Storytelling

Sentada a la sombra de un árbol, en la primavera de una pequeña aldea andaluza, una niña recoge margaritas mientras imagina historias de otro tiempo y otro lugar. Siempre anda distraída imaginando, inventando cosas que no sucedieron. Aventuras de ermitaños sabios escondidos en cuevas, de sirenas que hacían amistad con humanas, de guerreros y brujas, de princesas y príncipes, por supuesto.

A veces sus sueños le dan material para nuevos relatos, en otras ocasiones el puro deseo de aventuras la lleva a imaginar mundos más estimulantes que el propio. Una niña creciendo en una ciudad, con una realidad un poco aburrida, encuentra la salida perfecta en las historias, propias y ajenas, inventadas o reales, que va encontrando a su paso. A veces las escribe, otras, sólo se deja arrullar por ellas en su imaginación.

Supongo que aquella niña era yo, porque recuerdo el prado y la sensación fresca en el aire, pero quien sabe, tal vez no sea más que una de las historias que he tejido sobre mí misma y que, con el tiempo, se ha convertido en una parte fundamental de lo que creo que soy.

Algo sí es cierto: nada me gusta más que una buena historia y, por suerte, he tenido la posibilidad de asomarme a muchas, algunas terribles y otras esperanzadoras, más o menos reales, nunca podré saberlo con certeza. Desde que comencé a dedicarme al trabajo social y a la investigación muchas personas me han confiado los relatos de sus vidas. O tal vez sea que las historias me andan buscando, porque saben que tienen en mi una fiel admiradora y buscan la manera de salir a mi encuentro.

Como dice el refrán a quien nace para martillo del cielo le caen los clavos. Pocas vocaciones tengo tan claras como mi amor por las historias. En un momento de mi vida incluso me dediqué a contarlas, a veces incluso encima de algún escenario. Tiempos aquellos, hace mucho ya. Ahora me conformo con esos momentos gloriosos de reencuentro con amigos lejanos, cuando me piden la última anécdota y yo me deleito en una descripción de hechos que encierra sorpresas y desenlaces inesperados.

A día de hoy sigo recurriendo a ellas cotidianamente, pues en mi trabajo actual son un gran aliado para explicar cosas que son difíciles de entender desde lo racional. No tengo que vender esta idea, puedes encontrar miles de cursos sobre Storytelling por ahí, están de moda, todos sabemos lo importantes que son las narrativas para cambiar las cosas.

Somos seres narrativos, desde que desarrollamos nuestro lenguaje abstracto de Homo Sapiens no hemos dejado de contarnos cuentos y ahí seguimos.

La cuestión es que llevo meses con una idea rondando en mi cabeza: ¿es posible que nuestra identidad, lo que pensamos que somos, no sea más que otro relato?

Nos contamos una y otra vez una historia personal que más que revisitada, está hecha unos zorros de tanto manoseo. Estamos convencidos de que nos ocurrieron cosas que tal vez sólo pasaron en nuestra imaginación. Al fin y al cabo, nuestra percepción de la realidad es muy limitada y la memoria no hace más que distorsionar los hechos desde la lectura emocional que queremos darle a nuestra historia.

¿Y si lo que somos fuera fruto de un relato más? Eso sí, sería el relato más importante de toda nuestra vida, ese que hemos tejido con todo el esmero para que sea creíble, para que nos permita caminar por ahí como seres verosímiles.

No tengo la respuesta a estas preguntas, no creo que se puedan responder con un rotundo sí o no, supongo que es cuestión de matices. Algunas cosas que nos contamos fueron reales, algunos rasgos que nos decimos tener estarán ahí, pero esta hipótesis me arroja luz sobre algunos casos de personas que conozco o a las que he intentado ayudar y que demuestran una profunda desconexión de la realidad y la identidad que le otorga su entorno. También me ayuda a entender por qué a veces mis certezas no se corresponden con las de aquellos que me rodean.

Pero lo más relevante de este tema es si podemos cambiar lo que somos modificando el relato que nos contamos sobre nosotros mismos. Es decir, tal vez si somos capaces de reinterpretar nuestra historia personal, de cuestionar al personaje que creemos ser, podremos reinventar nuestra propia identidad o, al menos, algunos rasgos de ella.

¿Tú qué crees?

Choque cultural inverso

Unas 15 horas después de salir del DF me dirijo en mi coche desde el aeropuerto a casa. Tengo ganas de conducir después de siete meses sin hacerlo y tal como voy subiendo por la A1 siento la emoción de volver a ver la Sierra Norte, mi hogar, después de tanto tiempo. Es otoño, finales de noviembre y aún quedan algunos árboles amarillentos, pero ya el campo se ha vestido con el manto gris abrigadito con el que pasará el invierno.

Cuando paso el desvío de Cabanillas (la verdadera puerta de la sierra para mí) parece como si nunca hubiera recorrido esa carretera. La frondosidad americana quedó atrás y hoy los árboles me parecen más pequeños y canijos de cómo los recordaba. Mi retina llega cargada de verdes y enormidades y se ha olvidado ya de los campos de Castilla. Aún así es agradable recordar cada curva del camino, detrás de una de ellas está el Pico de la Miel, allá a lo lejos. Ahí vivo yo.

Llego a casa después de tantas horas, de tantos meses, con una maleta llena de colores y olores nuevos y me encuentro como frente a la cara de un difunto: tiene sus rasgos pero le falta espíritu. No es por el polvo, que alguien limpió unos días antes de mi llegada, pero tiene un toque gris y desangelado que me deja un poco helada aunque también hayan encendido la calefacción. Pienso “no importa, poco a poco recuperará su brillo” y así fue después de algunos días, algunos discos que echaba de menos y algunas velas por aquí y por allá.

A partir de ahí todo fue un asomarse con curiosidad a un lugar del pasado, para descubrir que yo había cambiado aunque no sabía muy bien en qué. Recuperé a mi gata, que es mi familia y juntas nos fuimos adaptando a unas semanas de descanso, sin rutinas. Algunos reencuentros, menos de los esperados y una vida en paréntesis que no sabía bien a dónde me llevaría.

Lejos de la comodidad que esperaba, empecé a sentir que no encajaba aquí y una tristeza poco razonable se fue apoderando de mi día a día hasta que, al fin, decidí investigar si podía tener relación con el hecho migratorio. Puede parecer una tontería, pero para una antropóloga, ponerle nombre a los fenómenos culturales que te ocurren tiene relevancia. Entonces, por primera vez en mi vida, comencé a leer sobre algo llamado “choque cultural inverso” y a sentirme aliviada.

Cuando emigramos nos parece que el momento más duro es la llegada a un nuevo país, que requiere de todas nuestras habilidades de aprendizaje y adaptación, de toda nuestra atención. Sin embargo, este hecho está lleno también de fascinación y sentido de la aventura, eleva nuestros niveles de adrenalina, nos hace sentir vivos. De lo que generalmente no hablamos, es del hecho de retornar después de unos meses o unos años y de lo duro que resulta.

Hay muchas explicaciones diferentes de por qué el retorno es tan difícil de vivir, en mi caso, el hecho fue que dejé en España un montón de decisiones vitales pospuestas, con la típica solución de “patada para adelante” cuando me marché. A la vuelta, todas esas situaciones sin resolver me estaban esperando, como buenas niñas, en fila india, pero yo lo había olvidado.

Comencé a preguntarles a algunos amigos que habían vivido fuera, la mayoría reconocían la dureza del retorno y la desubicación existencial que conlleva. Pocos sabían que se trataba de un patrón definido y me contaron cómo lo afrontaron: algunos volvieron a irse enseguida, otros lloraban desconsoladamente en su soledad sin saber el motivo y, casi todos, consideran que volverán a marcharse más tarde o más temprano, porque una vez que has vivido fuera, aprendes que es más fácil y gratificante irte que volver. Ese es el que llaman “el síndrome del eterno viajero” que se deriva del choque cultural inverso.

Ya han pasado cinco meses, estoy mejor después de haberme mudado de vuelta a Madrid, donde busco un poco más de actividad y resolver algunas de aquellas decisiones pendientes en mi vida. Creo que ya he conseguido aterrizar aquí, en parte gracias a haber retomado mi rutina laboral, que tanto amarra pero da sentido a los días. Sueño con volver a irme a vivir a otro lugar, hago mis planes, busco el momento en que podré hacerlo, sé que lo haré.

Mientras tanto sólo quería dejar esto aquí, por si alguien lo está buscando, en la dureza del retorno. Y retomar mis posts, que tan abandonados he tenido porque no sabía cómo contar lo que me pasaba por dentro y no había nada sobre lo que escribir que tuviera más sentido.

“Volver a casa” es una falacia, o el mundo está lleno de casas o no hay un sólo lugar en la vida adulta que sea seguro, ese remanso de paz que tanto añoramos es nuestro paraíso perdido, al menos si lo buscamos fuera de nosotros. Nuestro remanso de paz está dentro y el esfuerzo de construirlo y mantenerlo no para nunca, estemos donde estemos.

 

Cuba

Por fin llegó el momento, hace dos semanas, de tener un merecido descanso. Después de un año con mucho trabajo, dos proyectos diferentes en una organización gigantesca, más algunos proyectos pequeños en otros clientes, un año en el que tocó cerrar la casa y vivir con lo que cabe en una maleta a muchos miles de kilómetros, por fin, había llegado el momento de descansar.

No se trataban de unas vacaciones cualesquiera, al fin había conseguido dirigirme a un lugar tan especial y añorado para mí, al fin me iba a Cuba.

Es muy difícil explicar por qué hay lugares a los que te sientes unida desde tan joven: en parte por lo ideológico, por tu admiración a un pueblo que ha hecho algo diferente a todos los demás. Pero no sólo por eso, también porque siempre te has sentido perteneciente a un lugar que no conoces, a su música, a su gente y a la imagen que te haces en la cabeza de cómo debe ser.

Al fin volaba a esa pequeña isla del Caribe, el primer lugar en el que me he emocionado hasta las lágrimas cuando el avión ha tomado tierra y, sin embargo, el primer lugar del que vuelvo con una sensación amarga entre los labios, sin tampoco saber explicar muy bien por qué.

Cada viaje es una experiencia vital que te lleva hacia adelante, pero también hacia adentro, hacia los otros y hacia una misma. Este no era el viaje que me esperaba, la realidad que me he encontrado es mucho más cruda, mucho más doliente de lo que me hubiera gustado. Todo el lugar que ocupó la sorpresa y la indignación me dejaron sin ganas de bailar.

No puedo negar que ha sido divertido, es imposible no divertirse en Cuba, porque su gente decide cada día que la realidad no va a poder con ellos, no aún. Siempre están ahí para buscar contigo el lado más luminoso que les sea posible y yo les he seguido el juego, me he reído con ellos, he bailado sobre el montón de escombros de un país que lleva muchos años viniéndose abajo.

Sería demasiado simple decir que es el bloqueo norteamericano, no, es mucho más que eso. Es la cultura de funcionario de quien tiene trabajo proporcionado por el Estado, es la apatía que genera encontrar un muro siempre que quieres hacer algo, es el abandono absoluto de quien lleva demasiados años esperando que las cosas cambien.

Se trata de una realidad tan triste y cruel que me ha tenido triste muchos días. Me he negado a muchas cosas que cualquier turista suele hacer en Cuba: la foto con el puño en alto en la Plaza de la Revolución frente a la figura del Che, entrar en la Bodeguita del Medio, tomar un daiquiri en el Floridita… Todo eso me parecía un insulto al pueblo cubano. Llamadme radical, pero a mí no me salía.

Decir que es un país bonito sería para mí hacer como si no hubiera visto a los niños descalzos jugando al fútbol en las calles destrozadas. La belleza va mucho más allá de la estética y es ocultada por la injusticia de quien vive como no se merece.

Tomar café por las mañanas mientras regalas pastillas de jabón o caramelos a los que se acercan a ti, es una experiencia muy lejana a lo que considero unas vacaciones y, de fondo, ese tremendo espejo te dice al oído que eres mucho más pija de lo que pensabas, que no estabas preparada para ver cómo vive el 80% de la Humanidad, sus vidas de escasez y penuria. Tú que te pensabas alguien comprometido socialmente ahí estás, gastándote en una comida el dinero que gana una familia al mes. Chúpate esa, pobre niña rica y ahora vete a bailar al malecón haciendo como si no pasara nada.

La experiencia de Cuba me ha resultado tan brutal y chocante que volví enferma. Sí, puede que sólo un resfriado por dormir con aire acondicionado (un lujo que la mayoría de ellos no tienen), pero entre la fiebre pude ir sanando el dolor que me supuso ver un país que amo entre las ruinas del ego de uno de los mayores dictadores del siglo XX.

No puedo decir que haya sido terrible, porque también hubo hermosura, diversión y belleza. Puedo decir que me rompió los esquemas y el corazón y que voy a tardar mucho en volver allá, porque lo que no entendemos es muy difícil de disfrutar y de amar.

Tal vez el único problema es que tardé demasiado en volver a viajar y hubo demasiadas cosas que olvidé por el camino, o será esta maldita empatía la que no me permite mirar hacia otro lado. En cualquier caso, me alegro de haber estado allí, haber aprendido a navegar allí, haber paseado sus calles que huelen mal y mirado sus edificios descoloridos. Todo eso mereció la pena para conocer a la gente de aquel lugar, que me recordaron que, por encima de todo, estamos vivos y obligados a disfrutar de la fiesta, dejando a un lado las tonterías y aprovechando cada oportunidad de abrazarnos, darnos las gracias y decirnos “te quiero”.

Al máximo sin pasarse

No has escuchado a nadie en toda tu vida, yo tampoco. Si lo hubiéramos hecho esa experiencia nos habría transformado irremediablemente, habría un antes y un después.

Con esta hipótesis comienza Moisés Mato su monográfico del Teatro de la Escucha en la Sala Metáforas de Madrid, al que tuve la suerte de asistir el pasado septiembre. Cuando empiezas un curso escuchando semejante afirmación subes una ceja y piensas para tus adentros “se está equivocando, yo he escuchado a algunas personas, tal vez no muchas, pero lo he hecho y sé de qué va este rollo porque he estudiado muchísimo sobre comunicación”. Bueno, en realidad no sé con qué palabras pensé ese pensamiento, pero sé que subí la ceja, que mi ego se defendió y que sacó toda la artillería de mi soberbia para defenderse.

Todo el curso giró en torno a esta idea, nada más, así de sencillo. No hicimos otra cosa que abordar la escucha  desde diferentes perspectivas y ejercicios. Ya nos lo advirtió Moisés justo al principio, que sólo trataríamos una idea durante diez horas. Dicho así puede parecer el curso más cansino de la historia de la pedagogía, pero resultó todo lo contrario. Cuando quieres romper un patrón firmemente arraigado no puedes correr, tienes que dedicar todo el tiempo posible a la toma de conciencia sobre el error básico en el patrón.

Moisés me pareció un gran educador, con una visión un tanto particular y un concienzudo trabajo a sus espaldas no sólo respecto a técnicas, sino también respecto a la metodología y la teoría que sustenta su enfoque. Me quedo con el lema que nos transmitió durante todo el curso y que da título a este post. Representa la que debería ser nuestra actitud frente a la vida y a las relaciones personales para que se conviertan en significativas.

“Al máximo sin pasarse” significa explorar los límites de las relaciones, es escuchar y hablar totalmente. Puede que en algún momento nos pasemos de la raya, en ese momento corregiremos el rumbo, pero seguiremos explorando el límite. No hacerlo significa mantenernos en relaciones que no nos retan y, por tanto, no nos aportan valor. Pasarnos significa invadir el espacio en el que el otro no quiere que entremos y, por tanto, faltarle el respeto. Pero cuando la otra persona me lleva al límite, voy cogiendo confianza y ampliando mis propios límites, lo cual me ayuda a crecer.

Porque estamos explorando el límite, las relaciones humanas requieren tiempo para encontrar el equilibrio entre la tensión y la alegría. Este es el punto de encuentro entre dos personas, con nuestro trabajo y con cualquier cosa que merezca la pena ser vivida.

Una de las grandes habilidades de Moisés Mato es lanzar preguntas poderosas. La que más reveladora me resultó fue “¿A tu alrededor la gente crece?” Esa es la medida de que tus relaciones son significativas.

Esta es una sola de mis reflexiones sobre el Taller, no quiero contar más para no hacer “spoiler”, pero hay mucho más, básicamente una experiencia que te enfrenta a la parte de “status quo” que tienes interiorizada, un espejo en el que mirarte y mejorar, un juego con el que te diviertes y a la vez te conmueves.

Hemos cambiado la comunicación por el intercambio de palabras. Hemos asumido que las relaciones no deben tocar temas incómodos. Olvidamos que se puede crecer en sacrificio y en humildad, pactamos en relaciones de mínimos para no ir al límite. Todo esto he visto dentro de mi y también fuera.

Al tratarse de una metodología teatral trabajamos básicamente con el cuerpo, el movimiento, el contacto físico, la voz y otros elementos corporales. Sin embargo, no hace falta ser actor o actriz para hacer este curso, porque la dramatización es un recurso que sólo usamos en contadas ocasiones. Si te ha gustado, no dudes en apuntarte a la próxima edición.

Por cierto, gracias @islomar por animarme a escribir este post.

Estruja el momento

No me hace falta llegar a ser una viejecita moribunda para saber cuál es la lección más importante que he aprendido en la vida.

Aunque me encante disertar sobre el secreto de la felicidad y el sentido de la vida (más como un ejercicio de gimnasia mental, como una forma de asomarme a la visión que los demás tienen del mundo) conozco cuál es la clave para no pasar por este mundo sin pena ni gloria.

Y lo mejor de todo es que tú también lo sabes, aunque a veces se te olvide.

El secreto de nuestra felicidad no es otro que centrarnos en este momento y sacarle todo su jugo.

No me refiero a aquella idea tan sesentera de ir al límite de las posibilidades, forzar los ritmos o vivir a lo loco. Al final esto nos lleva a la idea kamikaze de “morir joven para dejar un bonito cadáver”, algo que hace un flaco favor a nuestro potencial y al regalo de estar vivos.

Más bien hablo de tomar conciencia de este momento, el que nunca más volverá a ocurrir, ese que se nos está escapando entre los dedos mientras andamos preocupados por el futuro o lamiendo nuestras heridas del pasado.

Existen para mí dos referencias bibliográficas imprescindibles sobre este tema:

Así que no se trata de tomar grandes decisiones que cambien el rumbo de nuestras vidas, estas llegarán cuando tengan que llegar y, en ese momento, estaremos preparados para afrontarlas porque no estamos agotados por el ejercicio mental de preocuparnos, agobiarnos, añorar o proyectar cómo nos gustaría que fuera nuestra realidad.

Muchas tradiciones y espiritualidades han hablado de ello a lo largo de los siglos, no es ninguna novedad. La meditación budista y taoísta no pretende otra cosa que ejercitar nuestra atención en el presente y desarrollar nuestra conciencia, es decir, para que seamos capaces de darnos cuenta de en qué momento nos hemos distraído con el pasado o con el futuro.

En la tradición alquímica también se ha trabajado sobre este concepto: todo lo que necesitamos está aquí y ahora, lo que a veces falta es nuestra capacidad para darnos cuenta. El resto de acontecimientos no es más que el velo de la realidad, el devenir continuo que expresa el arcano “la rueda de la fortuna“, el Samsara o mundo de las manifestaciones según los budistas (el Karma). Nuestras idas y venidas, la fortuna o la desdicha, no son más que manifestaciones, lo esencial es nuestra capacidad de mantener la atención sobre los que hacemos, lo que nos está ocurriendo, ya sea una actividad o una conversación con otra persona, sólo seremos capaces de estar vivos si no nos fugamos a otro momento o a otro contexto.

Estar presentes, más allá de las preocupaciones y distracciones, no es una actitud, sino una cuestión de atención. Aunque parezca un pensamiento demasiado simple, no necesitamos más para vivir. En este momento que estás viviendo justo ahora está encerrada la posibilidad de ser felices, sólo tienes que concentrarte y aceptarlo con todo lo que te trae, lo bueno y lo malo, pues él es la semilla de todo lo que está por venir.

Os dejo un presente en forma de vídeo, a mí me despierta la sensación de intensidad de cada momento, espero que os traiga de vuelta a la dicha de estar vivos.

Sólo palabras

¿Para qué sirven las palabras? Gabriel García Marquez opinaba que sirven para salvarte la vida. Decía esto a propósito de un episodio en que estuvo a punto de ser atropellado por una bicicleta. Afortunadamente, justo a tiempo, alguien le gritó “¡Cuidado!” y pudo evitar el accidente.

Supongo que no resulta muy meritorio que un Premio Nobel de Literatura le conceda importancia a las palabras: al fin y al cabo es su trabajo.

Si haces esta pregunta a tu alrededor, muchos te responderán que las palabras sirven para comunicarse. Esa es la respuesta que nos enseñaron a dar en la escuela, como un acertijo en que no te dan tiempo para pensar la solución. Al fin y al cabo puede ser cierto, aunque resulta difícil evaluar si nuestras palabras sirvieron para comunicar lo que deseábamos.

Desde mi punto de vista las palabras sirven para mucho más que para comunicarse. En realidad creo que la forma en que nos comunicamos construye nuestro mundo.

Decía Ludwig Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Nos advertía que mi lenguaje limita a mi mundo. Pero también comprendimos que podíamos empezar a cambiar nuestro mundo a través de nuestro lenguaje.

Si prestamos atención a cómo hablamos, cómo nos hablamos y cómo hablan los demás, podemos descubrir un bonito caleidoscopio humano y social. La aventura del lenguaje nos abre un campo de posibilidades infinito: si sabemos ponerlo en palabras sabremos ponerlo en la realidad.

Dejo el vínculo a la iniciativa de unos amigos. Se trata de una experiencia que está demostrando cambiar un pequeño trocito de realidad a través de las palabras.

Somos The Posit

Os deseo una feliz semana llena de palabras hermosas.

Ubuntu

El otro día conocí una nueva palabra, que más que una palabra es un caleidoscopio ético para orientar las relaciones interpersonales,  una norma moral africana, una filosofía. Ubuntu.

La palabra forma parte de la expresión zulú “umuntu ngumuntu ngabantu”, que significa ‘una persona se hace humana por razón de las demás personas’. Existen otras traducciones como “te necesito para ser yo mismo”-

“Una persona con ubuntu es abierta y está disponible para los demás, respalda a los demás, no se siente amenazado cuando otros son capaces y son buenos en algo, porque está seguro de sí mismo ya que sabe que pertenece a una gran totalidad, que se decrece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, cuando otros son torturados u oprimidos.”  Desmond Tutu Más

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