, en su puesto de trabajo… No es que coman mucho, es que lo hacen todo el rato en pequeñas cantidades.

El universo de sabores que se abre cuando estás aquí, de pequeños disfrutes, bien merece el reconocimiento que la Unesco le dio a la cocina mexicana en 2010 declarándola Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, algo que debería ayudar a preservarla. Olvídate de todos los restaurantes mexicanos que hayas visitado en Madrid, esto es una experiencia mucho más compleja y total, algo que cambia tu día a día. Desde el amable señor al que le compras tu jugo de toronja, nopal o zanahoria (entre otros muchos) y tu pan dulce para el camino hacia el trabajo, hasta el olor a tacos por la calle y el placer de sentarte ante unas enchiladas, aquí cuesta medirse para no probar todo el primer día.

Con razón la antropología considera la comida como un elemento cultural, de hecho para los materialistas culturales como Marvin Harris es una de las más importantes manifestaciones de la evolución cultural. La comida define nuestro sistema de valores, la forma en que nos adaptamos al medio, nuestro nivel de relación (penetración) con otras culturas y mil factores más. Hace poco descubrí la serie documental Cooked, que habla de cómo la evolución humana se ha vinculado con el desarrollo de la cocina. Os la recomiendo. También os recomiendo el blog de Biscayenne a la que admiro y cuya forma de escribir intento copiar sin éxito. Muy fan.

Hablemos también de uno de los mayores tópicos: el tema del picante. A ver, yo esperaba morir al dar el primer bocado en este país, por todo lo que te cuentan sobre el uso y abuso del chile. Pensaba que iba a picar hasta el café con leche, pero, seamos sinceros, no es para tanto. Cuando preguntas si una comida es muy picosa la respuesta es bastante sincera, nada descabellada. Si te dicen que no pica, no pica (o muy poco) y si te dicen que pica entonces ni lo pruebes porque el tema aquí va en serio. Están obsesionados con el picante, sí, como lo estamos en España con el jamón. Ni más ni menos. También hay que decir que las salsas aquí están ricas y, cuanto más pican, más ricas están. Así que poco a poco me voy soltando y lo disfruto muchísimo.

Otro tema que sí me parece importante y del que se habla poco es de lo que aquí llaman la “venganza de Moctezuma” y que ya os mencioné en otro post. Llevo casi tres semanas y dos de ellas, enteras, he estado aquejada por este mal. Desesperante. También es verdad que no te encuentras débil físicamente, ni te da fiebre, ni te inhabilita para seguir una vida normal más allá del “momento crítico” en cuestión. Es decir, resulta llevadero e inevitable, así que continúas una dieta mexicana normal y esperas a que tu estómago se vaya adaptando. Está provocado casi por cualquier cosa: sabores fuertes, hielos en la bebida, aguas de frutas, yo qué sé… Es mejor relajarse y disfrutar, ubicar baños cercanos en los lugares que frecuentas y salir corriendo hacia ellos en cuanto notas el primer síntoma. Parece que poco a poco mejoras, puesto que no mueres.

Dejando a un lado la escatología, me llama la atención que los mexicanos creen firmemente que quien cocina transmite estados de ánimo a las comidas (y por ende a los comensales). Este no es sólo un recurso literario en “Como agua para chocolate“. Cuando una salsa pica demasiado dicen que la cocinera estaba enojada y consideran que es muy importante conocer a quien cocina para ti, para asegurarte de que lo hace de buena fe, con gusto. Esto también lo creen culturas muy alejadas, como la china. Tal vez podríamos aprender algo al respecto, considerar que la intención mueve el mundo y que deberíamos rodearnos de gente que quiere cosas buenas para nosotros.

Esto me lleva a hablaros de Juanita, la señora que limpia en mi casa. Se trata de una señora extremadamente amable, cariñosa y servicial, de origen muy humilde, que vive en un barrio muy alejado y que todos los días se tira dos horas para venir a trabajar y dos horas para regresar a su casa. No sé cuál es su sueldo, pero parece claro que no muy alto. México está lleno de Juanitas, las ves por todas partes porque aquí las clases sociales están muy segregadas y apenas hay eso que en Europa conocemos como clases medias, aquí estás en el bando de la gente con estrella o de los estrellados, no hay mucho más.

Juanita está empezando un microemprendimiento “La Bombilla” de comida para oficinistas. Tiene comida corrida que es una especie de menú del día que ella misma te lleva a tu lugar de trabajo. Mañana tenemos comida de equipo en el Bosque de Chapultepec, justo enfrente del banco y le hemos encargado a Juanita hamburguesas para todos. Creo que estoy tan nerviosa como ella, porque sé que en este momento su negocio es frágil y depende de ir generando nuevos clientes. Espero que le vaya bien, porque ella es una de esas madres que alimentan el mundo, es feliz haciéndolo. Ya hemos pasado alguna mañana de charleta en la cocina mientras me da a probar cosas riquísimas que anda preparando. Debería tener suerte, porque cocinar con cariño es una de las mejores cosas que se puede hacer por los demás y porque está generando una red de solidaridad a su alrededor que no es más que el reflejo de todo lo bueno que ella ha hecho por los que le han pasado cerca.

Los mexicanos dicen que les gusta hablar de comida mientras están comiendo y debe ser que me estoy mimetizando con ellos, porque escribí este post mientras me comía mi manzana verde deconstruida. Pero ahora ya ha dejado de llover y me voy a casa, saltando sobre los charcos en esta ciudad que cada día me resulta más familiar.

Besos dulces.

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Al máximo sin pasarse

No has escuchado a nadie en toda tu vida, yo tampoco. Si lo hubiéramos hecho esa experiencia nos habría transformado irremediablemente, habría un antes y un después.

Con esta hipótesis comienza Moisés Mato su monográfico del Teatro de la Escucha en la Sala Metáforas de Madrid, al que tuve la suerte de asistir el pasado septiembre. Cuando empiezas un curso escuchando semejante afirmación subes una ceja y piensas para tus adentros “se está equivocando, yo he escuchado a algunas personas, tal vez no muchas, pero lo he hecho y sé de qué va este rollo porque he estudiado muchísimo sobre comunicación”. Bueno, en realidad no sé con qué palabras pensé ese pensamiento, pero sé que subí la ceja, que mi ego se defendió y que sacó toda la artillería de mi soberbia para defenderse.

Todo el curso giró en torno a esta idea, nada más, así de sencillo. No hicimos otra cosa que abordar la escucha  desde diferentes perspectivas y ejercicios. Ya nos lo advirtió Moisés justo al principio, que sólo trataríamos una idea durante diez horas. Dicho así puede parecer el curso más cansino de la historia de la pedagogía, pero resultó todo lo contrario. Cuando quieres romper un patrón firmemente arraigado no puedes correr, tienes que dedicar todo el tiempo posible a la toma de conciencia sobre el error básico en el patrón.

Moisés me pareció un gran educador, con una visión un tanto particular y un concienzudo trabajo a sus espaldas no sólo respecto a técnicas, sino también respecto a la metodología y la teoría que sustenta su enfoque. Me quedo con el lema que nos transmitió durante todo el curso y que da título a este post. Representa la que debería ser nuestra actitud frente a la vida y a las relaciones personales para que se conviertan en significativas.

“Al máximo sin pasarse” significa explorar los límites de las relaciones, es escuchar y hablar totalmente. Puede que en algún momento nos pasemos de la raya, en ese momento corregiremos el rumbo, pero seguiremos explorando el límite. No hacerlo significa mantenernos en relaciones que no nos retan y, por tanto, no nos aportan valor. Pasarnos significa invadir el espacio en el que el otro no quiere que entremos y, por tanto, faltarle el respeto. Pero cuando la otra persona me lleva al límite, voy cogiendo confianza y ampliando mis propios límites, lo cual me ayuda a crecer.

Porque estamos explorando el límite, las relaciones humanas requieren tiempo para encontrar el equilibrio entre la tensión y la alegría. Este es el punto de encuentro entre dos personas, con nuestro trabajo y con cualquier cosa que merezca la pena ser vivida.

Una de las grandes habilidades de Moisés Mato es lanzar preguntas poderosas. La que más reveladora me resultó fue “¿A tu alrededor la gente crece?” Esa es la medida de que tus relaciones son significativas.

Esta es una sola de mis reflexiones sobre el Taller, no quiero contar más para no hacer “spoiler”, pero hay mucho más, básicamente una experiencia que te enfrenta a la parte de “status quo” que tienes interiorizada, un espejo en el que mirarte y mejorar, un juego con el que te diviertes y a la vez te conmueves.

Hemos cambiado la comunicación por el intercambio de palabras. Hemos asumido que las relaciones no deben tocar temas incómodos. Olvidamos que se puede crecer en sacrificio y en humildad, pactamos en relaciones de mínimos para no ir al límite. Todo esto he visto dentro de mi y también fuera.

Al tratarse de una metodología teatral trabajamos básicamente con el cuerpo, el movimiento, el contacto físico, la voz y otros elementos corporales. Sin embargo, no hace falta ser actor o actriz para hacer este curso, porque la dramatización es un recurso que sólo usamos en contadas ocasiones. Si te ha gustado, no dudes en apuntarte a la próxima edición.

Por cierto, gracias @islomar por animarme a escribir este post.

Incómoda zona de confort

Tengo que comenzar este post pidiendo disculpas por su longitud. He intentado por todos los medios ser breve, pero me resulta complicado explicar por qué, justo este verano, decido dar un giro a mi carrera profesional y reinventarme una vez más.

Hace poco se cumplieron veinte años desde que terminé mi primera carrera universitaria, Trabajo Social. Veinte años ya, menudo vértigo. No es que las cifras me importen mucho, pero resulta curioso que, justo con estas dos décadas, se produzca un cambio tan significativo.

Nada se decide de un día para otro, pues nuestra vida está llena de procesos en los que vamos evolucionando poco a poco. Sin embargo, hay un día en que tomas una decisión más o menos firme. Hace un mes decidí abandonar mi dedicación al sector social, dejar de ser lo que he sido durante veinte años. Las razones os las cuento justo ahora.

Intervención social

El trabajo con personas en situación de vulnerabilidad social es una de mis pasiones, por carácter, por ideología y por trayectoria personal. Así nace una vocación: algo que te gusta hacer y que aporta valor a los demás. Desde entonces mi crecimiento personal ha estado al servicio de mi capacidad de ayudar a los demás y al viceversa.

He sido muy feliz aportando a otras personas una perspectiva desde la que puedan entender sus problemas y buscar nuevas soluciones. He tenido acceso a historias increíbles y espeluznantes, he podido aprender del daño ajeno y, casi, vivir varias vidas en las vidas de los demás, algo que me habría costado varias reencarnaciones si me hubiera dedicado a otros menesteres.

Nunca he creído que se trate de un trabajo revolucionario, no más que otros. El status quo no admite nada que ataque las bases del sistema, que siguen generando más pobreza y exclusión (triste realidad que cada vez es más palpable en nuestro país). Ahí están las instituciones para devorar el trabajo que hacemos con las personas y vomitarlo convertido en estadísticas, campañas publicitarias, argumentos políticos y otras perversiones.

El problema

Llevo años observando cómo el sector de la intervención social y de las ong’s sufre la mala gestión que es general en nuestro país. La falta de foco en las personas, la doble moral de las organizaciones sin ánimo de lucro y la búsqueda del negocio por encima de los criterios de calidad.

La Administración Pública ha realizado una eficaz campaña de desmovilización ciudadana contratando servicios a organizaciones sociales, con las que se ha generado una suerte de clientelismo. Muchas de estas organizaciones han dejado de ser expresión de la conciencia colectiva para convertirse en meras prestadoras de servicios con una visión de negocio.

Siempre hemos sido un sector caracterizado por la falta de recursos, pero con el argumento de la crisis (estafa) económica, se han acometido dos cambios importantes: privatizar aún más la gestión de los servicios sociales (en esta ocasión en manos de grandes corporaciones) y recortar los derechos sociales de los ciudadanos (reduciendo servicios y prestaciones).

El panorama es descorazonador:

  • las organizaciones sociales no presionan a la administración ni ejercen como canalizadoras de la opinión popular porque temen ser excluidas de los contratos públicos;
  • los profesionales del sector no hemos sido capaces de iniciar una reflexión seria y buscar soluciones colectivas;
  • las condiciones de trabajo en intervención social se han vuelto aún más precarias;
  • se está volviendo cada vez más a modelos asistencialistas (derivados del concepto de caridad) que no buscan cambios profundos ni estructurales.

Mi parte

En lo personal, llevo algunos años resistiéndome a trabajar en cualquier sitio y de cualquier manera. Tengo muy claro cuáles son los mecanismos de cambio social y no estoy dispuesta a aportar mi fuerza de trabajo al mantenimiento de estructuras deshumanizadoras.

Los acontecimientos de este verano me han hecho darme cuenta que, dedicándome a esto, siempre seré una trabajadora en precario, aún cuando el valor que soy capaz de aportar es cada vez mayor.

La gota que colmó la copa fue aceptar un trabajo a tiempo parcial por un precio injustamente bajo, para darme cuenta que la empresa no estaba dispuesta ni tan siquiera a pagar mi salario. Esto es preocupante, desde luego, en lo que respecta a mi propia supervivencia (y la del resto de trabajadores), pero lo es aún más en relación al servicio que esta empresa presta a personas que pagan un elevado precio por servicios de dudosa calidad.

Así que, no sin dolor y enfado, decido cerrar la etapa en que me consideré una trabajadora social, al menos tal como lo he venido haciendo hasta ahora. Afortunadamente llevo años buscando nuevas formas y nuevos lugares donde aplicar lo que sé y es en eso en lo que quiero centrarme ahora.

Ha sido una de las decisiones más duras de mi vida, pero mi trabajo terminó conviertiéndose en una incómoda y peligrosa zona de confort de la que necesito salir para evolucionar y mejorar en todos los sentidos.

Quien sabe, si la vida me trata bien tal vez pueda cumplir mi sueño de crear mi propio proyecto social, sola o en colectivo, en el que las personas y su crecimiento sean el centro y el único objetivo. Un proyecto que será viable por su capacidad productiva y no por convenios con la Administración.

Sigo pensando que, en el fondo, no estoy haciendo un cambio tan drástico, sino que sólo continúo un camino que empezó hace años y que hoy me pide nuevos retos. Vamos a por ellos.

Aunque supongo que la mayoría lo conocéis os dejo un interesantísimo vídeo sobre lo que significa salir de la zona de confort.

La antropóloga agilista

Me gusta cuando los amigos describen mis actividades como las “cosas de Maica”. Ya sabéis que siempre ando con nuevos proyectos en la cabeza: cosas que pruebo, algunas funcionan, otras fracasan, pero de todas aprendo un montón. También sabéis que llevo meses codeándome con los que yo llamo “informáticos locos”, aunque nunca me paré a explicaros por qué. La pregunta que todo el mundo formula es: “¿Qué hace una antropóloga trabajando con informáticos?” Hoy os lo voy a explicar.

Para ser justos tengo que aclarar que no se dice “informático”, sino “desarrollador de software” (menudas brocas me han caído en estos meses al respecto). Pero bastante locos sí que están, al menos estos, que son los agilistas.

La culpa de todo la tiene @jmbeas, quien consiguió que yo entendiera en qué consiste el agilismo: una nueva metodología que se centra en las personas y en la promoción del cambio dentro de las empresas IT (tecnológicas).

Los desarrolladores generan proyectos en equipo, pero si el factor humano no está bien compenetrado la calidad del producto se resiente o llega incluso a sacrificarse. Además, la utilización de un lenguaje específico, llamado “código” obliga a consensuar los términos de referencia, los usos y las funcionalidades, pues todos los lenguajes funcionan sobre la base de una convención social, un acuerdo explícito para evitar interferencias.

Así, descubrí que todo lo que sabía sobre dinámicas de grupos, contextos participativos, semiótica y análisis de la realidad podía ser útil en este contexto. Los ingenieros se enfrentan a la dificultad de trabajar centrados en las personas aunque su formación es eminentemente técnica. José Manuel y yo advertimos que mi visión del cambio como proceso y las herramientas asociadas podían ayudar a aumentar las posibilidades de éxito del enfoque agilista.

Llevo meses estudiando y enriqueciéndome del bagaje de esta autodenominada “tribu“. Ellos han sistematizado técnicas muy poderosas en el trabajo con personas y, además, promueven un cambio de valores en las empresas que a mí me resulta realmente revolucionario: cooperar, compartir conocimiento, transparentar y mejorar continuamente, entre otros.

Con esta tribu comparto mi pasión por la dinamización del cambio, así como la necesidad de transformar el tejido productivo español y a nosotros mismos como profesionales. Se trata de gente amable y acogedora que siempre te busca un sitio entre ellos aunque hayas llegado hace muy poco.

Así que ya sabéis en qué ando. ¿Qué os parece? ¿Puede una antropóloga ser agilista?

Ubuntu

El otro día conocí una nueva palabra, que más que una palabra es un caleidoscopio ético para orientar las relaciones interpersonales,  una norma moral africana, una filosofía. Ubuntu.

La palabra forma parte de la expresión zulú “umuntu ngumuntu ngabantu”, que significa ‘una persona se hace humana por razón de las demás personas’. Existen otras traducciones como “te necesito para ser yo mismo”-

“Una persona con ubuntu es abierta y está disponible para los demás, respalda a los demás, no se siente amenazado cuando otros son capaces y son buenos en algo, porque está seguro de sí mismo ya que sabe que pertenece a una gran totalidad, que se decrece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, cuando otros son torturados u oprimidos.”  Desmond Tutu Más

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