Choque cultural inverso

Unas 15 horas después de salir del DF me dirijo en mi coche desde el aeropuerto a casa. Tengo ganas de conducir después de siete meses sin hacerlo y tal como voy subiendo por la A1 siento la emoción de volver a ver la Sierra Norte, mi hogar, después de tanto tiempo. Es otoño, finales de noviembre y aún quedan algunos árboles amarillentos, pero ya el campo se ha vestido con el manto gris abrigadito con el que pasará el invierno.

Cuando paso el desvío de Cabanillas (la verdadera puerta de la sierra para mí) parece como si nunca hubiera recorrido esa carretera. La frondosidad americana quedó atrás y hoy los árboles me parecen más pequeños y canijos de cómo los recordaba. Mi retina llega cargada de verdes y enormidades y se ha olvidado ya de los campos de Castilla. Aún así es agradable recordar cada curva del camino, detrás de una de ellas está el Pico de la Miel, allá a lo lejos. Ahí vivo yo.

Llego a casa después de tantas horas, de tantos meses, con una maleta llena de colores y olores nuevos y me encuentro como frente a la cara de un difunto: tiene sus rasgos pero le falta espíritu. No es por el polvo, que alguien limpió unos días antes de mi llegada, pero tiene un toque gris y desangelado que me deja un poco helada aunque también hayan encendido la calefacción. Pienso “no importa, poco a poco recuperará su brillo” y así fue después de algunos días, algunos discos que echaba de menos y algunas velas por aquí y por allá.

A partir de ahí todo fue un asomarse con curiosidad a un lugar del pasado, para descubrir que yo había cambiado aunque no sabía muy bien en qué. Recuperé a mi gata, que es mi familia y juntas nos fuimos adaptando a unas semanas de descanso, sin rutinas. Algunos reencuentros, menos de los esperados y una vida en paréntesis que no sabía bien a dónde me llevaría.

Lejos de la comodidad que esperaba, empecé a sentir que no encajaba aquí y una tristeza poco razonable se fue apoderando de mi día a día hasta que, al fin, decidí investigar si podía tener relación con el hecho migratorio. Puede parecer una tontería, pero para una antropóloga, ponerle nombre a los fenómenos culturales que te ocurren tiene relevancia. Entonces, por primera vez en mi vida, comencé a leer sobre algo llamado “choque cultural inverso” y a sentirme aliviada.

Cuando emigramos nos parece que el momento más duro es la llegada a un nuevo país, que requiere de todas nuestras habilidades de aprendizaje y adaptación, de toda nuestra atención. Sin embargo, este hecho está lleno también de fascinación y sentido de la aventura, eleva nuestros niveles de adrenalina, nos hace sentir vivos. De lo que generalmente no hablamos, es del hecho de retornar después de unos meses o unos años y de lo duro que resulta.

Hay muchas explicaciones diferentes de por qué el retorno es tan difícil de vivir, en mi caso, el hecho fue que dejé en España un montón de decisiones vitales pospuestas, con la típica solución de “patada para adelante” cuando me marché. A la vuelta, todas esas situaciones sin resolver me estaban esperando, como buenas niñas, en fila india, pero yo lo había olvidado.

Comencé a preguntarles a algunos amigos que habían vivido fuera, la mayoría reconocían la dureza del retorno y la desubicación existencial que conlleva. Pocos sabían que se trataba de un patrón definido y me contaron cómo lo afrontaron: algunos volvieron a irse enseguida, otros lloraban desconsoladamente en su soledad sin saber el motivo y, casi todos, consideran que volverán a marcharse más tarde o más temprano, porque una vez que has vivido fuera, aprendes que es más fácil y gratificante irte que volver. Ese es el que llaman “el síndrome del eterno viajero” que se deriva del choque cultural inverso.

Ya han pasado cinco meses, estoy mejor después de haberme mudado de vuelta a Madrid, donde busco un poco más de actividad y resolver algunas de aquellas decisiones pendientes en mi vida. Creo que ya he conseguido aterrizar aquí, en parte gracias a haber retomado mi rutina laboral, que tanto amarra pero da sentido a los días. Sueño con volver a irme a vivir a otro lugar, hago mis planes, busco el momento en que podré hacerlo, sé que lo haré.

Mientras tanto sólo quería dejar esto aquí, por si alguien lo está buscando, en la dureza del retorno. Y retomar mis posts, que tan abandonados he tenido porque no sabía cómo contar lo que me pasaba por dentro y no había nada sobre lo que escribir que tuviera más sentido.

“Volver a casa” es una falacia, o el mundo está lleno de casas o no hay un sólo lugar en la vida adulta que sea seguro, ese remanso de paz que tanto añoramos es nuestro paraíso perdido, al menos si lo buscamos fuera de nosotros. Nuestro remanso de paz está dentro y el esfuerzo de construirlo y mantenerlo no para nunca, estemos donde estemos.

 

Entre dos aguas

Dos meses frenéticos en los que me he sentido feliz recorriendo Latinoamérica me trajeron a esta semana en la que, de pronto, no hay más certeza que la de mi regreso a España.

De pronto todo el mundo me lo repite: los de allí y los de acá insisten en lo poco que me queda y cada vez que lo hacen me siento morir.

Tienes ganas de irte o de quedarte? Te quedarías a vivir en el DF? Qué vas a hacer a partir de ahora? Nos vas a echar de menos? Son demasiadas preguntas y muy gruesas, no tengo respuesta para ninguna de ellas y sólo puedo pensar en lo mala que soy para las despedidas, cuánto me duelen en lo profundo y lo terrible que van a ser las 12h de vuelo del DF a Madrid.

Tengo ganas de todo a la vez: quiero irme y quiero quedarme, estar con los de aquí y los de allá al mismo tiempo, vivir en todas partes y a la vez estar en casa, lo quiero todo, quiero no tener que despedirme nunca más de nadie, porque se me rompe el corazón sólo de pensarlo. Para ustedes se va una gachupina que vivió por acá unos meses, para mí se me alejan todos ustedes, que tanto me dieron, que me acogieron como si yo lo mereciera. Así me dibujaron, no lo puedo evitar, las despedidas son lo más terrible a lo que me enfrento desde que era muy pequeña.

Con todo y esto lo único que sé responder cuando me dicen que ya pronto me voy es “déjenme estar!”. Aún me queda un mes y cacho, disfrutemoslo. Lo bueno de tener una espada de Damocles es que te hace sentir más viva. Me creerás o no, pero desde que regresé de Ecuador y me quedan los días contados, México sabe más a México.

Debe tratarse de algún poder remoto, nunca me había pasado añorar un tamal de cochinita mientras lo estás masticando, echar de menos a alguien mientras estás charlando con ella. No puedo vivir en el presente y en el futuro simultáneamente y por tanto, elijo el presente y esta decisión siempre llena todo de colores vívidos y momentos irrepetibles.

Cuando me despedí de mi amiga María ambas éramos conscientes de que las que se reencontrarían (no sabíamos exactamente cuándo) serían dos personas diferentes. Han pasado muchas cosas en España en estos meses y también en mí, vosotros y yo hemos vivido mil cosas que nos han cambiado. Abruma sólo pensar cómo voy a ver mi casa y mi entorno con estos ojos nuevos que traigo.

Estoy regresando, muy pronto tomaré ese avión y agotaré abrazos aquí y allá, pero mientras tanto espérenme tantito, permítanme estar presente, no nos despidamos aún, duele demasiado y aún nos queda el día de muertos, el concierto de Lila Downs, la cabalgata de alebrijes, muchas chelas y tacos, días de chamba y transformaciones imposibles. Queda vida por todas partes, cariños repartidos por un planeta enorme y hermoso. Permítanme estar presente para darles gracias a mis pies por todos los lugares a los que me trajeron.

Todo se acomoda

Abandonados os tengo, lo sé. No pretendo justificarme, no hace falta, si escribo aquí es porque me apetece y me gusta, pero cuando estoy baja de ánimos sólo escribo para mí.

En los días que amanezco con un nubarrón encima lo primero que hago es escribir tres páginas, en ellas vuelco todo lo que se me pasa por la cabeza, sin orden ni reglas, tal como me enseñó Julia Cameron en su impagable libro El camino del artista.

La vida aquí es toda una experiencia, pero no siempre es fácil. A favor tengo que cuando por fin llega el fin de semana parece que estoy de vacaciones, disfruto de mil sitios y experiencias que nunca creí que viviría. En esos días recupero la sensación de estar de viaje y consigo descansar y alimentar mi alma.

En los días de diario no tengo tiempo para nada que no sea trabajar y moverme por una ciudad que a veces me aplasta. Tengo la tremenda suerte de ir, casi todos los días, caminando al trabajo; este es un lujo muy poco frecuente en una ciudad tan enorme. Aún así, aunque disfruto lo que hago, el trabajo aquí es un gran reto a muchos niveles y suele exigir de mi todo lo que soy.

El cansancio de este último año se ha escondido en los pliegues de mi consciencia para permitirme continuar hacia adelante, pero hace dos semanas la añoranza se coló por una ventana abierta y ya nada ha vuelto a ser lo mismo.

Era un sábado por la tarde, el 30 de julio. En ese momento recordé que mi vuelo de vuelta a casa estaba cerrado para ese día, aunque lo cambié para finales de noviembre porque decidí renovar mi contrato. En ese momento me imaginé volviendo a casa y sentí que no quería hacer otra cosa que estar de vuelta.

Es curioso, porque yo decidí renovar y quedarme, pero en ese momento empecé a pensar que ya podría haber terminado esta etapa tan agotadora. En ese momento empecé a ser víctima de mí misma y de todas las trampas que me regalo cuando las situaciones de mi vida son exigentes.

Hoy vuelvo a escribir porque comienza a brillar un poco de luz en este camino. El tiempo pasa rápido, antes de que me de cuenta estaré de vuelta y corro el peligro de mirar hacia atrás y sentir que no he aprovechado todo lo que este momento me ofrecía.

Sé que el cansancio no es excusa, que se trata de cómo vivo las cosas y que aquí, más que en ningún otro lugar ahora mismo, tengo la oportunidad de aprender a vivir como la persona que me gustaría ser. Quiero dejar atrás esta tendencia al dramaquinismo, empezar a decidir qué acontecimientos y qué personas pueden influirme. Estoy lo suficientemente lejos para no tener muletas con las que caminar, aunque gracias al cielo tengo amigos (cerca y lejos) con los que pensar y reír, para ayudarme a tomar decisiones.

Por ahora uno de los aprendizajes más importantes está siendo que no hay excusas, que sólo tienes que dejarte disfrutar, respirar, cantar cada día, bailar de vez en cuando y buscar lo que nutre tu espíritu.

Ya sé, estoy un poco moñas, casi en plan autoayuda, pero es que me toca crecer y mirar adentro para entender por qué me pongo palos en las ruedas.

En todo esto hay mil cosas buenas, entre otras que la semana que viene al fin podré tener un descanso en este año tan intenso de trabajo. Me voy a Cuba, uno de los países que llevo décadas queriendo conocer. Ahora, por fin, toca realizar algunos de los sueños que se me durmieron en los brazos.

Tengo mucho que contaros, muchos posts empezados, muchas ganas de comerme los tres meses que me quedan aquí. Desde Cuba no podré hacerlo. Me voy al apagón digital de un país sin apenas internet, pero prometo volver renovada.

Entre los muchos regalos que México tenía para mí están sus refranes, hay uno que se me tatuó en el cerebro: la carga en el camino se acomoda. Sigamos caminando pues, para que todo se acomode, deje de pesar y podamos continuar siempre hacia adelante.

Vivir sin wi-fi

Domingo por la noche en Ciudad de México, pies hinchados, pelo despeinado, cansancio. Busco una conexión de datos que me permita comunicarme con vosotros, contaros algunas de las miles de cosas que pasan por aquí, atropelladas como la vida misma.

Pero en los últimos días todo se alió para desconectarme del mundo. Internet es un invento estupendo al que nos hemos acostumbrado rápidamente, ha cambiado nuestras vidas y sólo te das cuenta en el momento en que te falla tu conexión de datos.

Salir de tu zona de confort es tener que abandonar tu router, entregarte al Internet de los bares, depender de conexiones poco seguras y tener que contratar un prepago (porque no tienes acceso a un móvil de contrato si no eres residente en el país) con una cobertura de datos raquítica que te deja con el culo al aire en el momento más inoportuno.

Menos mal que casi todos los alquileres de Airbnb cuentan con conexión wi-fi. Hasta que fallan, como esta noche.

A esto tenemos que unir que mi móvil no pasa por su mejor momento, algo desde su interior está poniéndole palos en las ruedas, lo noto cuando se bloquea. Al pobre sólo le falta gemir para expresar su malestar, y eso que no tiene ni siquiera un año de vida. Parece ser que voy a tener que vaciarlo de fotos y demás cosas de interés y formatearlo, porque el móvil en esta ciudad, es un artículo de primera necesidad y os voy a contar por qué.

Cuando te vienes a vivir a Ciudad de México todo el mundo, tanto autóctonos como foráneos, te advierten de que no se te ocurra coger un taxi en la calle. Bueno, en realidad la gente de aquí sí lo hace, pero hay mil premisas a tener en cuenta que los que somos de fuera no controlamos ni remotamente. Los riesgos que corres son el secuestro, el robo y otras mil escenas que podéis imaginar y que no me da la gana de representar aquí. Pero hay una alternativa segura, barata y rápida: Uber. Sí amigos, esa empresa que se prohibió en España por temor a que alguien hiciera competencia al negociazo de los taxis.

Uber es lo mejor para moverse en Ciudad de México, porque sus vehículos están geoposicionados y sus chóferes súper fichados. Eso no quita que pasen cosas, como ocurrió unos días antes de que yo llegara, pero sí te asegura que cogerán al culpable. Lo malo en mi situación es que para moverte en Uber necesitas una conexión a Internet y un móvil que no se muera a cada minuto. Si no tienes esas dos cosas, tu libertad de movimientos está francamente limitada, especialmente de noche.

Hace dos semanas que estoy fuera de casa y echo de menos muchísimas cosas, muchísimas personas y un animalito: mi gata Calcetines. Por eso parece frívolo hablar de que te falta Internet, pero os reto a vivir en una ciudad gigantesca como esta sin poder llamar un Uber cuando lo necesitas.

Os prometo que pronto tendré mis fotos a mano, una buena conexión y podré relataros algo más de esta gran aventura que estoy viviendo. Mientras tanto millones de besos.

Migraciones

Vale, ya sé que mi post anterior fue un poco caótico. Me costó elegir qué contaros, porque cuando estás en pleno cambio es difícil tomar perspectiva para ver las cosas con claridad. En cierto modo quise volcar allí todo el cúmulo de sensaciones y experiencias de quien se va a vivir a un lugar lejano que no conoce.

Lo que publico hoy lleva semanas dando vueltas en mi cabeza, porque no dejo de pensar que, esta experiencia que estoy viviendo, ya la han vivido antes millones de seres humanos en situaciones bien diferentes.

Sé que soy una privilegiada por haber tenido la oportunidad de salir de mi país para aportar lo que sé hacer en tierras lejanas. Pero a veces piensas que existe muy poco mérito en lo que haces, porque mucho te vino dado. Los europeos siempre viajamos en clase preferente, aunque compremos el billete más barato. Nuestro pasaporte, nuestra moneda y el color de nuestra piel, nos abren las puertas de aproximadamente el 80% del planeta (ojo, no me refiero a los visados, que son otro cantar). Prácticamente, sentimos una alfombra roja a nuestros pies cuando llegamos, que no tiene nada que ver con lo que nosotros somos sino con lo que traemos en los bolsillos.

Yo vengo aquí con un salario que me permite vivir cómodamente, un seguro de salud y la posibilidad de volver a casa cuando lo desee. Además vengo a hacer el trabajo que he elegido, a la altura de mi capacitación profesional. Aún así, la experiencia resulta dura, sobre todo al principio, porque tienes que despedirte de tus amigos y tu familia, a los que tardarás en volver a ver, cerrar tu casa y meter lo indispensable en una maleta más o menos grande.

Durante estas semanas no he podido evitar pensar en todas las personas que hacen lo mismo en situaciones muy diferentes, tan diferentes que podría decir que no hacen lo mismo que yo, porque su migración y la mía no se parecen en nada y, aún así, puedo entender el terrible dolor que se esconde detrás de la decisión de emigrar de muchas personas que no tienen otra opción, que no saben lo que se encontrarán en el país de llegada (muchas veces ni siquiera saben cuál será el país de llegada) y desconocen si algún día podrán volver. Todos sabemos que muchos de ellos ni siquiera llegan al lugar de destino.

Su billete cuesta unas diez veces lo que cuesta el mío, es mucho más largo en el tiempo y tienen que utilizar medios de transporte como autobuses, camiones, trenes, barcos patera o incluso caminar durante muchos kilómetros. Sus motivaciones son escapar de la pobreza o la guerra, no emprender una aventura fascinante y optativa como la mía.

Cuando me despedía de mi familia pensaba en lo duro que debe ser hacerlo en esas condiciones, el terrible espanto que debe suponer llegar a un lugar nuevo, sin dinero en el bolsillo para encontrar un alojamiento, sin saber cómo vas a conseguir la siguiente comida y con el desprecio de las personas del país al que llegas.

El caso extremo son los refugiados, ni que decir tiene que muchas veces, como tantos de nosotros, han venido a mi cabeza las personas que, desde Siria, llevan meses buscando la forma de sobrevivir al emparedado de violencia entre Oriente Próximo y el norte del Mediterráneo (y la vergonzosa, violenta y cruel actitud de Europa al respecto). He pensado en los niños y niñas que huyen de la guerra y el hambre, de las personas mayores, las mujeres embarazadas y tantos otros perfiles especialmente vulnerables.

Durante mi vida he podido trabajar con personas que se encontraban en pleno proceso migratorio, incluso he podido ofrecerles mi casa y un plato de comida o ir a echar una mano en el Estrecho algún verano. He conocido migrantes de diferentes perfiles profesionales, edades, géneros, etnias… refugiados, asilados, migrantes económicos o simplemente viajeros pobres de países tercermundistas con ansia de conocer nuevas culturas (sí, también los hay). Sus vidas y sus historias nos dejarían sin habla durante muchos días.

No quiero olvidarlos nunca y ojalá esta experiencia me sirva para entender mejor a qué se enfrentan y cómo podemos ayudarles. Y tampoco quiero olvidarme que, el privilegio que, por azar, se me ha regalado, debe ayudarme a sacar lo mejor de mí para seguir ayudando a que este mundo sea cada vez menos injusto y menos absurdo.

 

Primera semana: adaptación

Sé que soy una malqueda, porque muchos me habéis preguntado qué tal me va por acá y a muy pocos os he respondido. No me resulta fácil hacerlo, por varios motivos, entre los que están la falta de tiempo, la falta de foco y la sensación de que no resulta fácil explicar cómo es posible que una semana tan dura me haga sentir tan feliz de iniciar esta etapa. Parece contradictorio, por eso sé que es real.

Si mi semana fuera una palabra sería “cansancio”. Este ha sido mi primer jetlag, al que se ha unido el agotamiento por las dos últimas semanas en España, con viajes para despedirme de la familia, gestiones para cerrar mi casa y mi trabajo y toda la intensidad emocional de las despedidas.

Tras 20 horas desde que cierras la puerta de tu casa en La Cabrera (Madrid), 12 de las cuales son en un avión, llegas a una casa desconocida en el culo del mundo y esa noche no puedes dormir más de tres horas. Te despiertas de madrugada, escribes tu primer post sobre el viaje y cuando al fin amanece te preparas para salir hacia el trabajo.

Me eché a la calle a eso de las 8 am. Todo era extraño. Busqué la alta torre del banco, pero desde la calle no podía verla. Me perdí y decidí preguntar a un portero apoyado con desgana contra un portal. “Por favor, ¿para llegar a la Avenida Reforma?” Los sonidos que salieron de su boca debían ser castellano, pero yo no entendí ni una palabra, aparte de que no parecía tenerlo muy claro (igual el tampoco entendió mi acento). En fin, supongo que esto mismo le puede pasar a un mexicano en Cádiz, o en Burgos.

A esa hora mi foco estaba en encontrar un lugar donde comprar un café en las grandes avenidas abarrotadas de tráfico y ruido. No tuve éxito. Me cruzaba con gente con sus cafés en vaso de papel, pero no pude averiguar dónde los compraban.

Mi trabajo no está a más de 15 minutos andando desde casa, aunque ese primer día tardé más de media hora, no sólo porque me perdiera, sino porque nunca encontraba por donde cruzar las avenidas gigantescas que se interponían entre mi destino y yo. Ya frente a la Torre Bancomer (esa que han inaugurado hace poco) me desesperé y le pregunté a una señora que regentaba un kiosco, me dijo que cruzara por un túnel subterráneo que tenía justo al lado. No os vais a creer la multitud humana que cruzaba por ese túnel, en dirección contraria a la mía y el aspecto que tenía aquel lugar: mil puestos de comida, algunas tiendas cerradas con montones de basura  en la puerta y, en el centro de todo, un altar con la Virgen de Guadalupe rodeada de flores y guirnaldas de luces. Otro día os contaré lo de los altares a la virgen por toda la ciudad. El olor era, cuanto menos, diferente, pero después de cruzar por allí al fin me encontré, a un lado, el bosque de Chapultepec y, al otro, la torre Bancomer.

Así empezó un día intenso en el que tus neuronas están a mil, intentando retener información de todos los colores, con mil presentaciones, saludos, datos y sensaciones en un cuerpo agotado. Combinas las reuniones con conversaciones por whatsapp en el baño para que la familia y los amigos sepan que estás viva y que has llegado bien.

A las 17,45h, cuando estaba intentando irme a casa, un manager nos llamó a su despacho para explicarnos su visión sobre el proyecto: “Seré breve, el origen de todo esto se remonta a 2014, cuando una soleada mañana de primavera mantuve una conversación con Pepito Pérez acerca del color de los tamarindos en flor…”. Luego nos fue contando con pelos y señales todas sus impresiones al respecto. Nos soltó mucho después y yo a esas alturas sólo quería llegar a casa y dejarme morir sobre la cama. Ya en ese momento mis neuronas no podían hacer otra cosa que derrapar en mi cerebro: intentaba decir lo que pensaba y salían palabras incomprensibles que no tenían nada que ver.

Era el día de la madre, así que la ciudad estaba desierta. De hecho, en casi todos lados la gente se había marchado a casa a la hora de comer y tenían la tarde libre. Yo crucé andando calles solitarias mientras anochecía y experimenté mi primer mal del altura al cruzar un puente elevado sobre una gran avenida cuajada de vehículos. Las calles aquí en México están mucho menos iluminadas que en Europa y en mi barrio no se veía un alma. El millón de veces que te han hablado de secuestros exprés en DF comienzan a volver a tu cabeza mientras das vueltas por calles desconocidas. Viva Google Maps, eso sí, que te permite encontrar tu destino aún con altas dosis de estrés en el cuerpo.

Esa noche, aunque estaba agotada tampoco pude dormir más de 4 horas. Como colofón, me vino a ver mi amigo el pintor (gran metáfora de mi amiga Ángeles sobre la menstruación), me empezó a doler todo y a la mañana vuelves a levantarte para ir a trabajar.

El segundo día es más duro: coctel hormonal mezclado con desánimo y desorientación. “Para qué he venido yo aquí?” te preguntas mientras ver pasar la vida frenética de una ciudad de 25 millones de personas a tu alrededor. El proyecto en el que estoy podemos decir que tiene “mucho margen de mejora”, como decimos los agilistas. Pero mucho, mucho. Ese día, en un momento de bajón salí del banco y me fui a dar un paseo por el Bosque de Chapultepec, que está justo enfrente de la oficina. Echaba de menos toda la rutina que en España me tenía amordazada. Me sentía perdida. Una ardilla salió a mi encuentro, nos quedamos mirando, paradas en medio de un sendero rodeado de flores, se acercó a mí dando saltos y me hizo sentir mejor. El hormigón y la nube de contaminación no suelen ayudarte a sentir como en casa, pero un animalito te puede llegar a recordar que no estás tan sola ni tan perdida.

Los siguientes días empiezas a mejorar: vas reconociendo las calles, encuentras un lugar donde comprar tu jugo verde para el camino y algo de comer, regentado por una familia amable que te trata como si te conociera de toda la vida. Empiezas a dormir y a descansar mejor. Charlas con los amigos de España y te permites tu pequeño momento “drama queen” tan terapéutico y reparador. Entiendes que, en el sinsentido de proyecto que te ha tocado, tienes un reto del que aprenderás lo que no imaginaste.

Y, de repente, como caído del cielo, llega el fin de semana. El viernes por la tarde nos fuimos con los compis de trabajo a tomar algo por el barrio de La Roma, a cenar en sitios super chulos y a echar unas risas. Necesitaba ver algo de la ciudad que no fuera el camino de casa a el banco. Entre margaritas de tamarindo y micheladas llegó mi primera “venganza de Moctezuma“. En ese momento consideré superado el primer proceso de adaptación.

El resto del finde he salido un poco, pero también he descansado, me he quedado por mi barrio y he dormido muchísimo. Mi objetivo principal aquí es estar fresca para lo que tengo que hacer de lunes a viernes, así que mañana llego con toda la artillería y las ideas claras al banco.

Después de todo lo dicho creo que puedo resumir que no ha sido una semana fácil, pero tampoco ha sido terrible. El cansancio me ha tenido bastante fuera de órbita en una ciudad con scroll infinito en google maps (si quieres mirar cuán lejos está algo, empieza a hacer zoom en el mapa hasta que dejen de salir calles y luego dale a “cómo llegar”, sobre ese tiempo estimado súmale un 5% del tiempo que te va a llevar encontrar los semáforos y pasos de peatones).

De aquí me encantan muchas cosas, la que más, los zumos de frutas que venden por todas partes, las aguas de frutas para comer (la de sandía está espectacular) y la comida. Los árboles los crían con esteroides o algo parecido y las flores no racanean su presencia por las calles. Las aceras están levantadas por las raíces de los árboles y porque hace mucho que no las arreglan, ir con tacones por Ciudad de México es hacerle la competencia a Chiquito de la Calzada.

Aún me falta todo por ver, me falta música, baile y muchos sitios que recorrer. Aquí ir por la calle es andar mirando mil detalles que nunca habías visto. Ayer el bosque de Chapultepec estaba a reventar de familias y puestos callejeros. Aquí el color tiene más matices.

En fin, creo que, ahora sí, ya estoy aquí al cien por cien. Que empiece la diversión.

Samsonites y crema solar factor 50

Viajar conservando siempre una visión rigurosa y a la vez exaltada del mundo.
Alexander von Humboldt
El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos.
Marcel Proust

Vengo al teclado a escribir como el caballo agotado del camino que llega a beber a una laguna. Necesitaba llegar aquí, al momento en que puedo contaros que estoy iniciando una nueva aventura. Las últimas semanas han sido, probablemente, las más frenéticas de mi vida, pero siempre llega el momento de parar, en este caso, en las 12 horas de un vuelo transoceánico, con sus turbulencias y todo. Es el momento de sentarme, de contar y compartir.

Los que me conocéis bien sabéis que se me ilumina la mirada con los cambios y que no puedo quedarme mucho tiempo parada en el mismo sitio sin empezar a languidecer. En los últimos años esto ha supuesto dejar la profesión a la que me he dedicado durante 20 años para probar suerte en un mundo ignoto y apasionante, muy alejado de lo que hasta ahora sabía hacer.

Estos días me vuelve una y otra vez a la cabeza: “¿Cuántas vidas caben en una vida?” Es una pregunta fractal, que hace años apareció mientras ayudaba a otras personas a mejorar, algo que te hace vivir un poco sus vidas y aprender de ellas. Ahora está generada por las espirales existenciales que nos hacen pasar por el mismo punto en diferentes niveles, en diferentes momentos. Podría haberme dedicado toda la vida a lo que hacía a los 16 y ahora sería artista plástica, también podría haber seguido siendo trabajadora social, hortelana o clown. Lo que parece que nunca dejo de ser es antropóloga y tener eso claro me aporta mucha paz, porque siempre he pensado que me gustaba hacer demasiadas cosas diferentes y que no tenía una vocación clara. Pero al final todo esto son etiquetas y nosotros somos mucho más que todos los nombres que le pongamos a lo que hacemos. Lo realmente interesante es que podemos cambiar el rumbo muchas veces durante una vida, ser muchas cosas diferentes, explorar y desarrollar todo nuestro potencial, que es más amplio de lo que pensamos.

Hoy empiezo una aventura que me conecta con un punto que está, aproximadamente 12 años atrás, cuando me dedicaba a dirigir un proyecto de Cooperación al Desarrollo con países de Latinoamérica. Trabajaba desde Madrid y nunca pude viajar al terreno porque mis jefes, los dueños de la Fundación que me contrataba, preferían hacerlo ellos, aunque no estuvieran en el día a día de la gestión de los proyectos. Esto era algo absolutamente descabellado a nivel técnico: imaginad trabajar con siete organizaciones en siete países diferentes sin poder ir nunca a verles, conocerles en persona, hacer seguimiento directo. Pero además me castraba profundamente, deseaba viajar a América desde que tenía 17 años, necesitaba conocer ese mundo lejano que era mi día a día y tenía un hambre etnográfica y viajera difícil de aplacar.

Después de aquello vinieron unos años en los que la posibilidad de viajar empezó a ser muy remota, cerré la puerta a esas ganas de ver mundo porque tuve que centrar mis esfuerzos en recuperarme de una enfermedad grave y luego en cambiar mi forma de ganarme la vida. La puerta no hizo ruido al cerrarse y durante estos años se fue cubriendo de enredaderas, polvo y telarañas.

Por eso cuando me propusieron venirme a México a vivir y trabajar unos meses mi primera respuesta fue un rotundo “no”: era feliz donde estaba, haciendo lo que hacía, no tenía ningún motivo para marcharme. Pero entonces recordé que había una puerta abandonada hacía años, que conectaba con mis ganas de viajar, de vivir en otros países, en particular con América, el continente gigante al que me unen muchas cosas desde mi adolescencia. Como le dije a Alan Goerner cuando me lo propuso: “estás tentando a mi alma de antropóloga”, porque los que amamos esta profesión nos hemos imaginado muchas veces como aquellos primeros viajeros románticos del siglo XIX, con nuestra libreta a cuestas en lugares alejados, estudiando cómo viven otras personas en otros países, cambiando los sombreros con tul y los baúles por crema solar factor 50 y samsonites.

Espero ser lo suficientemente disciplinada para retomar este blog y usarlo para contaros esta aventura de etnógrafa postmoderna. La cosa promete, porque cambié el pueblo de 2.000 habitantes por una ciudad de 25 millones al otro lado del charco, contraste seguro, algo que me ayudará a tener los ojos bien abiertos. No voy a hablar aquí de mi trabajo en la transformación digital de Bancomer, porque los agile coaches somos como los cirujanos plásticos: nuestros clientes nos aman, pero quieren mantener en secreto cómo les ayudamos. Lo que haré será compartiros la experiencia humana y vital, la visión de antropóloga y, por supuesto, esas pequeñas anécdotas surrealistas que suelen ocurrirme cuando viajo y que os encanta que os cuente cuando nos vemos en persona.

Sabéis que no ha sido fácil llegar hasta aquí. En los últimos 10 días he dormido poco, abrazado mucho, charlado, llorado de emoción y tomado alguna que otra cervecita. Me he sentido querida y valorada hasta el punto de que mi corazón creyó estar soñando. Entre el post de JMBeas, la carta para el avión de mi querida Marieta, los abrazos energizantes, las despedidas de los compis y clientes, el “dime en qué puedo ayudarte” y el “me alegro tanto por ti” de tantas y tantas personas, ha existido una intensidad emocional difícil de gestionar. Una se pone muy moñas al hablar de estas cosas, pero puedo decir que llevo a mucha gente en el corazón en este viaje.

Acaba de amanecer mi primer día en Ciudad de Mexico, ya estoy aquí, ubicada y un poquito cansada, con muchas ganas. La primera pregunta trascendental es: ¿dónde ponen café con bollos? Lo demás se irá viendo y disfrutando.

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