Storytelling

Sentada a la sombra de un árbol, en la primavera de una pequeña aldea andaluza, una niña recoge margaritas mientras imagina historias de otro tiempo y otro lugar. Siempre anda distraída imaginando, inventando cosas que no sucedieron. Aventuras de ermitaños sabios escondidos en cuevas, de sirenas que hacían amistad con humanas, de guerreros y brujas, de princesas y príncipes, por supuesto.

A veces sus sueños le dan material para nuevos relatos, en otras ocasiones el puro deseo de aventuras la lleva a imaginar mundos más estimulantes que el propio. Una niña creciendo en una ciudad, con una realidad un poco aburrida, encuentra la salida perfecta en las historias, propias y ajenas, inventadas o reales, que va encontrando a su paso. A veces las escribe, otras, sólo se deja arrullar por ellas en su imaginación.

Supongo que aquella niña era yo, porque recuerdo el prado y la sensación fresca en el aire, pero quien sabe, tal vez no sea más que una de las historias que he tejido sobre mí misma y que, con el tiempo, se ha convertido en una parte fundamental de lo que creo que soy.

Algo sí es cierto: nada me gusta más que una buena historia y, por suerte, he tenido la posibilidad de asomarme a muchas, algunas terribles y otras esperanzadoras, más o menos reales, nunca podré saberlo con certeza. Desde que comencé a dedicarme al trabajo social y a la investigación muchas personas me han confiado los relatos de sus vidas. O tal vez sea que las historias me andan buscando, porque saben que tienen en mi una fiel admiradora y buscan la manera de salir a mi encuentro.

Como dice el refrán a quien nace para martillo del cielo le caen los clavos. Pocas vocaciones tengo tan claras como mi amor por las historias. En un momento de mi vida incluso me dediqué a contarlas, a veces incluso encima de algún escenario. Tiempos aquellos, hace mucho ya. Ahora me conformo con esos momentos gloriosos de reencuentro con amigos lejanos, cuando me piden la última anécdota y yo me deleito en una descripción de hechos que encierra sorpresas y desenlaces inesperados.

A día de hoy sigo recurriendo a ellas cotidianamente, pues en mi trabajo actual son un gran aliado para explicar cosas que son difíciles de entender desde lo racional. No tengo que vender esta idea, puedes encontrar miles de cursos sobre Storytelling por ahí, están de moda, todos sabemos lo importantes que son las narrativas para cambiar las cosas.

Somos seres narrativos, desde que desarrollamos nuestro lenguaje abstracto de Homo Sapiens no hemos dejado de contarnos cuentos y ahí seguimos.

La cuestión es que llevo meses con una idea rondando en mi cabeza: ¿es posible que nuestra identidad, lo que pensamos que somos, no sea más que otro relato?

Nos contamos una y otra vez una historia personal que más que revisitada, está hecha unos zorros de tanto manoseo. Estamos convencidos de que nos ocurrieron cosas que tal vez sólo pasaron en nuestra imaginación. Al fin y al cabo, nuestra percepción de la realidad es muy limitada y la memoria no hace más que distorsionar los hechos desde la lectura emocional que queremos darle a nuestra historia.

¿Y si lo que somos fuera fruto de un relato más? Eso sí, sería el relato más importante de toda nuestra vida, ese que hemos tejido con todo el esmero para que sea creíble, para que nos permita caminar por ahí como seres verosímiles.

No tengo la respuesta a estas preguntas, no creo que se puedan responder con un rotundo sí o no, supongo que es cuestión de matices. Algunas cosas que nos contamos fueron reales, algunos rasgos que nos decimos tener estarán ahí, pero esta hipótesis me arroja luz sobre algunos casos de personas que conozco o a las que he intentado ayudar y que demuestran una profunda desconexión de la realidad y la identidad que le otorga su entorno. También me ayuda a entender por qué a veces mis certezas no se corresponden con las de aquellos que me rodean.

Pero lo más relevante de este tema es si podemos cambiar lo que somos modificando el relato que nos contamos sobre nosotros mismos. Es decir, tal vez si somos capaces de reinterpretar nuestra historia personal, de cuestionar al personaje que creemos ser, podremos reinventar nuestra propia identidad o, al menos, algunos rasgos de ella.

¿Tú qué crees?

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Cuba

Por fin llegó el momento, hace dos semanas, de tener un merecido descanso. Después de un año con mucho trabajo, dos proyectos diferentes en una organización gigantesca, más algunos proyectos pequeños en otros clientes, un año en el que tocó cerrar la casa y vivir con lo que cabe en una maleta a muchos miles de kilómetros, por fin, había llegado el momento de descansar.

No se trataban de unas vacaciones cualesquiera, al fin había conseguido dirigirme a un lugar tan especial y añorado para mí, al fin me iba a Cuba.

Es muy difícil explicar por qué hay lugares a los que te sientes unida desde tan joven: en parte por lo ideológico, por tu admiración a un pueblo que ha hecho algo diferente a todos los demás. Pero no sólo por eso, también porque siempre te has sentido perteneciente a un lugar que no conoces, a su música, a su gente y a la imagen que te haces en la cabeza de cómo debe ser.

Al fin volaba a esa pequeña isla del Caribe, el primer lugar en el que me he emocionado hasta las lágrimas cuando el avión ha tomado tierra y, sin embargo, el primer lugar del que vuelvo con una sensación amarga entre los labios, sin tampoco saber explicar muy bien por qué.

Cada viaje es una experiencia vital que te lleva hacia adelante, pero también hacia adentro, hacia los otros y hacia una misma. Este no era el viaje que me esperaba, la realidad que me he encontrado es mucho más cruda, mucho más doliente de lo que me hubiera gustado. Todo el lugar que ocupó la sorpresa y la indignación me dejaron sin ganas de bailar.

No puedo negar que ha sido divertido, es imposible no divertirse en Cuba, porque su gente decide cada día que la realidad no va a poder con ellos, no aún. Siempre están ahí para buscar contigo el lado más luminoso que les sea posible y yo les he seguido el juego, me he reído con ellos, he bailado sobre el montón de escombros de un país que lleva muchos años viniéndose abajo.

Sería demasiado simple decir que es el bloqueo norteamericano, no, es mucho más que eso. Es la cultura de funcionario de quien tiene trabajo proporcionado por el Estado, es la apatía que genera encontrar un muro siempre que quieres hacer algo, es el abandono absoluto de quien lleva demasiados años esperando que las cosas cambien.

Se trata de una realidad tan triste y cruel que me ha tenido triste muchos días. Me he negado a muchas cosas que cualquier turista suele hacer en Cuba: la foto con el puño en alto en la Plaza de la Revolución frente a la figura del Che, entrar en la Bodeguita del Medio, tomar un daiquiri en el Floridita… Todo eso me parecía un insulto al pueblo cubano. Llamadme radical, pero a mí no me salía.

Decir que es un país bonito sería para mí hacer como si no hubiera visto a los niños descalzos jugando al fútbol en las calles destrozadas. La belleza va mucho más allá de la estética y es ocultada por la injusticia de quien vive como no se merece.

Tomar café por las mañanas mientras regalas pastillas de jabón o caramelos a los que se acercan a ti, es una experiencia muy lejana a lo que considero unas vacaciones y, de fondo, ese tremendo espejo te dice al oído que eres mucho más pija de lo que pensabas, que no estabas preparada para ver cómo vive el 80% de la Humanidad, sus vidas de escasez y penuria. Tú que te pensabas alguien comprometido socialmente ahí estás, gastándote en una comida el dinero que gana una familia al mes. Chúpate esa, pobre niña rica y ahora vete a bailar al malecón haciendo como si no pasara nada.

La experiencia de Cuba me ha resultado tan brutal y chocante que volví enferma. Sí, puede que sólo un resfriado por dormir con aire acondicionado (un lujo que la mayoría de ellos no tienen), pero entre la fiebre pude ir sanando el dolor que me supuso ver un país que amo entre las ruinas del ego de uno de los mayores dictadores del siglo XX.

No puedo decir que haya sido terrible, porque también hubo hermosura, diversión y belleza. Puedo decir que me rompió los esquemas y el corazón y que voy a tardar mucho en volver allá, porque lo que no entendemos es muy difícil de disfrutar y de amar.

Tal vez el único problema es que tardé demasiado en volver a viajar y hubo demasiadas cosas que olvidé por el camino, o será esta maldita empatía la que no me permite mirar hacia otro lado. En cualquier caso, me alegro de haber estado allí, haber aprendido a navegar allí, haber paseado sus calles que huelen mal y mirado sus edificios descoloridos. Todo eso mereció la pena para conocer a la gente de aquel lugar, que me recordaron que, por encima de todo, estamos vivos y obligados a disfrutar de la fiesta, dejando a un lado las tonterías y aprovechando cada oportunidad de abrazarnos, darnos las gracias y decirnos “te quiero”.

Todo se acomoda

Abandonados os tengo, lo sé. No pretendo justificarme, no hace falta, si escribo aquí es porque me apetece y me gusta, pero cuando estoy baja de ánimos sólo escribo para mí.

En los días que amanezco con un nubarrón encima lo primero que hago es escribir tres páginas, en ellas vuelco todo lo que se me pasa por la cabeza, sin orden ni reglas, tal como me enseñó Julia Cameron en su impagable libro El camino del artista.

La vida aquí es toda una experiencia, pero no siempre es fácil. A favor tengo que cuando por fin llega el fin de semana parece que estoy de vacaciones, disfruto de mil sitios y experiencias que nunca creí que viviría. En esos días recupero la sensación de estar de viaje y consigo descansar y alimentar mi alma.

En los días de diario no tengo tiempo para nada que no sea trabajar y moverme por una ciudad que a veces me aplasta. Tengo la tremenda suerte de ir, casi todos los días, caminando al trabajo; este es un lujo muy poco frecuente en una ciudad tan enorme. Aún así, aunque disfruto lo que hago, el trabajo aquí es un gran reto a muchos niveles y suele exigir de mi todo lo que soy.

El cansancio de este último año se ha escondido en los pliegues de mi consciencia para permitirme continuar hacia adelante, pero hace dos semanas la añoranza se coló por una ventana abierta y ya nada ha vuelto a ser lo mismo.

Era un sábado por la tarde, el 30 de julio. En ese momento recordé que mi vuelo de vuelta a casa estaba cerrado para ese día, aunque lo cambié para finales de noviembre porque decidí renovar mi contrato. En ese momento me imaginé volviendo a casa y sentí que no quería hacer otra cosa que estar de vuelta.

Es curioso, porque yo decidí renovar y quedarme, pero en ese momento empecé a pensar que ya podría haber terminado esta etapa tan agotadora. En ese momento empecé a ser víctima de mí misma y de todas las trampas que me regalo cuando las situaciones de mi vida son exigentes.

Hoy vuelvo a escribir porque comienza a brillar un poco de luz en este camino. El tiempo pasa rápido, antes de que me de cuenta estaré de vuelta y corro el peligro de mirar hacia atrás y sentir que no he aprovechado todo lo que este momento me ofrecía.

Sé que el cansancio no es excusa, que se trata de cómo vivo las cosas y que aquí, más que en ningún otro lugar ahora mismo, tengo la oportunidad de aprender a vivir como la persona que me gustaría ser. Quiero dejar atrás esta tendencia al dramaquinismo, empezar a decidir qué acontecimientos y qué personas pueden influirme. Estoy lo suficientemente lejos para no tener muletas con las que caminar, aunque gracias al cielo tengo amigos (cerca y lejos) con los que pensar y reír, para ayudarme a tomar decisiones.

Por ahora uno de los aprendizajes más importantes está siendo que no hay excusas, que sólo tienes que dejarte disfrutar, respirar, cantar cada día, bailar de vez en cuando y buscar lo que nutre tu espíritu.

Ya sé, estoy un poco moñas, casi en plan autoayuda, pero es que me toca crecer y mirar adentro para entender por qué me pongo palos en las ruedas.

En todo esto hay mil cosas buenas, entre otras que la semana que viene al fin podré tener un descanso en este año tan intenso de trabajo. Me voy a Cuba, uno de los países que llevo décadas queriendo conocer. Ahora, por fin, toca realizar algunos de los sueños que se me durmieron en los brazos.

Tengo mucho que contaros, muchos posts empezados, muchas ganas de comerme los tres meses que me quedan aquí. Desde Cuba no podré hacerlo. Me voy al apagón digital de un país sin apenas internet, pero prometo volver renovada.

Entre los muchos regalos que México tenía para mí están sus refranes, hay uno que se me tatuó en el cerebro: la carga en el camino se acomoda. Sigamos caminando pues, para que todo se acomode, deje de pesar y podamos continuar siempre hacia adelante.

Viernes de quincena

En esta ciudad ruidosa y llena de gente fui a vivir justo encima de un guitarrista. Es un extraño designio el que une mi vida a la de los músicos: por un lado me encanta disfrutar de su arte, por otro, sufro los inconvenientes de tenerlos cerca, como ahora, un lunes por la noche, escucharle ensayar mientras yo quiero ir a dormir. Le doy vueltas a la posibilidad de bajar y proponerle que pactemos un horario, porque el jueves pasado estuvo hasta las dos de la madrugada mejorando su técnica con el rock n´roll.

Esto me pasa por venirme a vivir a la bohemia Colonia Roma, lleno de toda la intelectualidad más internacional de la Ciudad de México, o DF como aún les gusta llamarla a sus habitantes, que se resisten a los cambios de timón de una clase política aún más caprichosa que la española. Aquí vivió y mató a su esposa (por un estúpido accidente) el escritor William Burroughs en los años 50.

Hace ya casi tres meses que ando por estas tierras, muy poco, dicen los lugareños, pero a mí me parece mucho para alguien que está de paso. En este tiempo ya aprendí un innumerable número de palabras que me ayudan a desenvolverme: maguei (maiz), popote (cañita), totopo (nacho), cobija (manta), closet (armario), recámara (habitación), cajeta (dulce de leche), chapulín (saltamontes), mascabado (azúcar moreno) y algunas conjugaciones del verbo “chingar” cuyas acepciones no creo que termine de aprender en mi vida entera.

Han pasado muchos días desde aquella primera mañana en que pregunté a un señor cómo llegar a Chapultepec y no entendí su respuesta, porque aunque digan que hablamos el mismo idioma no es cierto. Ni por las palabras que usamos, ni por cómo las cantamos ni por el doble sentido que encierran. Ya me cambió un poquito la forma de hablar, ahora es una mezcla entre andaluz y mexicano que dicen que es muy graciosa. Me voy dando cuenta cuánto me gusta adaptarme, cómo me esfuerzo por mimetizarme.

Ya probé mil sabores nuevos, hice amigos, conocí lugares y formas de vivir muy diferentes a los que conocía. Ya me gusta el chile en la fruta y aprendí a cruzar las calles sin riesgo para mi supervivencia. Tengo un mapa mental de esta ciudad gigantesca de la que sólo recorrí una pequeña parte. Apenas salí al resto del país y no voy a poder ir muy lejos por asuntos demasiado largos de contar aquí que incluyen permisos de extranjería y dobles tributaciones fiscales.

Aún no visité museos, no los prioricé. Preferí mezclarme entre el bullicio de las calles. Ayer entré al Castillo de Chapultepec 20 minutos antes de que cerrara (nota mental: revisar los horarios antes de visitar los museos) y ahora necesito entender más la historia de este país gigante y bravo con el que tanta historia tengo en común.

Intento ser muy precavida a la hora de sacar conclusiones sobre una cultura tan diferente, me muerdo la lengua por no apresurarme, por no herir la sensibilidad de mis anfitriones. Aún así las diferencias saltan a la vista y también las similitudes. Y como en todos los lugares, hay gente de todos los colores, condiciones y formas de pensar.

El otro día una amiga me planteaba si los mexicanos no son para mí como ratas de laboratorio, haciendo referencia a mi interés antropológico en su forma de vida. Le decía, sin haberlo pensado muy bien antes, que en ese análisis puede haber dos sujetos de estudio: el otro o uno mismo. Reflexionaba en voz alta sobre cómo el contacto con lo diferente te hace darte cuenta de cosas respecto a ti misma que nunca antes habías podido apreciar.

No es del todo cierto, es muy difícil no observar, juzgar y prejuzgar al que es diferente, pero me gusta esa forma de verlo en que esta experiencia va a cambiar mi forma de vivir y de entender el mundo, intentando aprender todo lo bueno que hay aquí.

Por cierto, el viernes de quincena es un momento que me fascina. Aquí el salario se cobra quincenalmente y, cuando ese día coincide en viernes la ciudad se colapsa, todo el mundo se echa a la calle, el tráfico se pone imposible, los bares se llenan, el centro está a reventar. Si normalmente sorprende ver las calles con tanta gente, estos días son toda una experiencia. 25 millones de personas dan para mucho y esta ciudad no descansa.

Desde aquí Madrid se ve como un lugar pequeño y tranquilo, demasiado contaminado para la poca población que tiene. Europa se ve como un lugar sin niños, silencioso, de aceras lisas y muy iluminado al que le falta un poco de bullicio. A veces me parece incomprensible por qué no tenemos tianguis y, como dice mi amiga Ana, cómo podemos vivir sin tamales.

Buenos días amiguitos españoles, la cigarra ya dejó de tocar la guitarra, la hormiga se va a dormir.

La hora bruja

Debería irme a dormir, pero en esta época del año se escucha a las ranas cantar desde mi terraza. Ni un coche, las campanas de la iglesia dan las doce y no tengo sueño. Igual que el grillo incansable tengo ganas de cantar mi canción para quien quiera oirla.

He llegado hace un rato dando un paseo, desde casa de una amiga. Aún olía la lluvia que cayó esta tarde sobre el verde de la primavera que empieza a agostarse.

Me gusta vivir aquí, pisar estas calles llenas de agujeros, donde aún quedan árboles y porquerizas.

O tal vez debería decir sólo que me gusta vivir, por más simple que parezca, aunque nunca es demasiado obvio. Al menos a mí nunca me sobra este sentimiento de sorpresa y abundancia por la vida que se prodiga en cada rincón.

Debe ser la primavera, o que la semana pasada nos conmocionó la muerte de una joven vecina, lo que me ha hecho recordar que me gusta estar aquí, en este pueblo, en este cuerpo y en esta vida que me ha tocado vivir y que voy haciendo a mi medida, pactando con la realidad, que es más terca que yo a veces.

Tal vez sólo es que tenía mono de escribir, que necesitaba este rato de nocturnidad o que se me ha subido a la cabeza la Voll-Damn que me he tomado en casa de mi amiga, pero hay noches como esta en que necesito decirlo: doy gracias una y otra vez por lo que tengo.

Quizás perdí la cabeza, porque no me ha tocado la lotería, ni siquiera me he enamorado, así que me falta una justificación de esas que entendería cualquiera. Muchos podrían decir que mi vida es una pérdida de tiempo o de sentido y puede que lleven razón, pero para eso tendría que mirar todo lo malo, y no me apetece.

Se trata sólo de que hace unos años entendí que es una suerte estar aquí y, de vez en cuando, mi corazón lo recuerda.

Gracias por leerme en mis intermitencias y mis desvaríos nocturnos, porque vuestro apoyo es el origen de esta certeza. Con vosotros cerca todo merece la alegría.

Buenas buenas noches.

Al máximo sin pasarse

No has escuchado a nadie en toda tu vida, yo tampoco. Si lo hubiéramos hecho esa experiencia nos habría transformado irremediablemente, habría un antes y un después.

Con esta hipótesis comienza Moisés Mato su monográfico del Teatro de la Escucha en la Sala Metáforas de Madrid, al que tuve la suerte de asistir el pasado septiembre. Cuando empiezas un curso escuchando semejante afirmación subes una ceja y piensas para tus adentros “se está equivocando, yo he escuchado a algunas personas, tal vez no muchas, pero lo he hecho y sé de qué va este rollo porque he estudiado muchísimo sobre comunicación”. Bueno, en realidad no sé con qué palabras pensé ese pensamiento, pero sé que subí la ceja, que mi ego se defendió y que sacó toda la artillería de mi soberbia para defenderse.

Todo el curso giró en torno a esta idea, nada más, así de sencillo. No hicimos otra cosa que abordar la escucha  desde diferentes perspectivas y ejercicios. Ya nos lo advirtió Moisés justo al principio, que sólo trataríamos una idea durante diez horas. Dicho así puede parecer el curso más cansino de la historia de la pedagogía, pero resultó todo lo contrario. Cuando quieres romper un patrón firmemente arraigado no puedes correr, tienes que dedicar todo el tiempo posible a la toma de conciencia sobre el error básico en el patrón.

Moisés me pareció un gran educador, con una visión un tanto particular y un concienzudo trabajo a sus espaldas no sólo respecto a técnicas, sino también respecto a la metodología y la teoría que sustenta su enfoque. Me quedo con el lema que nos transmitió durante todo el curso y que da título a este post. Representa la que debería ser nuestra actitud frente a la vida y a las relaciones personales para que se conviertan en significativas.

“Al máximo sin pasarse” significa explorar los límites de las relaciones, es escuchar y hablar totalmente. Puede que en algún momento nos pasemos de la raya, en ese momento corregiremos el rumbo, pero seguiremos explorando el límite. No hacerlo significa mantenernos en relaciones que no nos retan y, por tanto, no nos aportan valor. Pasarnos significa invadir el espacio en el que el otro no quiere que entremos y, por tanto, faltarle el respeto. Pero cuando la otra persona me lleva al límite, voy cogiendo confianza y ampliando mis propios límites, lo cual me ayuda a crecer.

Porque estamos explorando el límite, las relaciones humanas requieren tiempo para encontrar el equilibrio entre la tensión y la alegría. Este es el punto de encuentro entre dos personas, con nuestro trabajo y con cualquier cosa que merezca la pena ser vivida.

Una de las grandes habilidades de Moisés Mato es lanzar preguntas poderosas. La que más reveladora me resultó fue “¿A tu alrededor la gente crece?” Esa es la medida de que tus relaciones son significativas.

Esta es una sola de mis reflexiones sobre el Taller, no quiero contar más para no hacer “spoiler”, pero hay mucho más, básicamente una experiencia que te enfrenta a la parte de “status quo” que tienes interiorizada, un espejo en el que mirarte y mejorar, un juego con el que te diviertes y a la vez te conmueves.

Hemos cambiado la comunicación por el intercambio de palabras. Hemos asumido que las relaciones no deben tocar temas incómodos. Olvidamos que se puede crecer en sacrificio y en humildad, pactamos en relaciones de mínimos para no ir al límite. Todo esto he visto dentro de mi y también fuera.

Al tratarse de una metodología teatral trabajamos básicamente con el cuerpo, el movimiento, el contacto físico, la voz y otros elementos corporales. Sin embargo, no hace falta ser actor o actriz para hacer este curso, porque la dramatización es un recurso que sólo usamos en contadas ocasiones. Si te ha gustado, no dudes en apuntarte a la próxima edición.

Por cierto, gracias @islomar por animarme a escribir este post.

La antropóloga agilista

Me gusta cuando los amigos describen mis actividades como las “cosas de Maica”. Ya sabéis que siempre ando con nuevos proyectos en la cabeza: cosas que pruebo, algunas funcionan, otras fracasan, pero de todas aprendo un montón. También sabéis que llevo meses codeándome con los que yo llamo “informáticos locos”, aunque nunca me paré a explicaros por qué. La pregunta que todo el mundo formula es: “¿Qué hace una antropóloga trabajando con informáticos?” Hoy os lo voy a explicar.

Para ser justos tengo que aclarar que no se dice “informático”, sino “desarrollador de software” (menudas brocas me han caído en estos meses al respecto). Pero bastante locos sí que están, al menos estos, que son los agilistas.

La culpa de todo la tiene @jmbeas, quien consiguió que yo entendiera en qué consiste el agilismo: una nueva metodología que se centra en las personas y en la promoción del cambio dentro de las empresas IT (tecnológicas).

Los desarrolladores generan proyectos en equipo, pero si el factor humano no está bien compenetrado la calidad del producto se resiente o llega incluso a sacrificarse. Además, la utilización de un lenguaje específico, llamado “código” obliga a consensuar los términos de referencia, los usos y las funcionalidades, pues todos los lenguajes funcionan sobre la base de una convención social, un acuerdo explícito para evitar interferencias.

Así, descubrí que todo lo que sabía sobre dinámicas de grupos, contextos participativos, semiótica y análisis de la realidad podía ser útil en este contexto. Los ingenieros se enfrentan a la dificultad de trabajar centrados en las personas aunque su formación es eminentemente técnica. José Manuel y yo advertimos que mi visión del cambio como proceso y las herramientas asociadas podían ayudar a aumentar las posibilidades de éxito del enfoque agilista.

Llevo meses estudiando y enriqueciéndome del bagaje de esta autodenominada “tribu“. Ellos han sistematizado técnicas muy poderosas en el trabajo con personas y, además, promueven un cambio de valores en las empresas que a mí me resulta realmente revolucionario: cooperar, compartir conocimiento, transparentar y mejorar continuamente, entre otros.

Con esta tribu comparto mi pasión por la dinamización del cambio, así como la necesidad de transformar el tejido productivo español y a nosotros mismos como profesionales. Se trata de gente amable y acogedora que siempre te busca un sitio entre ellos aunque hayas llegado hace muy poco.

Así que ya sabéis en qué ando. ¿Qué os parece? ¿Puede una antropóloga ser agilista?

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