“V” de verano

El verano es corto en casi todas partes, excepto en Sevilla. Desde que me mudé a vivir a esta sierra mesetaria me parece que tarda demasiado en llegar y se va deprisa. Le pasa a todos los bienes preciados, por naturaleza son escasos. En estos días, los paisanos empiezan a decir “nos quedan dos semanas de verano”, por tocarte las narices y porque todos sabemos que a mediados de septiembre cambia el aire y tienes que guardar las chancletas y los tirantes.

Vacaciones. Otra palabra que empieza por “v” de verano. Desde pequeños le cogemos cariño a una estación, que a diferencia de las otras, está repleta de días y cada día lleno de horas. Un montón de tiempo para jugar, vamos. La diferencia entre los niños y los adultos es el precio de sus juguetes, ya se sabe. Y qué mejor momento para desempolvar los juguetes que las vacaciones.

Vale que en este país todos nos cogemos las vacaciones a la vez, que hay un mes en el que todo se para (todo, en este caso, se refiere a las oficinas, porque los chiringuitos y las huertas están a tope). Vale que deberíamos llevar una vida super gratificante que no nos exigiera un tiempo de desconexión. Vale que el verano es un negocio, como lo es la Navidad y que nuestra vida está más regida por las modas que por las estaciones. Aún así el verano mola, no me lo podéis negar.

Poder bañarte en el mar, en un río o en un pantano. Viajar. Pasear en bicicleta. Tener más tiempo para los amigos y la familia. Cine de verano (con palomitas, gracias). Escalada. Conciertos. Fiestas. Comilonas. Ninguna de estas actividades es exclusiva de los días de sol, pero en esta época nos quedan mucho más a mano.

Tiempo de ocio que muchas veces convertimos en experiencias lúdicas, de disfrute, de juego. Que exista un periodo así en el año está bien para que descansemos, pero, sobre todo, es fundamental para que recuperemos el sentido lúdico de la vida, porque si conocemos la experiencia de disfrute podemos buscarla y replicarla en otros aspectos de nuestra vida. El ocio, a través de la experiencia lúdica, nos enseña a disfrutar y eso lo podemos aplicar a cualquier actividad que no sea de ocio (exacto, incluso el trabajo o las tareas domésticas).

Para mí, la capacidad de disfrutar está muy relacionada con algunas otras, como la capacidad de concentrarnos en lo que estamos haciendo y la capacidad de sorpresa (hacer las cosas como si fuera la primera vez). Al final, siempre vuelvo a lo mismo, la importancia de estar presentes.

Desde hace unos años cumplo algunos rituales de verano. Uno es quemar mi papelito la noche de San Juan, una tradición que nos obliga a pensar qué cosas nos gustaría hacer desaparecer de nuestras vidas, apuntarlo en un papel y arrojarlo al fuego purificador.

El segundo ritual que cumplo al menos una vez durante esta estación es más personal: es de noche y estoy volviendo sola en mi coche. Puede que venga de bañarme en el pantano, o que pasé la tarde en la playa y me dieron las tantas, o que venga de una cena con amigos. Conduzco tranquilamente por alguna carretera secundaria con la ventanilla bajada porque hace calor, fuera se escuchan las ranas o los grillos y en el reproductor de mi coche suena una vieja canción de cuna interpretada por la voz áspera y tierna de Janis Joplin.

One of these mornings you’re gonna rise up singing
And you’ll spread your wings and you’ll take to the sky

En ese momento, da igual que venga de ver las estrellas fugaces o que acaben de romperme el corazón, el verano me trae al presente, no hay ni un detalle que me pase desapercibido. En ese momento siempre consigo ser feliz.

Y como en verano siempre hacemos planes, yo me he propuesto entrenar justo eso durante los próximos meses: la capacidad de disfrutar y divertirme con todo lo que me toca hacer.

Habrá que aprovechar lo que nos queda, dormir bajo las estrellas, hacer esa ruta de la que tenemos tantas ganas, coger más la bici o lo que a cada cual le apetezca, porque aún nos quedan dos semanas 😉

 

 

Anuncios

Nada transforma tanto las cosas como El Caldero

“Las transformaciones de El Caldero son, por una parte, las modificaciones que sobrevienen en la comida debido a la cocción, y por otra, en sentido figurado, los efectos revolucionarios que emanan de la cooperación entre un príncipe y un sabio” I Ching (“Libro de las mutaciones”) 1200 a.C.
Comienzo mi blog con esta cita del I Ching, el documento escrito más antiguo de la Historia de la Humanidad, libro de sabiduría y también oráculo, procedente de la tradición taoísta china y más adelante de influencia confuciana. En esta cita encontramos la doble utilidad del caldero: como recipiente donde cocinar alimentos y como símbolo de la cooperación y encuentro.
El uso del caldero es muy extendido en gran diversidad de culturas y tradiciones. Sin embargo, no cumple tanto una función relacionada con la cocina (en cuyo caso contamos con otros utensilios como la olla, la marmita, el pote, el perol, etc.) como con el uso en rituales sagrados y mágicos. En este sentido, se le atribuían las capacidades de ofrecer alimento espiritual y de ser el receptáculo de procesos alquímicos. El caldero es el lugar predilecto donde realizar transformaciones que serán ofrendadas a lo sagrado.
Al caldero se le ha atribuido un fuerte sentido mitológico a través de culturas bien diferentes y alejadas. En Europa en particular estaba asociado a la práctica de la hechicería para la elaboración de pociones mágicas atribuyéndole, por tanto, la capacidad de poner en juego fuerzas difícilmente tangibles.
Me gustaría poder ofrecer este blog como recipiente donde cocinar diferentes tipo de ingredientes, procedentes de disciplinas bien diversas. Generar ese espacio vacío en que caben las ideas nuevas para someterlas a un proceso de transformación. Como tal siempre con el sentido de ofrenda a los demás.
Soy de la opinión que existen diferentes vías de aproximación a la realidad, diferentes fuentes de aprendizaje. La preeminencia de los conceptos científicos muchas veces le resta importancia a otras fuentes de conocimiento como la espiritualidad, la intuición, el trabajo sobre la intención que es la magia o la adivinación… Puede que mi deformación profesional como antropóloga impenitente no haga más que agravar este “todo vale”, pero cada una debe buscar el lugar desde el que cree que puede realizar una aportación significativa al mundo. Este es el mío.
Digamos entonces que vengo a traerles un caldero en que pueden caber desde la raíz del jengibre hasta la lágrima del murciélago, le sumamos H2O, le sometemos a una temperatura constante, añadimos los suspiros del amante, el abrazo del amigo y el odio del vecino, lo revolvemos de forma homogénea, le atribuimos la intención de que todo el que pruebe la mezcla aumente en sabiduría y ¡zas! De pronto advertimos que el caldero de las transformaciones éramos nosotros mismos. Esa es la visita de lo sagrado.
El hecho de que se trate de un recipiente nos habla de un espacio vacío en su interior, en este sentido podemos atribuirlo al principio femenino. Lo femenino se mueve en ciclos. Lo femenino cumple la función de acoger y alimentar, persiguiendo el objetivo de la perpetuación de la vida. La alimentación es el paso anterior al movimiento, a la acción.
En la actualidad los calderos prácticamente cayeron en desuso. La transformación en nuestra forma de producir y elaborar los alimentos ha sido drástica en el último siglo. También se ha producido un gran cambio en la utilidad social de diferentes rituales y en la vivencia de lo sagrado. Por último, los ritmos de producción, tanto de los alimentos como de todo tipo de bienes y servicios, se ha ajustado a un ritmo de producción basado en el principio masculino.
El Caldero 3.0 es ese crisol en que les ofrezco la confluencia de diferentes caminos, intersecciones de ideas y un poco de ese ingrediente especial y secreto que hace único el sabor de nuestra comida.
Bienvenidos y bienvenidas

A %d blogueros les gusta esto: