Storytelling

Sentada a la sombra de un árbol, en la primavera de una pequeña aldea andaluza, una niña recoge margaritas mientras imagina historias de otro tiempo y otro lugar. Siempre anda distraída imaginando, inventando cosas que no sucedieron. Aventuras de ermitaños sabios escondidos en cuevas, de sirenas que hacían amistad con humanas, de guerreros y brujas, de princesas y príncipes, por supuesto.

A veces sus sueños le dan material para nuevos relatos, en otras ocasiones el puro deseo de aventuras la lleva a imaginar mundos más estimulantes que el propio. Una niña creciendo en una ciudad, con una realidad un poco aburrida, encuentra la salida perfecta en las historias, propias y ajenas, inventadas o reales, que va encontrando a su paso. A veces las escribe, otras, sólo se deja arrullar por ellas en su imaginación.

Supongo que aquella niña era yo, porque recuerdo el prado y la sensación fresca en el aire, pero quien sabe, tal vez no sea más que una de las historias que he tejido sobre mí misma y que, con el tiempo, se ha convertido en una parte fundamental de lo que creo que soy.

Algo sí es cierto: nada me gusta más que una buena historia y, por suerte, he tenido la posibilidad de asomarme a muchas, algunas terribles y otras esperanzadoras, más o menos reales, nunca podré saberlo con certeza. Desde que comencé a dedicarme al trabajo social y a la investigación muchas personas me han confiado los relatos de sus vidas. O tal vez sea que las historias me andan buscando, porque saben que tienen en mi una fiel admiradora y buscan la manera de salir a mi encuentro.

Como dice el refrán a quien nace para martillo del cielo le caen los clavos. Pocas vocaciones tengo tan claras como mi amor por las historias. En un momento de mi vida incluso me dediqué a contarlas, a veces incluso encima de algún escenario. Tiempos aquellos, hace mucho ya. Ahora me conformo con esos momentos gloriosos de reencuentro con amigos lejanos, cuando me piden la última anécdota y yo me deleito en una descripción de hechos que encierra sorpresas y desenlaces inesperados.

A día de hoy sigo recurriendo a ellas cotidianamente, pues en mi trabajo actual son un gran aliado para explicar cosas que son difíciles de entender desde lo racional. No tengo que vender esta idea, puedes encontrar miles de cursos sobre Storytelling por ahí, están de moda, todos sabemos lo importantes que son las narrativas para cambiar las cosas.

Somos seres narrativos, desde que desarrollamos nuestro lenguaje abstracto de Homo Sapiens no hemos dejado de contarnos cuentos y ahí seguimos.

La cuestión es que llevo meses con una idea rondando en mi cabeza: ¿es posible que nuestra identidad, lo que pensamos que somos, no sea más que otro relato?

Nos contamos una y otra vez una historia personal que más que revisitada, está hecha unos zorros de tanto manoseo. Estamos convencidos de que nos ocurrieron cosas que tal vez sólo pasaron en nuestra imaginación. Al fin y al cabo, nuestra percepción de la realidad es muy limitada y la memoria no hace más que distorsionar los hechos desde la lectura emocional que queremos darle a nuestra historia.

¿Y si lo que somos fuera fruto de un relato más? Eso sí, sería el relato más importante de toda nuestra vida, ese que hemos tejido con todo el esmero para que sea creíble, para que nos permita caminar por ahí como seres verosímiles.

No tengo la respuesta a estas preguntas, no creo que se puedan responder con un rotundo sí o no, supongo que es cuestión de matices. Algunas cosas que nos contamos fueron reales, algunos rasgos que nos decimos tener estarán ahí, pero esta hipótesis me arroja luz sobre algunos casos de personas que conozco o a las que he intentado ayudar y que demuestran una profunda desconexión de la realidad y la identidad que le otorga su entorno. También me ayuda a entender por qué a veces mis certezas no se corresponden con las de aquellos que me rodean.

Pero lo más relevante de este tema es si podemos cambiar lo que somos modificando el relato que nos contamos sobre nosotros mismos. Es decir, tal vez si somos capaces de reinterpretar nuestra historia personal, de cuestionar al personaje que creemos ser, podremos reinventar nuestra propia identidad o, al menos, algunos rasgos de ella.

¿Tú qué crees?

Sólo lluvia

Desde que llegué aquí todas las tardes llueve. Menuda simpleza, por las tardes llueve. Pero esta lluvia es mucho más que unas gotas, es algo que sólo he conocido aquí.

No me preguntéis por qué, pero en este lugar habita una magia especial, no sabría decir dónde la encuentro ni por qué, ni a qué se debe que le de ese nombre.

Sólo sé que todas las tardes nos cubre una capa gris de nubes y hay un momento en que comienza a soplar un viento rabioso, en ese momento aligeras tus pasos o buscas refugio porque sabes que comenzará a llover, como todas las tardes.

¿Qué magia puede esconderse detrás de este fenómeno? Ni idea, pero en el momento en que el viento comienza a despeinarme se despiertan párrafos enteros de las novelas de García Márquez y siento ganas de viajar a zonas rurales de este vasto país. Quiero ver sus hogueras, entrar en sus casas, comer en sus platos, escuchar sus canciones.

No me preguntéis por qué pero aquí siento una magia especial que puede ser la de algo muy desconocido y lejano, siento que pueden pasar cosas extrañas e inexplicables que se cuentan de boca en boca hasta que alguien las recoge y las plasma en un libro, en un cuadro o en un museo.

Algún día me liberaré del banco donde trabajo y saldré a buscar esas historias, las magias escondidas en una tierra callada que cada tarde riega una lluvia impenitente. Porque estoy aprendiendo que si algo amo con todo mi ser son las historias, desde las simples a las que nos transforman y, sobre todo, las que me ocurren en primera persona.

Minientrada

Vivir sin wi-fi

Domingo por la noche en Ciudad de México, pies hinchados, pelo despeinado, cansancio. Busco una conexión de datos que me permita comunicarme con vosotros, contaros algunas de las miles de cosas que pasan por aquí, atropelladas como la vida misma.

Pero en los últimos días todo se alió para desconectarme del mundo. Internet es un invento estupendo al que nos hemos acostumbrado rápidamente, ha cambiado nuestras vidas y sólo te das cuenta en el momento en que te falla tu conexión de datos.

Salir de tu zona de confort es tener que abandonar tu router, entregarte al Internet de los bares, depender de conexiones poco seguras y tener que contratar un prepago (porque no tienes acceso a un móvil de contrato si no eres residente en el país) con una cobertura de datos raquítica que te deja con el culo al aire en el momento más inoportuno.

Menos mal que casi todos los alquileres de Airbnb cuentan con conexión wi-fi. Hasta que fallan, como esta noche.

A esto tenemos que unir que mi móvil no pasa por su mejor momento, algo desde su interior está poniéndole palos en las ruedas, lo noto cuando se bloquea. Al pobre sólo le falta gemir para expresar su malestar, y eso que no tiene ni siquiera un año de vida. Parece ser que voy a tener que vaciarlo de fotos y demás cosas de interés y formatearlo, porque el móvil en esta ciudad, es un artículo de primera necesidad y os voy a contar por qué.

Cuando te vienes a vivir a Ciudad de México todo el mundo, tanto autóctonos como foráneos, te advierten de que no se te ocurra coger un taxi en la calle. Bueno, en realidad la gente de aquí sí lo hace, pero hay mil premisas a tener en cuenta que los que somos de fuera no controlamos ni remotamente. Los riesgos que corres son el secuestro, el robo y otras mil escenas que podéis imaginar y que no me da la gana de representar aquí. Pero hay una alternativa segura, barata y rápida: Uber. Sí amigos, esa empresa que se prohibió en España por temor a que alguien hiciera competencia al negociazo de los taxis.

Uber es lo mejor para moverse en Ciudad de México, porque sus vehículos están geoposicionados y sus chóferes súper fichados. Eso no quita que pasen cosas, como ocurrió unos días antes de que yo llegara, pero sí te asegura que cogerán al culpable. Lo malo en mi situación es que para moverte en Uber necesitas una conexión a Internet y un móvil que no se muera a cada minuto. Si no tienes esas dos cosas, tu libertad de movimientos está francamente limitada, especialmente de noche.

Hace dos semanas que estoy fuera de casa y echo de menos muchísimas cosas, muchísimas personas y un animalito: mi gata Calcetines. Por eso parece frívolo hablar de que te falta Internet, pero os reto a vivir en una ciudad gigantesca como esta sin poder llamar un Uber cuando lo necesitas.

Os prometo que pronto tendré mis fotos a mano, una buena conexión y podré relataros algo más de esta gran aventura que estoy viviendo. Mientras tanto millones de besos.

El arte es basura

Hoy, por fin, he conseguido hacer la primera sesión de mi taller de reciclaje artístico con adolescentes. Llevaba tiempo preparando materiales y contenidos, pero los grupos no terminaban de salir. Lo jóvenes no acudían, a veces se quedaban en la puerta o preguntaban, pero no se interesaban por el montón de basura que les mostraba en el centro de la sala.

Después de que me ocurran estas cosas siempre busco explicaciones, la mejor que encontré para entender por qué ocurría esto fueque nuestros jóvenes viven en un bonito mundo de celofán, con consolas, móviles, ordenadores y miles de aparatejos, todos flamantes. Para ellos un montón de basura resulta algo demasiado escatológico o carente de valor (al fin y al cabo no son más que residuos).

Hoy ha sido diferente. Han venido pocos, es cierto, pero lo primero que han hecho al entrar en la sala es interesarse por el montón de basura, con curiosidad. Esta actitud me ha alegrado, nos hemos animado a charlar sobre trashart y hemos visto la obra de montones de artistas contemporáneos, el objetivo era construir algo nuevo a partir de la basura del montón en el centro de la sala. Lo que ha venido después aún me tiene reflexionando.

Impacientes, se han dirigido a la basura, se han repartido los aparatos electrónicos y han comenzado a “abrirles las tripas”. Todo lo demás seguía en el montón, materiales llamativos, desechos curiosos, objetos raros. Todo eso se ha quedado donde estaba, pero cada uno ha cogido un destornillador y se ha puesto a destripar un aparato. Resultaba divertido, al rato estábamos rodeados de piezas de todo tipo. En este momento las chicas cambian de actividad y comienzan a construir juguetes con cajas y botellas, pero los chicos siguen sacando piezas y piezas. Les planteo algún objetivo, algún proyecto con todas estas piezas, les animo a pensar sobre ello. Enseguida me doy cuenta de que es inútil: los chicos están disfrutando de lo lindo, esta actividad les motiva. Desmontan una pletina sin haber usado nunca una, como un objeto de otra época. Están entregados a la tarea.

En este punto decido no buscar un resultado, dejarles vivir una experiencia que a ellos, por algún motivo, les apasiona. No sé si he conseguido que se planteen la posibilidad de hacer arte con la basura, pero, desde luego, hay algo que necesitaban hacer y que hoy han podido hacer. Ya veremos qué ocurre la semana que viene en la segunda sesión, a dónde nos lleva esto.

Hoy sólo alcanzo a pensar que, tal vez, el hecho de que no entendamos cómo funcionan las cosas a nuestro alrededor, constituye un tipo de alienación moderna. La tecnología nos sorprende y nos fascina, pero nos hace, además, dependientes e ignorantes, necesitamos entender cómo funciona nuestro entorno.

Hablo de alienación a conciencia, como un fenómeno que nos aleja de nosotros mismos, que nos vuelve vulnerables y nos desorienta. Hay muchas más alienaciones modernas (derivadas del salto cultural del campesino al asalariado urbano), como la derivada del hecho de que ya no produzcamos nuestros alimentos; la que es resultado de la especialización, de forma que no controlemos el resultado final de nuestro trabajo y muchas otras.

Más allá de estos pasatiempos de antropóloga, la magia del asunto es haber conseguido que, durante unas horas, estos chicos y chicas hayan mirado su basura con otros ojos y la hayan encontrado divertida. Una nueva conexión creativa.

Algunos ejemplos de Trashart que ofrezco en mi taller son estos. ¿Adivinas qué materiales han utilizado?

 

Cuartoderecha

Pore(x)pan

Blas y Pablo Montoya

Sayaka Kajita

Junior Jacquet

Basurarte

Eden Project

Creative Recycled Steel Sculptures

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Brian Marshall

Francisco de Pájaro

Heath Nash

Trash People

Karol Bergeret

 

Los que se marchan de Omelas

Ursula K. Le Guin es un hallazgo literario y un regalo. Hija de Alfred y Theodora Kroeber, dos eminentes antropólogos estadounidenses, Ursula siempre tiene un toque de etnografía en sus novelas. Cuando inventa mundos imaginarios  estos resultan coherentes a nivel cultural pero también ajenos y desconcertantes. Resulta que, a través de su literatura, ella termina realizando una especie de “antropología ficción”. Los mundos que crea son metáforas de este (como ya hicieron otras escritoras de ciencia ficción, entre las cuales necesito destacar a Marion Zimmer Bradley), nos hacen pensar sobre nosotros mismos.

Mis motivos para admirar a esta escritora son muchos: su fuerte influencia taoísta, el papel de las mujeres en su obra, o su toque de anarquismo. Pero el motivo por el que llevo años siguiéndola es la sinceridad con que aborda los procesos personales de cambio. Claro ejemplo de esto es la serie de Terramar, una obra imprescindible.

En fin, no me lío más. Os dejo con un relato especial. Extraído del libro Las doce moradas del viento.

Espero que os guste (o que nos haga pensar).

§

Los que se marchan de Omelas (1998)

Con un repicar de campanas que echaba a volar las golondrinas, el Festival de Verano llegaba a la ciudad de Omelas, torres brillantes junto al mar. En la bahía, chispeaban banderas en las jarcias de los barcos. En las calles, entre casas de tejado rojo y paredes pintadas, entre jardines musgosos y bajo avenidas de árboles, frente a grandes parques y edificios públicos, avanzaban las procesiones. Algunas eran sobrias: ancianos con largas y rígidas túnicas color malva y gris, graves maestres de cada oficio, mujeres apacibles y alegres que llevaban sus niños y caminaban parloteando. En otras calles la música era más rítmica, un trepidar de gongs y panderos, y la gente iba danzando, la procesión era una danza. Los niños correteaban de aquí para allá, y sus chillidos estridentes se elevaban sobre la música y el canto como el vuelo raudo de las golondrinas. Todas las procesiones se dirigían al lado norte de la ciudad, donde en el gran prado llamado Campos Verdes muchachos y muchachas, desnudos en el aire brillante, los pies y los tobillos enlodados, los brazos largos y ágiles, ejercitaban los caballos resoplantes antes de la carrera. Los caballos no usaban ningún arreo, salvo una brida sin bocado. Tenían las crines orladas con banderines plateados, dorados y verdes hacían aletear los ollares y coceaban y alardeaban entre sí; estaban muy excitados, pues el caballo es el único animal que ha adoptado como propias nuestras ceremonias.

Allá lejos, al norte y al oeste, las montañas se erguían casi arrinconando a Omelas contra la bahía. El aire de la mañana era tan límpido que la nieve que todavía coronaba los Dieciocho Picos aún ardía con un fuego oro blanco a través de millas de aire luminoso, bajo el azul oscuro del cielo. Soplaba apenas viento suficiente para que los estandartes que marcaban la pista de carreras chasquearan y flamearan de vez en cuando.

En el silencio de los anchos prados verdes se oía la música serpeando por las calles de la ciudad, más lejos y más cerca y siempre aproximándose, una gozosa y tenue dulzura del aire que de vez en cuando tiritaba y se arracimaba y estallaba en el clamoreo inmenso y alegre de las campanas.

¡Alegre! ¿Cómo se puede nombrar la alegría? ¿Cómo describir a los ciudadanos de Omelas?

Ante todo; no eran gente simple, aunque eran felices. Pero hoy día las palabras de júbilo han caído en desuso. Todas las sonrisas se han vuelto arcaicas. Ante una descripción como ésta uno tiende a hacer ciertas presunciones. Ante una descripción como ésta uno también tiende a buscar al rey, montado en un espléndido corcel y rodeado por sus nobles caballeros; o quizá tendido en una litera dorada llevada por esclavos musculosos. Pero no había rey. No usaban espadas, ni tenían esclavos. No eran bárbaros. No conozco las normas ni las leyes de esa sociedad, pero sospecho que eran singularmente escasas. Así como se arreglaban sin monarquía ni esclavitud, también podían prescindir de la bolsa de valores, la publicidad, la policía secreta, y la bomba. Sin embargo debo repetir que no eran gente simple, ni bucólicos pastores, ni buenos salvajes, ni utopianos blandos. No eran menos complejos que nosotros. El problema es que tenemos la mala costumbre, alentada por los pedantes y los sofisticados, de considerar la felicidad como algo bastante estúpido. Sólo el dolor es intelectual, sólo el mal es interesante. Esa es la traición del artista: una negativa a admitir la trivialidad del mal y el tedio espantoso del dolor. Si no puedes vencerlos, únete a ellos. Si duele, repítelo. Pero elogiar la desesperación es condenar el deleite, adherir a la violencia es perder de vista todo lo demás. Casi lo hemos perdido; ya no sabemos describir a un hombre feliz, ni celebramos la alegría. ¿Cómo puedo contaros sobre la gente de Omelas? No eran niños ingenuos y felices, aunque es cierto que sus niños eran felices, eran adultos maduros, inteligentes, apasionados, cuyas vidas no eran sórdidas. ¡Oh milagro! Pero ojalá pudiera describirlo mejor. Ojalá pudiera convenceros. Omelas suena en mis palabras como una ciudad de cuentos de hadas, hace tiempo y allá lejos, érase una vez. Tal vez sería mejor si la imaginarais según vuestra propia fantasía, esperando que la ciudad esté a la altura de la ocasión, pues por cierto no puedo conformaros a todos.

Por ejemplo. ¿qué diremos de la tecnología? Pienso que no habría coches ni helicópteros en y sobre las calles; es natural, considerando que los habitantes de Omelas son gente feliz. La felicidad se basa en una discriminación justa entre lo que es necesario, lo que no es ni necesario ni destructivo, y lo que es destructivo. En la categoría intermedia, sin embargo -lo innecesario pero no destructivo, el confort, el lujo, la exuberancia, etcétera-, bien podían tener calefacción central, trenes subterráneos, máquinas de lavar, y toda suerte de artefactos maravillosos aún no inventados aquí, fuentes lumínicas flotantes, energía sin combustible, una cura para el vulgar resfrío. O podrían no tener nada de eso: lo mismo da. Como gustéis. Yo me inclino a pensar que los habitantes de los pueblos costeros de la zona han estado llegando a Omelas durante los últimos días antes del Festival en trenecitos muy rápidos y tranvías de dos pisos, y que la estación ferroviaria de Omelas es en verdad el edificio más elegante de la ciudad, aunque más sencillo que el suntuoso Mercado de los Granjeros. Pero aunque haya trenes, temo que hasta ahora Omelas os parece demasiado idílica. Sonrisas, campanas, desfiles, caballos, bah. En tal caso, añádase una orgía. Si una orgía ayuda, no hay por qué titubear. No agreguemos, sin embargo, templos de donde bellos sacerdotes y sacerdotisas desnudas salen casi en éxtasis y prontos para copular con cualquier hombre o mujer, amante o desconocido, que desee unirse con la profunda naturaleza divina de la sangre, aunque ésa fue mi primera idea. Pero en verdad sería mejor no tener templos en Omelas: al menos, no templos con sacerdotes. Religión sí, clero no. Por cierto, las beldades desnudas pueden vagabundear sin más, ofreciéndose cómo manjares divinos para el hambre de los necesitados y la fascinación de la carne. Que se unan a las procesiones. Que los panderos resuenen por encima de las copulaciones, y la gloria del deseo sea proclamada en los gongs, y (un detalle nada baladí) que los retoños de estos deliciosos rituales sean amados y cuidados por todos. Sé que algo no existe en Omelas, y es la culpa. ¿Pero qué más debería haber?

Al principio pensé que no había drogas, pero eso es puritanismo. Para quienes gustan de ello, la dulzura tenue y punzante del druz puede perfumar los caminos de la Ciudad, el druz que primero propicia una gran lucidez mental y agilidad corporal, y al cabo de unas horas una somnolienta languidez, y al fin maravillosas visiones de los mismos arcanos y secretos íntimos del Universo, además de estimular el placer sexual más allá de todo lo imaginable; y no crea hábito. Para los gustos más modestos creo que debería haber cerveza. ¿Qué más, qué más habrá en la ciudad de la alegría? La sensación de triunfo, desde luego, la celebración del coraje. Pero así como prescindimos del clero, prescindamos de los soldados. La alegría construida sobre una matanza victoriosa no es una alegría limpia; no conduce a nada, es temible y es frívola. Una sensación ilimitada y generosa, un triunfo magnánimo que no nace de la hostilidad contra un enemigo externo sino de la comunión entre las almas más refinadas y bellas de los hombres de todas partes y el esplendor del verano del mundo: esto es lo que inflama los corazones de la gente de Omelas, y la victoria que celebran es la victoria de la vida. En realidad no creo que muchos necesiten tomar druz.

La mayoría de las procesiones ha llegado ahora a los Campos Verdes. Un maravilloso olor a comida brota de los puestos rojos y azules de los proveedores. Los niños tienen pegotes deliciosos en la cara, de la benigna barba gris de un hombre cuelgan dos migajas de un rico pastel. Los jóvenes y las muchachas han montado a caballo y se están agrupando alrededor de la línea de largada de la pista. Una vieja, baja, gorda, risueña, está repartiendo flores de un canasto, y hombres jóvenes y altos usan las flores en la melena brillante. Un niño de nueve o diez años está sentado en el linde de la muchedumbre, solo, tocando una flauta de madera. La gente se detiene a escuchar, y sonríe, pero nadie le habla porque el niño nunca deja de tocar y nunca ve a nadie, los ojos oscuros profundamente sumidos en la magia dulce e inaprensible de la melodía. Concluye, y baja lentamente las manos que empuñan la flauta de madera. Como si ese pequeño silencio privado fuera la señal, la trompeta trina de repente en el pabellón de la línea de largada: imperiosa, melancólica, penetrante. Los caballos corcovean, y algunos responden con un relincho. Serenos, los jóvenes jinetes acarician el pescuezo de los caballos y los tranquilizan, susurrando: “Calma, calma, mi belleza, mi esperanza…” Empiezan a formar una fila en la línea de largada. Junto a la pista, las multitudes son como un campo de hierba y flores al viento. El Festival del Verano ha comenzado.

¿Lo creéis? ¿Aceptáis el festival, la ciudad, la alegría? ¿No? Pues entonces describiré algo más.

"Starving Child", 2010, by Anthony Peter Iannini

En los cimientos de uno de los hermosos edificios públicos de Omelas, o quizá en el sótano de una de las amplias moradas, hay un cuarto. Tiene una puerta cerrada con llave, y ninguna ventana.

Un tajo de luz polvorienta se filtra entre las rendijas de la madera, después de atravesar una ventana cubierta de telarañas en alguna parte del sótano. En un rincón del cuarto hay un par de estropajos, duros, sucios, hediondos, junto a un balde oxidado. El suelo es mugre, un poco húmeda al tacto, como suele ser la mugre de los sótanos. El cuarto tiene tres metros de largo por dos de ancho: una mera alacena o galpón en desuso. En el cuarto está sentado un niño. También podría ser una niña. Aparenta seis años, pero tiene casi diez. Es débil mental. Tal vez lo es de nacimiento, o quizá lo imbecilizaron el miedo, la desnutrición y el descuido. Se escarba la nariz y de vez en cuando se palpa los pies o los genitales, mientras está acurrucado en el rincón más alejado del balde y los estropajos. Tiene miedo de los estropajos. Le parecen horribles. Cierra los ojos, pero sabe que los estropajos están todavía allí; y la puerta tiene llave; y no vendrá nadie. La puerta siempre tiene llave; y nunca viene nadie, excepto que a veces el niño no comprende el tiempo ni los intervalos de tiempo, a veces, la puerta cruje horriblemente y se abre, y entra una persona, o varias personas. Una de ellas quizá se acerque y patee al niño para obligarlo a levantarse. Las otras nunca se acercan, sino que lo observan con ojos aprensivos y asqueados. Le llenan apresuradamente el cuenco de comida y la jarra de agua, cierran la puerta, los ojos desaparecen. La gente de la puerta nunca dice nada, pero el niño, que no siempre ha vivido en ese cuartucho, y puede recordar la luz del sol y la voz de la madre, a veces habla. “Me portaré bien”, dice. “por favor, quiero salir. ¡Me portaré bien!” Nunca le responden. Antes el niño pedía ayuda a gritos durante la noche, y lloraba mucho, pero ahora sólo emite una especie de quejido, “ueh-haa, eh-haa”, y cada vez habla menos. Es tan raquítico que no tiene pantorrillas; le sobresale el vientre; se alimenta de medio cuenco de cereal y grasa por día. Está desnudo. Las nalgas y los muslos son una masa de úlceras infectas, pues está continuamente sentado sobre sus propios excrementos.

Todos saben que está ahí, todos los habitantes de Omelas. Algunos han venido a verlo, otros se contentan meramente con saber que está ahí. Todos saben que debe estar ahí. Algunos entienden por qué, y algunos no lo entienden, pero todos entienden que su felicidad, la belleza de su ciudad, la ternura de sus amistades, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus eruditos, la habilidad de sus artesanos, incluso la abundancia de sus cosechas y el aire templado de sus cielos, dependen absolutamente de la abominable desdicha de este niño.

Normalmente explican esto a los hijos cuando ellos tienen entre ocho y doce años, cuando parecen capaces de comprenderlo; y la mayoría de los que vienen a ver al niño son personas jóvenes, aunque muchas veces hay adultos que vienen, o vuelven, a ver al niño. Por precisas que sean las explicaciones que han recibido, estos jóvenes espectadores siempre se escandalizan y asquean ante el espectáculo. Sienten náuseas, aunque se creían por encima de esa sensación. Sienten furor, ultraje, impotencia, pese a todas las explicaciones. Les gustaría hacer algo por el niño. Pero no pueden hacer nada. Sería bueno poder llevar al niño a la luz del sol, sacarlo de ese lugar aberrante: limpiarlo y alimentarlo y confortarlo; pero si se hiciera, la prosperidad y la belleza y el deleite de Omelas se marchitarían y secarían ese mismo día, esa misma hora. Esas son las condiciones. Cambiar toda la bondad y gracilidad de cada vida de Omelas por esa sola y pequeña buena acción, perder la felicidad de miles por la posible felicidad de uno: por cierto eso sería abrir las puertas a la culpa.

Las condiciones son estrictas y absolutas; al niño no se le puede dirigir ni siquiera una palabra de cariño.

A menudo los jóvenes vuelven a casa llorando, o tan furiosos que no pueden llorar, cuando han visto al niño y han enfrentado esta paradoja atroz. Quizá cavilen semanas o años. Pero con el tiempo empiezan a comprender que aunque soltaran al niño la libertad no le brindaría muchas cosas: el placer vago y pequeño de la tibieza y la comida, sin duda, pero no mucho más. Está demasiado degradado e imbecilizado para gozar realmente de la alegría. Ha temido demasiado tiempo para estar libre del miedo. En verdad, después de tanto tiempo es probable que fuera infeliz sin paredes que lo protejan, sin oscuridad para los ojos, sin excrementos donde sentarse. Las lágrimas vertidas por esa atroz injusticia se secan cuando empiezan a entender la terrible justicia de la realidad, y a aceptarla. Sin embargo esas lágrimas y esa furia, la generosidad puesta a prueba y la aceptación de la impotencia, son tal vez la verdadera fuente del esplendor de sus vidas. No gozan de una felicidad vaporosa, irresponsable: Saben que ellos, como el niño, no son libres. Conocen la compasión. La existencia del niño, y el hecho de que ellos conozcan su existencia, posibilita la nobleza de su arquitectura, la hondura de su música, la profundidad de su ciencia. Es por causa del niño que tratan tan bien a los niños. Saben que si ese desdichado no estuviera acurrucado en la oscuridad, el otro, el flautista, no podría ejecutar una música alegre mientras los jóvenes y bellos jinetes se alinean para la carrera al sol de la primera mañana de verano.

¿Ahora creéis en ellos? ¿No son más convincentes? Pero hay algo más para contar, y esto es absolutamente increíble.

En ocasiones, uno de los adolescentes que vino a ver al niño no vuelve al hogar dominado por la furia o el llanto, no vuelve simplemente al hogar. De vez en cuando un hombre o una mujer de más edad guardan silencio un par de días, y luego se van. Esta gente sale a la calle, y echa a andar hasta salir de la ciudad de Omelas por las hermosas puertas. Siguen caminando a través de las tierras de labranza de Omelas. Cada cual va solo, muchacho o muchacha, hombre o mujer. Cae la noche; el viajero debe atravesar callejas de aldeas, entre casas con ventanas iluminadas de amarillo. Y luego salir a la oscuridad de los campos. Siempre solos, van al oeste o al norte, hacia las montañas. Siguen adelante. Abandonan Omelas, siguen caminando en la oscuridad, y no regresan. El lugar al cual se dirigen es un lugar aún menos imaginable para la mayoría de nosotros que la ciudad de la dicha. Ni siquiera puedo describirlos. Es posible que no exista. Pero ellos parecen saber adónde van, los que abandonan Omelas.

Úrsula K. Le Guin, Traducción de Carlos Gardini.

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