Migraciones

Vale, ya sé que mi post anterior fue un poco caótico. Me costó elegir qué contaros, porque cuando estás en pleno cambio es difícil tomar perspectiva para ver las cosas con claridad. En cierto modo quise volcar allí todo el cúmulo de sensaciones y experiencias de quien se va a vivir a un lugar lejano que no conoce.

Lo que publico hoy lleva semanas dando vueltas en mi cabeza, porque no dejo de pensar que, esta experiencia que estoy viviendo, ya la han vivido antes millones de seres humanos en situaciones bien diferentes.

Sé que soy una privilegiada por haber tenido la oportunidad de salir de mi país para aportar lo que sé hacer en tierras lejanas. Pero a veces piensas que existe muy poco mérito en lo que haces, porque mucho te vino dado. Los europeos siempre viajamos en clase preferente, aunque compremos el billete más barato. Nuestro pasaporte, nuestra moneda y el color de nuestra piel, nos abren las puertas de aproximadamente el 80% del planeta (ojo, no me refiero a los visados, que son otro cantar). Prácticamente, sentimos una alfombra roja a nuestros pies cuando llegamos, que no tiene nada que ver con lo que nosotros somos sino con lo que traemos en los bolsillos.

Yo vengo aquí con un salario que me permite vivir cómodamente, un seguro de salud y la posibilidad de volver a casa cuando lo desee. Además vengo a hacer el trabajo que he elegido, a la altura de mi capacitación profesional. Aún así, la experiencia resulta dura, sobre todo al principio, porque tienes que despedirte de tus amigos y tu familia, a los que tardarás en volver a ver, cerrar tu casa y meter lo indispensable en una maleta más o menos grande.

Durante estas semanas no he podido evitar pensar en todas las personas que hacen lo mismo en situaciones muy diferentes, tan diferentes que podría decir que no hacen lo mismo que yo, porque su migración y la mía no se parecen en nada y, aún así, puedo entender el terrible dolor que se esconde detrás de la decisión de emigrar de muchas personas que no tienen otra opción, que no saben lo que se encontrarán en el país de llegada (muchas veces ni siquiera saben cuál será el país de llegada) y desconocen si algún día podrán volver. Todos sabemos que muchos de ellos ni siquiera llegan al lugar de destino.

Su billete cuesta unas diez veces lo que cuesta el mío, es mucho más largo en el tiempo y tienen que utilizar medios de transporte como autobuses, camiones, trenes, barcos patera o incluso caminar durante muchos kilómetros. Sus motivaciones son escapar de la pobreza o la guerra, no emprender una aventura fascinante y optativa como la mía.

Cuando me despedía de mi familia pensaba en lo duro que debe ser hacerlo en esas condiciones, el terrible espanto que debe suponer llegar a un lugar nuevo, sin dinero en el bolsillo para encontrar un alojamiento, sin saber cómo vas a conseguir la siguiente comida y con el desprecio de las personas del país al que llegas.

El caso extremo son los refugiados, ni que decir tiene que muchas veces, como tantos de nosotros, han venido a mi cabeza las personas que, desde Siria, llevan meses buscando la forma de sobrevivir al emparedado de violencia entre Oriente Próximo y el norte del Mediterráneo (y la vergonzosa, violenta y cruel actitud de Europa al respecto). He pensado en los niños y niñas que huyen de la guerra y el hambre, de las personas mayores, las mujeres embarazadas y tantos otros perfiles especialmente vulnerables.

Durante mi vida he podido trabajar con personas que se encontraban en pleno proceso migratorio, incluso he podido ofrecerles mi casa y un plato de comida o ir a echar una mano en el Estrecho algún verano. He conocido migrantes de diferentes perfiles profesionales, edades, géneros, etnias… refugiados, asilados, migrantes económicos o simplemente viajeros pobres de países tercermundistas con ansia de conocer nuevas culturas (sí, también los hay). Sus vidas y sus historias nos dejarían sin habla durante muchos días.

No quiero olvidarlos nunca y ojalá esta experiencia me sirva para entender mejor a qué se enfrentan y cómo podemos ayudarles. Y tampoco quiero olvidarme que, el privilegio que, por azar, se me ha regalado, debe ayudarme a sacar lo mejor de mí para seguir ayudando a que este mundo sea cada vez menos injusto y menos absurdo.

 

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Qué bonita es…

¿Cómo escribir un blog personal si no quieres contar nada sobre ti y tu propia historia? Es curioso, aunque sólo te lean unas cuantas docenas de personas, hay muchas cosas de las que no quieres hablar. Resulta difícil evitar el exhibicionismo emocional, da miedo contar cosas no aportan nada a la vida de los demás y cuesta mucho explicar tus experiencias en un lugar en que cualquiera te puede leer.

Hoy, sin embargo, siento la necesidad de hablar de algo pequeño e insignificante, muy personal, que me ocurrió hace algunos años.

Digamos que era una época difícil, de esas en las que te toca frecuentar mucho los hospitales. Aquellos tiempos fueron intensos para mí y los que me rodeaban, una época de incomodidades y miedos que ahora queda ya muy lejana.

Uno de esos días, por primera vez en mi vida, me tocó visitar el área de Medicina Nuclear del hospital donde me trataban. Decidí ir sola, por inconsciencia y porque estaba cansada de que los que me querían tuvieran que hacer el esfuerzo constante de acompañarme a “cosas de médicos” en un proceso tan largo.

No recuerdo qué estación del año era, ni qué tal día hacía fuera. Recuerdo que entré en el hospital por pasillos que había recorrido muchas veces y que empezaba a conocer a la perfección. Luego me tocó bajar a la planta sótano, con pasillos enormes y desiertos, los recuerdo oscuros, con unos fluorescentes azulados y sin ventanas por ningún sitio. Recuerdo montones de sábanas amontonadas en el suelo junto a algunas puertas. Hoy pienso que tal vez todo aquello me lo haya inventado por el miedo que tenía, o por una reconstrucción posterior, teñida por las emociones, porque todo resulta demasiado sórdido para ser real. En cualquier caso, tiene lógica que Medicina Nuclear esté situada en un sótano, para proteger al resto del hospital de las radiaciones, probablemente tenga paredes recubiertas de titanio y cosas de esas que suenan como de ciencia ficción.

En uno de aquellos pasillos giré hacia una puerta que daba entrada a mi destino. Había mucha gente detrás de esas puertas y una pequeña ventanilla donde dejé mis volantes médicos y me indicaron que esperara.

Me giré para buscar un sitio donde sentarme y empecé a ver a mis compañeros de sala, recuerdo a personas de todas las edades, pero me impresionó la cantidad de niños en aquel sótano mal iluminado. La visión de un niño sin pelo es algo que despierta en cualquiera una avalancha de sentimientos y temores, por eso intenté hace años ser clown en un área de oncología infantil en un proyecto de voluntariado. Mi madre ya me había advertido: “hija, tú con prostitutas, yonquis y todo eso lo haces muy bien, pero de voluntaria en un hospital vas a durar dos días”. No le hice caso e intenté aguantar por llevarle la contraria, como hacía siempre, pero a los dos meses tuve que aceptar que aquello no era para mí.

Y sin embargo aquel día, volvía a un escenario parecido, donde yo era una protagonista y no una clown que va a sacar una sonrisa de personas con problemas de salud. Pero bueno, yo tenía pelo, porque el cáncer fue clemente conmigo y no hizo falta, aunque no me libré de radiaciones y otras porquerías de la medicina contemporánea. Ese día iba a hacerme una prueba de contraste, poca cosa.

No sé cuánto tiempo estuve en aquella sala de espera, desde luego se me hizo eterno y me prometí que no volvería sola a Medicina Nuclear. Cuando me hicieron pasar, por fin, entré en una habitación grande llena de aparatejos venidos del futuro, la mayoría de ellos eran aparatos de radiología que me flipaban, con miles de botones que vete a saber para qué servirían.

Me llevaron delante de un aparato enorme de metal, con un gran círculo de un material diferente, también metálico. Me dijeron que tenía que quitarme la ropa de cintura para arriba y pegarme a ese círculo, lo hice. Estaba sentada en una silla y tenía que mantener el cuello y el tórax pegado al aparato, permanecer quieta en esa posición durante unos veinte minutos y que si me movía habría que repetir la prueba.

La posición era incomodísima, el respaldo de la silla me quedaba demasiado lejos y el cuello y la espalda me dolían horrores pasados cinco minutos. No podía moverme y tenía que aguantar el dolor, no había nadie más en la habitación. Eran lentejas. Para más inri, frente a mi vista había un poster horrible pegado en la pared, de esos en blanco y negro en los que aparecen niños vestidos de mayores con un aire vintage: el niño con traje y sombrero demasiado grandes le está dando una flor a una niña con un vestido años veinte con encajes y flores en el pelo. Había visto mil veces esos posters y les tenía una animadversión especial. En este caso, además, la imagen estaba coronada por una frase en tipografía horrible y letras color arcoiris (conocéis esa perversión del wordart, verdad?) que rezaban “qué bonita es la medicina nuclear”.

Tuve 20 minutos para memorizar aquel poster, y otro parecido que había justo al lado. Alguien debió hacerlos ex-profeso para aquella sala, porque no creo que haya muchos catálogos de carteles que rezen “qué bonita es la medicina nuclear”. Pensé que sería cuestión de frikis de su trabajo, gente a la que le apasionaba lo que hacía, aunque con un gusto estético un tanto cuestionable.

Han pasado ya muchos años desde aquello, como unos siete u ocho. Muchas cosas de mi vida han cambiado, quedó atrás aquella época tan difícil. Ahora me dedico a hacer mejores lugares de trabajo para que las personas puedan sacar todo su potencial, a veces trabajo con los equipos para que reinventen la estética de sus oficinas, como aquel que quiere darle un nuevo look a su hogar. A veces trabajamos sobre carteles que definan nuestra identidad como grupo y nuestros valores.

Llevo meses preguntándome si la importancia que le doy a estos temas no tendrá que ver con aquel cartel insignificante en uno de los entornos más sórdidos que he conocido, porque hoy entiendo sus letras color de arcoiris y la intención que había detrás. El amor y el cuidado al propio trabajo como algo que aporta luz a otras personas, sea donde sea. El cuidado del otro a través de los pequeños detalles. La manifestación de la identidad corporativa como una forma de sentir nuestra misión en la vida.

No siempre tenemos un diseñador a mano que nos ayude a hacerlo super cool, pero la intención es lo que cuenta y deberíamos ser conscientes que esa intención atraviesa la memoria y las épocas duras. Aunque estuviera escrito en comic sans, el mensaje seguiría llegando, porque no hay nada tan poderoso como un trabajador que quiere aportar su parte a la vida de los demás.

Bailar hasta que se acabe la música

Hay días en que ocurren cosas grandes, cosas que te apetece compartir con los demás. Así me pasa, tengo varios posts pendientes y muy poco tiempo para escribirlos, pero hoy necesito sacar un rato para contar algo realmente extraordinario que me ocurrió hace dos días, el día de los muertos.

Por “causalidades” de la vida, acompañé a mi amigo Joseba Barrenetxea a ver una obra de teatro. No tenía mucha más información, ni sobre la compañía, ni sobre la sala, ni sobre la experiencia que allí se proponía, así que fui un poco a ciegas, como me gusta a mí asomarme a las obras de arte. Ya de noche, llegamos a la Sala el Sol de York para ver “Bailando tus huesos”, de la compañía Teatro en el Aire. Según su propio eslogan: “una cena sensorial para morirse de gusto”.

No sé qué contar exactamente de lo que allí ocurrió sin hacer de spoiler, sin desvelar ninguna magia y sin comparar con nada que me hubiera ocurrido antes. Puedo contar que se trata de una catarsis, para veinte personas, en una cantina mexicana, magistralmente conducida por tres catrinas que generan una experiencia personal y colectiva difícil de olvidar. Allí se aborda un gran tema tabú, la muerte, como sólo los mexicanos saben hacerlo: con humor, reverencia, despreocupación y mucho arte, todo a la vez.

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“Al fin solos” de Joseba Barrenetxea

Aquella noche compartí una cena con desconocidos, reí a carcajadas, comí, bailé y lloré durante mucho, mucho rato. Supuso una oportunidad de asomarme al abismo de la ausencia en todas sus formas, a la brevedad de todo lo que nos rodea y a la urgencia por bailar mientras aún dure la música de nuestras vidas. Todo un aprendizaje vivencial, una oportunidad de mirar hacia dentro y alrededor para estar más vivos.

La experiencia estuvo guiada con delicadeza y maestría por tres grandes profesionales de la escena, a las que no puedo dejar de admirar por su capacidad y talento. Ahora viene momento spam: si tienes la oportunidad de ir a ver algún montaje de Teatro en el Aire no lo dudes, llama cuanto antes, porque las entradas se agotarán pronto y habrás perdido la oportunidad de nutrir tus sentidos y aprender algo nuevo.

Para redondear la noche, tras la representación tuve la inmensa suerte de compartir un buen rato con la compañía, charlar tranquilamente, dejarme empapar por el arte de quien ha sido capaz de crear semejante hermosura y regalarla a los demás. Fui consciente, una vez más, de que somos muchas personas compartiendo la necesidad de cambiar de enfoque, de ayudar a otras personas y a nosotros mismos a seguir creciendo.

Lo que allí ocurrió hace dos días no es tan diferente de lo que intentamos hacer todos los que trabajamos con procesos personales y de grupos: generar una experiencia significativa, que, como decía Lidia Rodríguez “aborda a las personas como si se tratara de una cebolla: primero una capa y luego otra, despacito, hasta llegar al núcleo”. Porque para facilitar el aprendizaje hace falta entender los procesos personales y saber guiar a los demás entre los estrechos recodos de la existencia. Al fin y al cabo, nos nutrimos más de la experiencia y de nuestros sentimientos que de aquello que nos cuentan.

Para terminar, comparto con vosotros con aquel brindis mágico, con tequila del rico, que espero no olvidar “Ni dudo, ni me arrepiento, ni dejo para otro momento”. Feliz vida a todos y nunca se olviden de bailar sus huesitos.

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Sueños sin noche

En este invierno cálido y raro, de pronto, el frío se cuela por debajo de las puertas. Me reconforta sentirle llegar, aunque sea un poco tarde, a su cita anual.

Soy de ese tipo de personas que necesita, al menos, cuatro o cinco estaciones al año. El invierno para mí es el momento del recogimiento y el descanso. Tal vez no esté bien de la cabeza, pero necesito que la climatología me obligue a quedarme en casa.

Sé que ahora te preguntas si me he puesto a bloguear después de un montón de semanas de no hacerlo para hablar del tiempo. Pues estás en lo cierto, eso es justamente lo que hago. No me resultan fáciles las largas temporadas de sequía, ver que los árboles brotan en enero y los pastos secos en pleno invierno.

Pero esta noche sí hace frío, no hay mucho más que hacer en casa. Así que me voy a entregar a la lectura de Sueños sin Noche, un cómic de miedo que saqué el otro día de la biblioteca del pueblo.

Me gustan los comics, sin embargo, no frecuento en absoluto el género de terror, ni en literatura, ni en cine, ni en ningún medio. El motivo fundamental es que el miedo me parece una sensación demasiado desagradable, lo paso mal y, para colmo, luego recuerdo determinadas imágenes durante muchos días, no me gusta ir por ahí con los pelos de punta :S

Sin embargo, la introducción de Felideus Una defensa del terror fantástico me dio mucho que pensar. Reclama la creación artística como territorio del miedo fantástico e irracional, un lugar donde los miedos irreales no campen a sus anchas, sino que se atengan a las leyes de lo fantástico: la narrativa, la estética, la belleza y el deleite. Un cuarto de juegos donde disfrutar con lo más terrible, desarrollando nuestro sentido lúdico y la capacidad de observación de nosotros mismos.

Resulta que, en un momento en que el miedo individual y colectivo es casi palpable, esta reflexión me hace devolver las cosas a su sitio. El miedo al futuro se basa en el temor a que se produzcan  situaciones que a día de hoy son irreales. En nuestro intelecto evocamos catástrofes, reinventamos fobias, los documentamos con la prensa diaria. Vivimos con miedo, nos relacionamos temerosos de que nuestra suerte cambie a peor e imaginamos futuros amenazadores para nosotros y nuestros seres queridos. Este esfuerzo colectivo por dejarnos desgastar por el miedo, nos está llevando a una situación de inmovilismo, de aceptación, de falta de honestidad con nosotros mismos.

Así que esta noche acepto el reto: voy a hacer ejercicios con mi miedo, levantar la tapa de ese libro que me aterroriza e intentar aprender de la experiencia. Espero ser capaz, luego, de dormir 😉

Buenas noches de invierno

Saltar sin red

Si Brene Brown hubiera sido mi profesora en la Escuela Universitaria de Trabajo Social, quiero creer que yo habría sido un tipo de profesional bien diferente. Si alguien me hubiera contado lo que he tardado casi veinte años de práctica en aprender, creo que este mundo sería otro.

Trabajar en el ámbito social implica tener acceso a historias de todo tipo: terribles y espeluznantes (tan impactantes que hay días en que no consigues sacártelas de la cabeza), personas que han realizado verdaderas proezas (por lealtad, por principios o por amor al prójimo), a las que les han ocurrido cosas increíbles y tremendas que han condicionado su existencia. Muy pocas veces estas historias son esperanzadoras, porque en situaciones de exclusión social no existen demasiadas oportunidades.

La búsqueda de patrones comunes a todos ellos resulta inevitable cuando conoces cientos de esas historias. Desde luego, adviertes que existen colectivos con características bien definidas: los niños que han crecido en un ambiente marginal desarrollan un comportamiento adaptativo muy característico, las personas que han realizado largos procesos migratorios también cuentan con “síntomas” comunes. Sin embargo, hay colectivos con los que se te caen todos los esquemas. Tal es el caso, en mi opinión, de las  Personas Sin Hogar. En una ciudad como Madrid sorprende encontrarse con tal diversidad de perfiles sociales durmiendo al raso, la conclusión lógica es, por tanto, que cualquiera de nosotros puede llegar a una situación de exclusión si tenemos la mala fortuna de encadenar varios fracasos seguidos.

Quiero traer aquí la magnífica campaña de sensibilización de http://www.fundacionrais.org/ “Cinco golpes como estos y la calle será tu hogar”. Cinco golpes como estos y la calle será tu hogar

Las dificultades nos exponen y nos hacen socialmente más vulnerables, pero si carecemos de una red de apoyo que nos acompañe y nos estimule en la búsqueda de soluciones, nuestras oportunidades de salir adelante se reducen considerablemente. Brene Brown dice: “la conexión es nuestra razón de ser, lo que da sentido a nuestra vida”. En los casos con peor pronóstico que yo he conocido, la red social siempre estaba afectada o era prácticamente inexistente.

Si Brene Brown me hubiera enseñado lo que sabe cuando estudié, habría ahorrado mucho tiempo a mis usuarios. Cuántas horas intentando convencerlos de lo que tenían que hacer, buscando recursos y prestaciones, cuando lo más importante era ayudarles a recuperar el dominio de sus vidas, a sentirse capaces y dignos. Este, si se llega a producir, es el momento en que la persona es capaz de “abrir la puerta”, ese reto impostergable para avanzar, costoso y difícil.

Historias de dignidad y superación. Al fin y al cabo ¿quién no ha vivido alguna?

Estos son las razones por las que considero que el profesional es el mayor recurso del que disponemos. Lamentablemente, en este país los profesionales del sector social llevamos muchos años interviniendo con escasez de recursos. Esa sensación de que alguien en una situación terrible, acuda a ti para solicitar ayuda y no puedas ofrecerle casi nada, la conocemos todos. Pero es que, además, muchas veces los recursos que puedes ofrecerle desde fuera no le ayudan a avanzar. El mayor aporte en tantísimos casos es la opinión externa, que te ayuden a hacer evaluación, que te planteen alternativas o la necesidad de buscarlas, que te recuerden que tienes la capacidad para salir de esta. Al fin y al cabo esta debería ser la función de la red de apoyo y, cuando esta no existe, el profesional es uno de los pocos agentes que tiene capacidad de realizarla.

Creo que casi todos nosotros tenemos un gran defecto que nos impide avanzar: nos consideramos superiores o inferiores a los demás. Hay personas que siempre se sienten superiores, otras que siempre se sienten inferiores y luego estamos los que practicamos la esquizofrenia de oscilar entre uno y otro papel. Rara vez nos consideramos iguales al resto de personas, menos aún si están en una situación de marginación. Pero todos nosotros hemos tenido que afrontar fracasos y duros golpes de la vida, etapas de esas en las que piensas que nada puede ir peor. Todos nosotros, sin excepción.

Espero que disfrutéis esta inspiradora charla.

The power of vulnerability

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