Todo se acomoda

Abandonados os tengo, lo sé. No pretendo justificarme, no hace falta, si escribo aquí es porque me apetece y me gusta, pero cuando estoy baja de ánimos sólo escribo para mí.

En los días que amanezco con un nubarrón encima lo primero que hago es escribir tres páginas, en ellas vuelco todo lo que se me pasa por la cabeza, sin orden ni reglas, tal como me enseñó Julia Cameron en su impagable libro El camino del artista.

La vida aquí es toda una experiencia, pero no siempre es fácil. A favor tengo que cuando por fin llega el fin de semana parece que estoy de vacaciones, disfruto de mil sitios y experiencias que nunca creí que viviría. En esos días recupero la sensación de estar de viaje y consigo descansar y alimentar mi alma.

En los días de diario no tengo tiempo para nada que no sea trabajar y moverme por una ciudad que a veces me aplasta. Tengo la tremenda suerte de ir, casi todos los días, caminando al trabajo; este es un lujo muy poco frecuente en una ciudad tan enorme. Aún así, aunque disfruto lo que hago, el trabajo aquí es un gran reto a muchos niveles y suele exigir de mi todo lo que soy.

El cansancio de este último año se ha escondido en los pliegues de mi consciencia para permitirme continuar hacia adelante, pero hace dos semanas la añoranza se coló por una ventana abierta y ya nada ha vuelto a ser lo mismo.

Era un sábado por la tarde, el 30 de julio. En ese momento recordé que mi vuelo de vuelta a casa estaba cerrado para ese día, aunque lo cambié para finales de noviembre porque decidí renovar mi contrato. En ese momento me imaginé volviendo a casa y sentí que no quería hacer otra cosa que estar de vuelta.

Es curioso, porque yo decidí renovar y quedarme, pero en ese momento empecé a pensar que ya podría haber terminado esta etapa tan agotadora. En ese momento empecé a ser víctima de mí misma y de todas las trampas que me regalo cuando las situaciones de mi vida son exigentes.

Hoy vuelvo a escribir porque comienza a brillar un poco de luz en este camino. El tiempo pasa rápido, antes de que me de cuenta estaré de vuelta y corro el peligro de mirar hacia atrás y sentir que no he aprovechado todo lo que este momento me ofrecía.

Sé que el cansancio no es excusa, que se trata de cómo vivo las cosas y que aquí, más que en ningún otro lugar ahora mismo, tengo la oportunidad de aprender a vivir como la persona que me gustaría ser. Quiero dejar atrás esta tendencia al dramaquinismo, empezar a decidir qué acontecimientos y qué personas pueden influirme. Estoy lo suficientemente lejos para no tener muletas con las que caminar, aunque gracias al cielo tengo amigos (cerca y lejos) con los que pensar y reír, para ayudarme a tomar decisiones.

Por ahora uno de los aprendizajes más importantes está siendo que no hay excusas, que sólo tienes que dejarte disfrutar, respirar, cantar cada día, bailar de vez en cuando y buscar lo que nutre tu espíritu.

Ya sé, estoy un poco moñas, casi en plan autoayuda, pero es que me toca crecer y mirar adentro para entender por qué me pongo palos en las ruedas.

En todo esto hay mil cosas buenas, entre otras que la semana que viene al fin podré tener un descanso en este año tan intenso de trabajo. Me voy a Cuba, uno de los países que llevo décadas queriendo conocer. Ahora, por fin, toca realizar algunos de los sueños que se me durmieron en los brazos.

Tengo mucho que contaros, muchos posts empezados, muchas ganas de comerme los tres meses que me quedan aquí. Desde Cuba no podré hacerlo. Me voy al apagón digital de un país sin apenas internet, pero prometo volver renovada.

Entre los muchos regalos que México tenía para mí están sus refranes, hay uno que se me tatuó en el cerebro: la carga en el camino se acomoda. Sigamos caminando pues, para que todo se acomode, deje de pesar y podamos continuar siempre hacia adelante.

Manzana verde

Hoy os escribo desde uno de los hoteles más pijos de la ciudad, el Four Seasons. No es que me haya vuelto loca ni que me hayan hecho la directora del banco, es que salía de trabajar y estaba lloviendo. Aquí no merece la pena llevar paraguas porque llueve casi todas las tardes, pero un ratito corto, así que me resulta más práctico evitar el aguacero que cargar con el paraguas todo el día.

El Four Seasons está justo al lado de la Torre Reforma donde trabajo la mitad de mi tiempo. Cuando salí del banco, con mis sandalias planas en medio de la lluvia, me refugié bajo sus toldos para evaluar cuánto llovía y qué hacer esta tarde. Las opciones eran: irme a un centro comercial o marchar a casa a descansar parando antes en el Office Depot para comprar post-its. Allí refugiada pensé que aquí sí puedo permitirme entrar en una cafetería de alto copete aunque sea por vivir una experiencia totalmente marciana para mí.

Verde ManzanaAsí que aquí me veis (con lo que yo he sido…) en un ambiente pijísimo, super bonito, escribiéndoos mientras espero que pare de llover. Empecé con una infusión, toda discreta yo, pero al final un mesero súper amable me convenció para que probara un postre, del que os adjunto foto, porque es lo más aluflipante que he probado en mi vida. Es uno de esos platos que le pierden a mi amiga Helena Solà, la que me enseñó a ver Top Chef 😉 Está hecho a base de manzana verde, tiene una esfera de caramelo verde rellena de una especie de mousse, con helado, compota y frutos secos. Ya podéis limpiaros las babas, está tan rico como os imagináis.

La gastronomía de este país es una pasada, porque aquí han entendido que la comida es mucho más que una necesidad fisiológica, es la puerta a un disfrute. Aquí puedes comer a todas horas y en casi cualquier lugar y, de hecho, se espera que lo hagas. La calle está llena de puestos, mis favoritos son los de fruta y jugos, pero hay de todo: tacos, chucherías, patatas fritas, bebidas… La gente come de pie en la calle, sentada en los parques, caminando, en su puesto de trabajo… No es que coman mucho, es que lo hacen todo el rato en pequeñas cantidades.

El universo de sabores que se abre cuando estás aquí, de pequeños disfrutes, bien merece el reconocimiento que la Unesco le dio a la cocina mexicana en 2010 declarándola Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, algo que debería ayudar a preservarla. Olvídate de todos los restaurantes mexicanos que hayas visitado en Madrid, esto es una experiencia mucho más compleja y total, algo que cambia tu día a día. Desde el amable señor al que le compras tu jugo de toronja, nopal o zanahoria (entre otros muchos) y tu pan dulce para el camino hacia el trabajo, hasta el olor a tacos por la calle y el placer de sentarte ante unas enchiladas, aquí cuesta medirse para no probar todo el primer día.

Con razón la antropología considera la comida como un elemento cultural, de hecho para los materialistas culturales como Marvin Harris es una de las más importantes manifestaciones de la evolución cultural. La comida define nuestro sistema de valores, la forma en que nos adaptamos al medio, nuestro nivel de relación (penetración) con otras culturas y mil factores más. Hace poco descubrí la serie documental Cooked, que habla de cómo la evolución humana se ha vinculado con el desarrollo de la cocina. Os la recomiendo. También os recomiendo el blog de Biscayenne a la que admiro y cuya forma de escribir intento copiar sin éxito. Muy fan.

Hablemos también de uno de los mayores tópicos: el tema del picante. A ver, yo esperaba morir al dar el primer bocado en este país, por todo lo que te cuentan sobre el uso y abuso del chile. Pensaba que iba a picar hasta el café con leche, pero, seamos sinceros, no es para tanto. Cuando preguntas si una comida es muy picosa la respuesta es bastante sincera, nada descabellada. Si te dicen que no pica, no pica (o muy poco) y si te dicen que pica entonces ni lo pruebes porque el tema aquí va en serio. Están obsesionados con el picante, sí, como lo estamos en España con el jamón. Ni más ni menos. También hay que decir que las salsas aquí están ricas y, cuanto más pican, más ricas están. Así que poco a poco me voy soltando y lo disfruto muchísimo.

Otro tema que sí me parece importante y del que se habla poco es de lo que aquí llaman la “venganza de Moctezuma” y que ya os mencioné en otro post. Llevo casi tres semanas y dos de ellas, enteras, he estado aquejada por este mal. Desesperante. También es verdad que no te encuentras débil físicamente, ni te da fiebre, ni te inhabilita para seguir una vida normal más allá del “momento crítico” en cuestión. Es decir, resulta llevadero e inevitable, así que continúas una dieta mexicana normal y esperas a que tu estómago se vaya adaptando. Está provocado casi por cualquier cosa: sabores fuertes, hielos en la bebida, aguas de frutas, yo qué sé… Es mejor relajarse y disfrutar, ubicar baños cercanos en los lugares que frecuentas y salir corriendo hacia ellos en cuanto notas el primer síntoma. Parece que poco a poco mejoras, puesto que no mueres.

Dejando a un lado la escatología, me llama la atención que los mexicanos creen firmemente que quien cocina transmite estados de ánimo a las comidas (y por ende a los comensales). Este no es sólo un recurso literario en “Como agua para chocolate“. Cuando una salsa pica demasiado dicen que la cocinera estaba enojada y consideran que es muy importante conocer a quien cocina para ti, para asegurarte de que lo hace de buena fe, con gusto. Esto también lo creen culturas muy alejadas, como la china. Tal vez podríamos aprender algo al respecto, considerar que la intención mueve el mundo y que deberíamos rodearnos de gente que quiere cosas buenas para nosotros.

Esto me lleva a hablaros de Juanita, la señora que limpia en mi casa. Se trata de una señora extremadamente amable, cariñosa y servicial, de origen muy humilde, que vive en un barrio muy alejado y que todos los días se tira dos horas para venir a trabajar y dos horas para regresar a su casa. No sé cuál es su sueldo, pero parece claro que no muy alto. México está lleno de Juanitas, las ves por todas partes porque aquí las clases sociales están muy segregadas y apenas hay eso que en Europa conocemos como clases medias, aquí estás en el bando de la gente con estrella o de los estrellados, no hay mucho más.

Juanita está empezando un microemprendimiento “La Bombilla” de comida para oficinistas. Tiene comida corrida que es una especie de menú del día que ella misma te lleva a tu lugar de trabajo. Mañana tenemos comida de equipo en el Bosque de Chapultepec, justo enfrente del banco y le hemos encargado a Juanita hamburguesas para todos. Creo que estoy tan nerviosa como ella, porque sé que en este momento su negocio es frágil y depende de ir generando nuevos clientes. Espero que le vaya bien, porque ella es una de esas madres que alimentan el mundo, es feliz haciéndolo. Ya hemos pasado alguna mañana de charleta en la cocina mientras me da a probar cosas riquísimas que anda preparando. Debería tener suerte, porque cocinar con cariño es una de las mejores cosas que se puede hacer por los demás y porque está generando una red de solidaridad a su alrededor que no es más que el reflejo de todo lo bueno que ella ha hecho por los que le han pasado cerca.

Los mexicanos dicen que les gusta hablar de comida mientras están comiendo y debe ser que me estoy mimetizando con ellos, porque escribí este post mientras me comía mi manzana verde deconstruida. Pero ahora ya ha dejado de llover y me voy a casa, saltando sobre los charcos en esta ciudad que cada día me resulta más familiar.

Besos dulces.

Primera semana: adaptación

Sé que soy una malqueda, porque muchos me habéis preguntado qué tal me va por acá y a muy pocos os he respondido. No me resulta fácil hacerlo, por varios motivos, entre los que están la falta de tiempo, la falta de foco y la sensación de que no resulta fácil explicar cómo es posible que una semana tan dura me haga sentir tan feliz de iniciar esta etapa. Parece contradictorio, por eso sé que es real.

Si mi semana fuera una palabra sería “cansancio”. Este ha sido mi primer jetlag, al que se ha unido el agotamiento por las dos últimas semanas en España, con viajes para despedirme de la familia, gestiones para cerrar mi casa y mi trabajo y toda la intensidad emocional de las despedidas.

Tras 20 horas desde que cierras la puerta de tu casa en La Cabrera (Madrid), 12 de las cuales son en un avión, llegas a una casa desconocida en el culo del mundo y esa noche no puedes dormir más de tres horas. Te despiertas de madrugada, escribes tu primer post sobre el viaje y cuando al fin amanece te preparas para salir hacia el trabajo.

Me eché a la calle a eso de las 8 am. Todo era extraño. Busqué la alta torre del banco, pero desde la calle no podía verla. Me perdí y decidí preguntar a un portero apoyado con desgana contra un portal. “Por favor, ¿para llegar a la Avenida Reforma?” Los sonidos que salieron de su boca debían ser castellano, pero yo no entendí ni una palabra, aparte de que no parecía tenerlo muy claro (igual el tampoco entendió mi acento). En fin, supongo que esto mismo le puede pasar a un mexicano en Cádiz, o en Burgos.

A esa hora mi foco estaba en encontrar un lugar donde comprar un café en las grandes avenidas abarrotadas de tráfico y ruido. No tuve éxito. Me cruzaba con gente con sus cafés en vaso de papel, pero no pude averiguar dónde los compraban.

Mi trabajo no está a más de 15 minutos andando desde casa, aunque ese primer día tardé más de media hora, no sólo porque me perdiera, sino porque nunca encontraba por donde cruzar las avenidas gigantescas que se interponían entre mi destino y yo. Ya frente a la Torre Bancomer (esa que han inaugurado hace poco) me desesperé y le pregunté a una señora que regentaba un kiosco, me dijo que cruzara por un túnel subterráneo que tenía justo al lado. No os vais a creer la multitud humana que cruzaba por ese túnel, en dirección contraria a la mía y el aspecto que tenía aquel lugar: mil puestos de comida, algunas tiendas cerradas con montones de basura  en la puerta y, en el centro de todo, un altar con la Virgen de Guadalupe rodeada de flores y guirnaldas de luces. Otro día os contaré lo de los altares a la virgen por toda la ciudad. El olor era, cuanto menos, diferente, pero después de cruzar por allí al fin me encontré, a un lado, el bosque de Chapultepec y, al otro, la torre Bancomer.

Así empezó un día intenso en el que tus neuronas están a mil, intentando retener información de todos los colores, con mil presentaciones, saludos, datos y sensaciones en un cuerpo agotado. Combinas las reuniones con conversaciones por whatsapp en el baño para que la familia y los amigos sepan que estás viva y que has llegado bien.

A las 17,45h, cuando estaba intentando irme a casa, un manager nos llamó a su despacho para explicarnos su visión sobre el proyecto: “Seré breve, el origen de todo esto se remonta a 2014, cuando una soleada mañana de primavera mantuve una conversación con Pepito Pérez acerca del color de los tamarindos en flor…”. Luego nos fue contando con pelos y señales todas sus impresiones al respecto. Nos soltó mucho después y yo a esas alturas sólo quería llegar a casa y dejarme morir sobre la cama. Ya en ese momento mis neuronas no podían hacer otra cosa que derrapar en mi cerebro: intentaba decir lo que pensaba y salían palabras incomprensibles que no tenían nada que ver.

Era el día de la madre, así que la ciudad estaba desierta. De hecho, en casi todos lados la gente se había marchado a casa a la hora de comer y tenían la tarde libre. Yo crucé andando calles solitarias mientras anochecía y experimenté mi primer mal del altura al cruzar un puente elevado sobre una gran avenida cuajada de vehículos. Las calles aquí en México están mucho menos iluminadas que en Europa y en mi barrio no se veía un alma. El millón de veces que te han hablado de secuestros exprés en DF comienzan a volver a tu cabeza mientras das vueltas por calles desconocidas. Viva Google Maps, eso sí, que te permite encontrar tu destino aún con altas dosis de estrés en el cuerpo.

Esa noche, aunque estaba agotada tampoco pude dormir más de 4 horas. Como colofón, me vino a ver mi amigo el pintor (gran metáfora de mi amiga Ángeles sobre la menstruación), me empezó a doler todo y a la mañana vuelves a levantarte para ir a trabajar.

El segundo día es más duro: coctel hormonal mezclado con desánimo y desorientación. “Para qué he venido yo aquí?” te preguntas mientras ver pasar la vida frenética de una ciudad de 25 millones de personas a tu alrededor. El proyecto en el que estoy podemos decir que tiene “mucho margen de mejora”, como decimos los agilistas. Pero mucho, mucho. Ese día, en un momento de bajón salí del banco y me fui a dar un paseo por el Bosque de Chapultepec, que está justo enfrente de la oficina. Echaba de menos toda la rutina que en España me tenía amordazada. Me sentía perdida. Una ardilla salió a mi encuentro, nos quedamos mirando, paradas en medio de un sendero rodeado de flores, se acercó a mí dando saltos y me hizo sentir mejor. El hormigón y la nube de contaminación no suelen ayudarte a sentir como en casa, pero un animalito te puede llegar a recordar que no estás tan sola ni tan perdida.

Los siguientes días empiezas a mejorar: vas reconociendo las calles, encuentras un lugar donde comprar tu jugo verde para el camino y algo de comer, regentado por una familia amable que te trata como si te conociera de toda la vida. Empiezas a dormir y a descansar mejor. Charlas con los amigos de España y te permites tu pequeño momento “drama queen” tan terapéutico y reparador. Entiendes que, en el sinsentido de proyecto que te ha tocado, tienes un reto del que aprenderás lo que no imaginaste.

Y, de repente, como caído del cielo, llega el fin de semana. El viernes por la tarde nos fuimos con los compis de trabajo a tomar algo por el barrio de La Roma, a cenar en sitios super chulos y a echar unas risas. Necesitaba ver algo de la ciudad que no fuera el camino de casa a el banco. Entre margaritas de tamarindo y micheladas llegó mi primera “venganza de Moctezuma“. En ese momento consideré superado el primer proceso de adaptación.

El resto del finde he salido un poco, pero también he descansado, me he quedado por mi barrio y he dormido muchísimo. Mi objetivo principal aquí es estar fresca para lo que tengo que hacer de lunes a viernes, así que mañana llego con toda la artillería y las ideas claras al banco.

Después de todo lo dicho creo que puedo resumir que no ha sido una semana fácil, pero tampoco ha sido terrible. El cansancio me ha tenido bastante fuera de órbita en una ciudad con scroll infinito en google maps (si quieres mirar cuán lejos está algo, empieza a hacer zoom en el mapa hasta que dejen de salir calles y luego dale a “cómo llegar”, sobre ese tiempo estimado súmale un 5% del tiempo que te va a llevar encontrar los semáforos y pasos de peatones).

De aquí me encantan muchas cosas, la que más, los zumos de frutas que venden por todas partes, las aguas de frutas para comer (la de sandía está espectacular) y la comida. Los árboles los crían con esteroides o algo parecido y las flores no racanean su presencia por las calles. Las aceras están levantadas por las raíces de los árboles y porque hace mucho que no las arreglan, ir con tacones por Ciudad de México es hacerle la competencia a Chiquito de la Calzada.

Aún me falta todo por ver, me falta música, baile y muchos sitios que recorrer. Aquí ir por la calle es andar mirando mil detalles que nunca habías visto. Ayer el bosque de Chapultepec estaba a reventar de familias y puestos callejeros. Aquí el color tiene más matices.

En fin, creo que, ahora sí, ya estoy aquí al cien por cien. Que empiece la diversión.

“V” de verano

El verano es corto en casi todas partes, excepto en Sevilla. Desde que me mudé a vivir a esta sierra mesetaria me parece que tarda demasiado en llegar y se va deprisa. Le pasa a todos los bienes preciados, por naturaleza son escasos. En estos días, los paisanos empiezan a decir “nos quedan dos semanas de verano”, por tocarte las narices y porque todos sabemos que a mediados de septiembre cambia el aire y tienes que guardar las chancletas y los tirantes.

Vacaciones. Otra palabra que empieza por “v” de verano. Desde pequeños le cogemos cariño a una estación, que a diferencia de las otras, está repleta de días y cada día lleno de horas. Un montón de tiempo para jugar, vamos. La diferencia entre los niños y los adultos es el precio de sus juguetes, ya se sabe. Y qué mejor momento para desempolvar los juguetes que las vacaciones.

Vale que en este país todos nos cogemos las vacaciones a la vez, que hay un mes en el que todo se para (todo, en este caso, se refiere a las oficinas, porque los chiringuitos y las huertas están a tope). Vale que deberíamos llevar una vida super gratificante que no nos exigiera un tiempo de desconexión. Vale que el verano es un negocio, como lo es la Navidad y que nuestra vida está más regida por las modas que por las estaciones. Aún así el verano mola, no me lo podéis negar.

Poder bañarte en el mar, en un río o en un pantano. Viajar. Pasear en bicicleta. Tener más tiempo para los amigos y la familia. Cine de verano (con palomitas, gracias). Escalada. Conciertos. Fiestas. Comilonas. Ninguna de estas actividades es exclusiva de los días de sol, pero en esta época nos quedan mucho más a mano.

Tiempo de ocio que muchas veces convertimos en experiencias lúdicas, de disfrute, de juego. Que exista un periodo así en el año está bien para que descansemos, pero, sobre todo, es fundamental para que recuperemos el sentido lúdico de la vida, porque si conocemos la experiencia de disfrute podemos buscarla y replicarla en otros aspectos de nuestra vida. El ocio, a través de la experiencia lúdica, nos enseña a disfrutar y eso lo podemos aplicar a cualquier actividad que no sea de ocio (exacto, incluso el trabajo o las tareas domésticas).

Para mí, la capacidad de disfrutar está muy relacionada con algunas otras, como la capacidad de concentrarnos en lo que estamos haciendo y la capacidad de sorpresa (hacer las cosas como si fuera la primera vez). Al final, siempre vuelvo a lo mismo, la importancia de estar presentes.

Desde hace unos años cumplo algunos rituales de verano. Uno es quemar mi papelito la noche de San Juan, una tradición que nos obliga a pensar qué cosas nos gustaría hacer desaparecer de nuestras vidas, apuntarlo en un papel y arrojarlo al fuego purificador.

El segundo ritual que cumplo al menos una vez durante esta estación es más personal: es de noche y estoy volviendo sola en mi coche. Puede que venga de bañarme en el pantano, o que pasé la tarde en la playa y me dieron las tantas, o que venga de una cena con amigos. Conduzco tranquilamente por alguna carretera secundaria con la ventanilla bajada porque hace calor, fuera se escuchan las ranas o los grillos y en el reproductor de mi coche suena una vieja canción de cuna interpretada por la voz áspera y tierna de Janis Joplin.

One of these mornings you’re gonna rise up singing
And you’ll spread your wings and you’ll take to the sky

En ese momento, da igual que venga de ver las estrellas fugaces o que acaben de romperme el corazón, el verano me trae al presente, no hay ni un detalle que me pase desapercibido. En ese momento siempre consigo ser feliz.

Y como en verano siempre hacemos planes, yo me he propuesto entrenar justo eso durante los próximos meses: la capacidad de disfrutar y divertirme con todo lo que me toca hacer.

Habrá que aprovechar lo que nos queda, dormir bajo las estrellas, hacer esa ruta de la que tenemos tantas ganas, coger más la bici o lo que a cada cual le apetezca, porque aún nos quedan dos semanas 😉

 

 

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