Sólo lluvia

Desde que llegué aquí todas las tardes llueve. Menuda simpleza, por las tardes llueve. Pero esta lluvia es mucho más que unas gotas, es algo que sólo he conocido aquí.

No me preguntéis por qué, pero en este lugar habita una magia especial, no sabría decir dónde la encuentro ni por qué, ni a qué se debe que le de ese nombre.

Sólo sé que todas las tardes nos cubre una capa gris de nubes y hay un momento en que comienza a soplar un viento rabioso, en ese momento aligeras tus pasos o buscas refugio porque sabes que comenzará a llover, como todas las tardes.

¿Qué magia puede esconderse detrás de este fenómeno? Ni idea, pero en el momento en que el viento comienza a despeinarme se despiertan párrafos enteros de las novelas de García Márquez y siento ganas de viajar a zonas rurales de este vasto país. Quiero ver sus hogueras, entrar en sus casas, comer en sus platos, escuchar sus canciones.

No me preguntéis por qué pero aquí siento una magia especial que puede ser la de algo muy desconocido y lejano, siento que pueden pasar cosas extrañas e inexplicables que se cuentan de boca en boca hasta que alguien las recoge y las plasma en un libro, en un cuadro o en un museo.

Algún día me liberaré del banco donde trabajo y saldré a buscar esas historias, las magias escondidas en una tierra callada que cada tarde riega una lluvia impenitente. Porque estoy aprendiendo que si algo amo con todo mi ser son las historias, desde las simples a las que nos transforman y, sobre todo, las que me ocurren en primera persona.

Minientrada

Manzana verde

Hoy os escribo desde uno de los hoteles más pijos de la ciudad, el Four Seasons. No es que me haya vuelto loca ni que me hayan hecho la directora del banco, es que salía de trabajar y estaba lloviendo. Aquí no merece la pena llevar paraguas porque llueve casi todas las tardes, pero un ratito corto, así que me resulta más práctico evitar el aguacero que cargar con el paraguas todo el día.

El Four Seasons está justo al lado de la Torre Reforma donde trabajo la mitad de mi tiempo. Cuando salí del banco, con mis sandalias planas en medio de la lluvia, me refugié bajo sus toldos para evaluar cuánto llovía y qué hacer esta tarde. Las opciones eran: irme a un centro comercial o marchar a casa a descansar parando antes en el Office Depot para comprar post-its. Allí refugiada pensé que aquí sí puedo permitirme entrar en una cafetería de alto copete aunque sea por vivir una experiencia totalmente marciana para mí.

Verde ManzanaAsí que aquí me veis (con lo que yo he sido…) en un ambiente pijísimo, super bonito, escribiéndoos mientras espero que pare de llover. Empecé con una infusión, toda discreta yo, pero al final un mesero súper amable me convenció para que probara un postre, del que os adjunto foto, porque es lo más aluflipante que he probado en mi vida. Es uno de esos platos que le pierden a mi amiga Helena Solà, la que me enseñó a ver Top Chef 😉 Está hecho a base de manzana verde, tiene una esfera de caramelo verde rellena de una especie de mousse, con helado, compota y frutos secos. Ya podéis limpiaros las babas, está tan rico como os imagináis.

La gastronomía de este país es una pasada, porque aquí han entendido que la comida es mucho más que una necesidad fisiológica, es la puerta a un disfrute. Aquí puedes comer a todas horas y en casi cualquier lugar y, de hecho, se espera que lo hagas. La calle está llena de puestos, mis favoritos son los de fruta y jugos, pero hay de todo: tacos, chucherías, patatas fritas, bebidas… La gente come de pie en la calle, sentada en los parques, caminando, en su puesto de trabajo… No es que coman mucho, es que lo hacen todo el rato en pequeñas cantidades.

El universo de sabores que se abre cuando estás aquí, de pequeños disfrutes, bien merece el reconocimiento que la Unesco le dio a la cocina mexicana en 2010 declarándola Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, algo que debería ayudar a preservarla. Olvídate de todos los restaurantes mexicanos que hayas visitado en Madrid, esto es una experiencia mucho más compleja y total, algo que cambia tu día a día. Desde el amable señor al que le compras tu jugo de toronja, nopal o zanahoria (entre otros muchos) y tu pan dulce para el camino hacia el trabajo, hasta el olor a tacos por la calle y el placer de sentarte ante unas enchiladas, aquí cuesta medirse para no probar todo el primer día.

Con razón la antropología considera la comida como un elemento cultural, de hecho para los materialistas culturales como Marvin Harris es una de las más importantes manifestaciones de la evolución cultural. La comida define nuestro sistema de valores, la forma en que nos adaptamos al medio, nuestro nivel de relación (penetración) con otras culturas y mil factores más. Hace poco descubrí la serie documental Cooked, que habla de cómo la evolución humana se ha vinculado con el desarrollo de la cocina. Os la recomiendo. También os recomiendo el blog de Biscayenne a la que admiro y cuya forma de escribir intento copiar sin éxito. Muy fan.

Hablemos también de uno de los mayores tópicos: el tema del picante. A ver, yo esperaba morir al dar el primer bocado en este país, por todo lo que te cuentan sobre el uso y abuso del chile. Pensaba que iba a picar hasta el café con leche, pero, seamos sinceros, no es para tanto. Cuando preguntas si una comida es muy picosa la respuesta es bastante sincera, nada descabellada. Si te dicen que no pica, no pica (o muy poco) y si te dicen que pica entonces ni lo pruebes porque el tema aquí va en serio. Están obsesionados con el picante, sí, como lo estamos en España con el jamón. Ni más ni menos. También hay que decir que las salsas aquí están ricas y, cuanto más pican, más ricas están. Así que poco a poco me voy soltando y lo disfruto muchísimo.

Otro tema que sí me parece importante y del que se habla poco es de lo que aquí llaman la “venganza de Moctezuma” y que ya os mencioné en otro post. Llevo casi tres semanas y dos de ellas, enteras, he estado aquejada por este mal. Desesperante. También es verdad que no te encuentras débil físicamente, ni te da fiebre, ni te inhabilita para seguir una vida normal más allá del “momento crítico” en cuestión. Es decir, resulta llevadero e inevitable, así que continúas una dieta mexicana normal y esperas a que tu estómago se vaya adaptando. Está provocado casi por cualquier cosa: sabores fuertes, hielos en la bebida, aguas de frutas, yo qué sé… Es mejor relajarse y disfrutar, ubicar baños cercanos en los lugares que frecuentas y salir corriendo hacia ellos en cuanto notas el primer síntoma. Parece que poco a poco mejoras, puesto que no mueres.

Dejando a un lado la escatología, me llama la atención que los mexicanos creen firmemente que quien cocina transmite estados de ánimo a las comidas (y por ende a los comensales). Este no es sólo un recurso literario en “Como agua para chocolate“. Cuando una salsa pica demasiado dicen que la cocinera estaba enojada y consideran que es muy importante conocer a quien cocina para ti, para asegurarte de que lo hace de buena fe, con gusto. Esto también lo creen culturas muy alejadas, como la china. Tal vez podríamos aprender algo al respecto, considerar que la intención mueve el mundo y que deberíamos rodearnos de gente que quiere cosas buenas para nosotros.

Esto me lleva a hablaros de Juanita, la señora que limpia en mi casa. Se trata de una señora extremadamente amable, cariñosa y servicial, de origen muy humilde, que vive en un barrio muy alejado y que todos los días se tira dos horas para venir a trabajar y dos horas para regresar a su casa. No sé cuál es su sueldo, pero parece claro que no muy alto. México está lleno de Juanitas, las ves por todas partes porque aquí las clases sociales están muy segregadas y apenas hay eso que en Europa conocemos como clases medias, aquí estás en el bando de la gente con estrella o de los estrellados, no hay mucho más.

Juanita está empezando un microemprendimiento “La Bombilla” de comida para oficinistas. Tiene comida corrida que es una especie de menú del día que ella misma te lleva a tu lugar de trabajo. Mañana tenemos comida de equipo en el Bosque de Chapultepec, justo enfrente del banco y le hemos encargado a Juanita hamburguesas para todos. Creo que estoy tan nerviosa como ella, porque sé que en este momento su negocio es frágil y depende de ir generando nuevos clientes. Espero que le vaya bien, porque ella es una de esas madres que alimentan el mundo, es feliz haciéndolo. Ya hemos pasado alguna mañana de charleta en la cocina mientras me da a probar cosas riquísimas que anda preparando. Debería tener suerte, porque cocinar con cariño es una de las mejores cosas que se puede hacer por los demás y porque está generando una red de solidaridad a su alrededor que no es más que el reflejo de todo lo bueno que ella ha hecho por los que le han pasado cerca.

Los mexicanos dicen que les gusta hablar de comida mientras están comiendo y debe ser que me estoy mimetizando con ellos, porque escribí este post mientras me comía mi manzana verde deconstruida. Pero ahora ya ha dejado de llover y me voy a casa, saltando sobre los charcos en esta ciudad que cada día me resulta más familiar.

Besos dulces.

Mariachis en la noche

Son las 12 de la noche del 25 de mayo en Ciudad de México. No sé si aquí será fiesta, porque hace diez minutos ha empezado a sonar una charanga en la calle, con trompetas y otros mil instrumentos que no distingo desde aquí. Deben estar por Avenida Reforma, donde están las altas torres de los bancos, donde yo trabajo, a unos 15 minutos andando.

No es frecuente esto de una charanga en la noche, es la primera vez que lo oigo en las dos semanas que llevo aquí. Generalmente a estas horas ya sólo escuchas ambulancias, el run-run continuo del tráfico y algunos helicópteros. Bueno, anoche sonó un timbre  que me despertó, por un momento pensé que era la alerta sísmica, de la que todo el mundo me ha hablado y que te avisa de que debes bajar a la calle, sin detenerte y sin entrar en pánico, para buscar un punto de reunión, que se supone que es un lugar seguro. Yo no bajé, tenía sueño y pensé por un momento que una alerta sísmica debía ser más insistente si quería que la tomaran en serio. Acerté, por lo visto.Punto Reunión

Como va a ser imposible dormir con todo este ruido voy a quedarme un rato escuchando a los mariachis (o los que sean que están montando la escandalera en la calle) y escribiendo este post, aún a riesgo de mañana caerme de sueño en el trabajo.

En realidad estoy medio cansada medio excitada, el trabajo exige de mí toda la concentración y toda la adrenalina, para entender qué pasa en un contexto con mil variables que no controlo. Estoy “on fire” casi todo el día. Luego salgo y tengo una ciudad inmensa ante mi, con mil estímulos. Con la lluvia torrencial de todas las tardes, que dura media hora, pero que es mejor evitar si no quieres acabar como una sopa.

Hoy necesitaba volver rápido del trabajo porque había quedado para una videoconferencia y del otro lado, en España, me esperaban a las dos de la mañana para poder charlar un rato. Así que invoqué a San Uber que se hizo esperar un buen rato y volví buscando una conexión que me funcionara, algo difícil de conseguir mientras se desata una tormenta del copón. Las conexiones aquí no son como en España, por mucho que nos quejemos. Podemos decir que Telcel hizo buena a Telefónica, lo cual no tiene mucho mérito.

Al menos hoy me dio tiempo de dedicar un ratito a mis cosas, porque no me fui a cenar por ahí, algo que disfruto mucho, sola o acompañada. Esta ciudad es un monstruo, pero cuando la vas conociendo aprendes que no pasa nada por andar sola por las calles durante la noche, por determinadas calles, entre las cuales está la calle en la que vivo.

A eso de las 11 empecé a escribir, pero me crucé en Skype con mi amigo Marc, que se ha ido a Australia como agile coach y aprovechamos para charlar y ponernos al día. Así que esta tarde fue intensa y emocional de tanto charlar con gente a la que quieres y que tienes lejos. Tanto es así que se me olvidó pagar la multa que me llegó hoy a casa de Madrid. Al final es difícil tener la cabeza en tantos sitios diferentes. El corazón puede que sea ubicuo, la mente no tanto.

Vaya, os iba a contar mil cosas más, pero los mariachis ya se han callado y voy a aprovechar para echar un sueñecito. Tengo tanto que contaros que sólo pensarlo me abruma y me pone muy difícil sentarme a escribir, porque no tengo ni idea de por dónde empezar, así que he decidido hacerlo de a poquitos, sin mucha ambición. A través de las cosas pequeñas espero que vayáis viendo mi mundo, lo grande es demasiado grande, sobre todo en esta ciudad, en este país, en este continente.

Buenas noches y mil besos con chile.

Vivir sin wi-fi

Domingo por la noche en Ciudad de México, pies hinchados, pelo despeinado, cansancio. Busco una conexión de datos que me permita comunicarme con vosotros, contaros algunas de las miles de cosas que pasan por aquí, atropelladas como la vida misma.

Pero en los últimos días todo se alió para desconectarme del mundo. Internet es un invento estupendo al que nos hemos acostumbrado rápidamente, ha cambiado nuestras vidas y sólo te das cuenta en el momento en que te falla tu conexión de datos.

Salir de tu zona de confort es tener que abandonar tu router, entregarte al Internet de los bares, depender de conexiones poco seguras y tener que contratar un prepago (porque no tienes acceso a un móvil de contrato si no eres residente en el país) con una cobertura de datos raquítica que te deja con el culo al aire en el momento más inoportuno.

Menos mal que casi todos los alquileres de Airbnb cuentan con conexión wi-fi. Hasta que fallan, como esta noche.

A esto tenemos que unir que mi móvil no pasa por su mejor momento, algo desde su interior está poniéndole palos en las ruedas, lo noto cuando se bloquea. Al pobre sólo le falta gemir para expresar su malestar, y eso que no tiene ni siquiera un año de vida. Parece ser que voy a tener que vaciarlo de fotos y demás cosas de interés y formatearlo, porque el móvil en esta ciudad, es un artículo de primera necesidad y os voy a contar por qué.

Cuando te vienes a vivir a Ciudad de México todo el mundo, tanto autóctonos como foráneos, te advierten de que no se te ocurra coger un taxi en la calle. Bueno, en realidad la gente de aquí sí lo hace, pero hay mil premisas a tener en cuenta que los que somos de fuera no controlamos ni remotamente. Los riesgos que corres son el secuestro, el robo y otras mil escenas que podéis imaginar y que no me da la gana de representar aquí. Pero hay una alternativa segura, barata y rápida: Uber. Sí amigos, esa empresa que se prohibió en España por temor a que alguien hiciera competencia al negociazo de los taxis.

Uber es lo mejor para moverse en Ciudad de México, porque sus vehículos están geoposicionados y sus chóferes súper fichados. Eso no quita que pasen cosas, como ocurrió unos días antes de que yo llegara, pero sí te asegura que cogerán al culpable. Lo malo en mi situación es que para moverte en Uber necesitas una conexión a Internet y un móvil que no se muera a cada minuto. Si no tienes esas dos cosas, tu libertad de movimientos está francamente limitada, especialmente de noche.

Hace dos semanas que estoy fuera de casa y echo de menos muchísimas cosas, muchísimas personas y un animalito: mi gata Calcetines. Por eso parece frívolo hablar de que te falta Internet, pero os reto a vivir en una ciudad gigantesca como esta sin poder llamar un Uber cuando lo necesitas.

Os prometo que pronto tendré mis fotos a mano, una buena conexión y podré relataros algo más de esta gran aventura que estoy viviendo. Mientras tanto millones de besos.

Migraciones

Vale, ya sé que mi post anterior fue un poco caótico. Me costó elegir qué contaros, porque cuando estás en pleno cambio es difícil tomar perspectiva para ver las cosas con claridad. En cierto modo quise volcar allí todo el cúmulo de sensaciones y experiencias de quien se va a vivir a un lugar lejano que no conoce.

Lo que publico hoy lleva semanas dando vueltas en mi cabeza, porque no dejo de pensar que, esta experiencia que estoy viviendo, ya la han vivido antes millones de seres humanos en situaciones bien diferentes.

Sé que soy una privilegiada por haber tenido la oportunidad de salir de mi país para aportar lo que sé hacer en tierras lejanas. Pero a veces piensas que existe muy poco mérito en lo que haces, porque mucho te vino dado. Los europeos siempre viajamos en clase preferente, aunque compremos el billete más barato. Nuestro pasaporte, nuestra moneda y el color de nuestra piel, nos abren las puertas de aproximadamente el 80% del planeta (ojo, no me refiero a los visados, que son otro cantar). Prácticamente, sentimos una alfombra roja a nuestros pies cuando llegamos, que no tiene nada que ver con lo que nosotros somos sino con lo que traemos en los bolsillos.

Yo vengo aquí con un salario que me permite vivir cómodamente, un seguro de salud y la posibilidad de volver a casa cuando lo desee. Además vengo a hacer el trabajo que he elegido, a la altura de mi capacitación profesional. Aún así, la experiencia resulta dura, sobre todo al principio, porque tienes que despedirte de tus amigos y tu familia, a los que tardarás en volver a ver, cerrar tu casa y meter lo indispensable en una maleta más o menos grande.

Durante estas semanas no he podido evitar pensar en todas las personas que hacen lo mismo en situaciones muy diferentes, tan diferentes que podría decir que no hacen lo mismo que yo, porque su migración y la mía no se parecen en nada y, aún así, puedo entender el terrible dolor que se esconde detrás de la decisión de emigrar de muchas personas que no tienen otra opción, que no saben lo que se encontrarán en el país de llegada (muchas veces ni siquiera saben cuál será el país de llegada) y desconocen si algún día podrán volver. Todos sabemos que muchos de ellos ni siquiera llegan al lugar de destino.

Su billete cuesta unas diez veces lo que cuesta el mío, es mucho más largo en el tiempo y tienen que utilizar medios de transporte como autobuses, camiones, trenes, barcos patera o incluso caminar durante muchos kilómetros. Sus motivaciones son escapar de la pobreza o la guerra, no emprender una aventura fascinante y optativa como la mía.

Cuando me despedía de mi familia pensaba en lo duro que debe ser hacerlo en esas condiciones, el terrible espanto que debe suponer llegar a un lugar nuevo, sin dinero en el bolsillo para encontrar un alojamiento, sin saber cómo vas a conseguir la siguiente comida y con el desprecio de las personas del país al que llegas.

El caso extremo son los refugiados, ni que decir tiene que muchas veces, como tantos de nosotros, han venido a mi cabeza las personas que, desde Siria, llevan meses buscando la forma de sobrevivir al emparedado de violencia entre Oriente Próximo y el norte del Mediterráneo (y la vergonzosa, violenta y cruel actitud de Europa al respecto). He pensado en los niños y niñas que huyen de la guerra y el hambre, de las personas mayores, las mujeres embarazadas y tantos otros perfiles especialmente vulnerables.

Durante mi vida he podido trabajar con personas que se encontraban en pleno proceso migratorio, incluso he podido ofrecerles mi casa y un plato de comida o ir a echar una mano en el Estrecho algún verano. He conocido migrantes de diferentes perfiles profesionales, edades, géneros, etnias… refugiados, asilados, migrantes económicos o simplemente viajeros pobres de países tercermundistas con ansia de conocer nuevas culturas (sí, también los hay). Sus vidas y sus historias nos dejarían sin habla durante muchos días.

No quiero olvidarlos nunca y ojalá esta experiencia me sirva para entender mejor a qué se enfrentan y cómo podemos ayudarles. Y tampoco quiero olvidarme que, el privilegio que, por azar, se me ha regalado, debe ayudarme a sacar lo mejor de mí para seguir ayudando a que este mundo sea cada vez menos injusto y menos absurdo.

 

Primera semana: adaptación

Sé que soy una malqueda, porque muchos me habéis preguntado qué tal me va por acá y a muy pocos os he respondido. No me resulta fácil hacerlo, por varios motivos, entre los que están la falta de tiempo, la falta de foco y la sensación de que no resulta fácil explicar cómo es posible que una semana tan dura me haga sentir tan feliz de iniciar esta etapa. Parece contradictorio, por eso sé que es real.

Si mi semana fuera una palabra sería “cansancio”. Este ha sido mi primer jetlag, al que se ha unido el agotamiento por las dos últimas semanas en España, con viajes para despedirme de la familia, gestiones para cerrar mi casa y mi trabajo y toda la intensidad emocional de las despedidas.

Tras 20 horas desde que cierras la puerta de tu casa en La Cabrera (Madrid), 12 de las cuales son en un avión, llegas a una casa desconocida en el culo del mundo y esa noche no puedes dormir más de tres horas. Te despiertas de madrugada, escribes tu primer post sobre el viaje y cuando al fin amanece te preparas para salir hacia el trabajo.

Me eché a la calle a eso de las 8 am. Todo era extraño. Busqué la alta torre del banco, pero desde la calle no podía verla. Me perdí y decidí preguntar a un portero apoyado con desgana contra un portal. “Por favor, ¿para llegar a la Avenida Reforma?” Los sonidos que salieron de su boca debían ser castellano, pero yo no entendí ni una palabra, aparte de que no parecía tenerlo muy claro (igual el tampoco entendió mi acento). En fin, supongo que esto mismo le puede pasar a un mexicano en Cádiz, o en Burgos.

A esa hora mi foco estaba en encontrar un lugar donde comprar un café en las grandes avenidas abarrotadas de tráfico y ruido. No tuve éxito. Me cruzaba con gente con sus cafés en vaso de papel, pero no pude averiguar dónde los compraban.

Mi trabajo no está a más de 15 minutos andando desde casa, aunque ese primer día tardé más de media hora, no sólo porque me perdiera, sino porque nunca encontraba por donde cruzar las avenidas gigantescas que se interponían entre mi destino y yo. Ya frente a la Torre Bancomer (esa que han inaugurado hace poco) me desesperé y le pregunté a una señora que regentaba un kiosco, me dijo que cruzara por un túnel subterráneo que tenía justo al lado. No os vais a creer la multitud humana que cruzaba por ese túnel, en dirección contraria a la mía y el aspecto que tenía aquel lugar: mil puestos de comida, algunas tiendas cerradas con montones de basura  en la puerta y, en el centro de todo, un altar con la Virgen de Guadalupe rodeada de flores y guirnaldas de luces. Otro día os contaré lo de los altares a la virgen por toda la ciudad. El olor era, cuanto menos, diferente, pero después de cruzar por allí al fin me encontré, a un lado, el bosque de Chapultepec y, al otro, la torre Bancomer.

Así empezó un día intenso en el que tus neuronas están a mil, intentando retener información de todos los colores, con mil presentaciones, saludos, datos y sensaciones en un cuerpo agotado. Combinas las reuniones con conversaciones por whatsapp en el baño para que la familia y los amigos sepan que estás viva y que has llegado bien.

A las 17,45h, cuando estaba intentando irme a casa, un manager nos llamó a su despacho para explicarnos su visión sobre el proyecto: “Seré breve, el origen de todo esto se remonta a 2014, cuando una soleada mañana de primavera mantuve una conversación con Pepito Pérez acerca del color de los tamarindos en flor…”. Luego nos fue contando con pelos y señales todas sus impresiones al respecto. Nos soltó mucho después y yo a esas alturas sólo quería llegar a casa y dejarme morir sobre la cama. Ya en ese momento mis neuronas no podían hacer otra cosa que derrapar en mi cerebro: intentaba decir lo que pensaba y salían palabras incomprensibles que no tenían nada que ver.

Era el día de la madre, así que la ciudad estaba desierta. De hecho, en casi todos lados la gente se había marchado a casa a la hora de comer y tenían la tarde libre. Yo crucé andando calles solitarias mientras anochecía y experimenté mi primer mal del altura al cruzar un puente elevado sobre una gran avenida cuajada de vehículos. Las calles aquí en México están mucho menos iluminadas que en Europa y en mi barrio no se veía un alma. El millón de veces que te han hablado de secuestros exprés en DF comienzan a volver a tu cabeza mientras das vueltas por calles desconocidas. Viva Google Maps, eso sí, que te permite encontrar tu destino aún con altas dosis de estrés en el cuerpo.

Esa noche, aunque estaba agotada tampoco pude dormir más de 4 horas. Como colofón, me vino a ver mi amigo el pintor (gran metáfora de mi amiga Ángeles sobre la menstruación), me empezó a doler todo y a la mañana vuelves a levantarte para ir a trabajar.

El segundo día es más duro: coctel hormonal mezclado con desánimo y desorientación. “Para qué he venido yo aquí?” te preguntas mientras ver pasar la vida frenética de una ciudad de 25 millones de personas a tu alrededor. El proyecto en el que estoy podemos decir que tiene “mucho margen de mejora”, como decimos los agilistas. Pero mucho, mucho. Ese día, en un momento de bajón salí del banco y me fui a dar un paseo por el Bosque de Chapultepec, que está justo enfrente de la oficina. Echaba de menos toda la rutina que en España me tenía amordazada. Me sentía perdida. Una ardilla salió a mi encuentro, nos quedamos mirando, paradas en medio de un sendero rodeado de flores, se acercó a mí dando saltos y me hizo sentir mejor. El hormigón y la nube de contaminación no suelen ayudarte a sentir como en casa, pero un animalito te puede llegar a recordar que no estás tan sola ni tan perdida.

Los siguientes días empiezas a mejorar: vas reconociendo las calles, encuentras un lugar donde comprar tu jugo verde para el camino y algo de comer, regentado por una familia amable que te trata como si te conociera de toda la vida. Empiezas a dormir y a descansar mejor. Charlas con los amigos de España y te permites tu pequeño momento “drama queen” tan terapéutico y reparador. Entiendes que, en el sinsentido de proyecto que te ha tocado, tienes un reto del que aprenderás lo que no imaginaste.

Y, de repente, como caído del cielo, llega el fin de semana. El viernes por la tarde nos fuimos con los compis de trabajo a tomar algo por el barrio de La Roma, a cenar en sitios super chulos y a echar unas risas. Necesitaba ver algo de la ciudad que no fuera el camino de casa a el banco. Entre margaritas de tamarindo y micheladas llegó mi primera “venganza de Moctezuma“. En ese momento consideré superado el primer proceso de adaptación.

El resto del finde he salido un poco, pero también he descansado, me he quedado por mi barrio y he dormido muchísimo. Mi objetivo principal aquí es estar fresca para lo que tengo que hacer de lunes a viernes, así que mañana llego con toda la artillería y las ideas claras al banco.

Después de todo lo dicho creo que puedo resumir que no ha sido una semana fácil, pero tampoco ha sido terrible. El cansancio me ha tenido bastante fuera de órbita en una ciudad con scroll infinito en google maps (si quieres mirar cuán lejos está algo, empieza a hacer zoom en el mapa hasta que dejen de salir calles y luego dale a “cómo llegar”, sobre ese tiempo estimado súmale un 5% del tiempo que te va a llevar encontrar los semáforos y pasos de peatones).

De aquí me encantan muchas cosas, la que más, los zumos de frutas que venden por todas partes, las aguas de frutas para comer (la de sandía está espectacular) y la comida. Los árboles los crían con esteroides o algo parecido y las flores no racanean su presencia por las calles. Las aceras están levantadas por las raíces de los árboles y porque hace mucho que no las arreglan, ir con tacones por Ciudad de México es hacerle la competencia a Chiquito de la Calzada.

Aún me falta todo por ver, me falta música, baile y muchos sitios que recorrer. Aquí ir por la calle es andar mirando mil detalles que nunca habías visto. Ayer el bosque de Chapultepec estaba a reventar de familias y puestos callejeros. Aquí el color tiene más matices.

En fin, creo que, ahora sí, ya estoy aquí al cien por cien. Que empiece la diversión.

Samsonites y crema solar factor 50

Viajar conservando siempre una visión rigurosa y a la vez exaltada del mundo.
Alexander von Humboldt
El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos.
Marcel Proust

Vengo al teclado a escribir como el caballo agotado del camino que llega a beber a una laguna. Necesitaba llegar aquí, al momento en que puedo contaros que estoy iniciando una nueva aventura. Las últimas semanas han sido, probablemente, las más frenéticas de mi vida, pero siempre llega el momento de parar, en este caso, en las 12 horas de un vuelo transoceánico, con sus turbulencias y todo. Es el momento de sentarme, de contar y compartir.

Los que me conocéis bien sabéis que se me ilumina la mirada con los cambios y que no puedo quedarme mucho tiempo parada en el mismo sitio sin empezar a languidecer. En los últimos años esto ha supuesto dejar la profesión a la que me he dedicado durante 20 años para probar suerte en un mundo ignoto y apasionante, muy alejado de lo que hasta ahora sabía hacer.

Estos días me vuelve una y otra vez a la cabeza: “¿Cuántas vidas caben en una vida?” Es una pregunta fractal, que hace años apareció mientras ayudaba a otras personas a mejorar, algo que te hace vivir un poco sus vidas y aprender de ellas. Ahora está generada por las espirales existenciales que nos hacen pasar por el mismo punto en diferentes niveles, en diferentes momentos. Podría haberme dedicado toda la vida a lo que hacía a los 16 y ahora sería artista plástica, también podría haber seguido siendo trabajadora social, hortelana o clown. Lo que parece que nunca dejo de ser es antropóloga y tener eso claro me aporta mucha paz, porque siempre he pensado que me gustaba hacer demasiadas cosas diferentes y que no tenía una vocación clara. Pero al final todo esto son etiquetas y nosotros somos mucho más que todos los nombres que le pongamos a lo que hacemos. Lo realmente interesante es que podemos cambiar el rumbo muchas veces durante una vida, ser muchas cosas diferentes, explorar y desarrollar todo nuestro potencial, que es más amplio de lo que pensamos.

Hoy empiezo una aventura que me conecta con un punto que está, aproximadamente 12 años atrás, cuando me dedicaba a dirigir un proyecto de Cooperación al Desarrollo con países de Latinoamérica. Trabajaba desde Madrid y nunca pude viajar al terreno porque mis jefes, los dueños de la Fundación que me contrataba, preferían hacerlo ellos, aunque no estuvieran en el día a día de la gestión de los proyectos. Esto era algo absolutamente descabellado a nivel técnico: imaginad trabajar con siete organizaciones en siete países diferentes sin poder ir nunca a verles, conocerles en persona, hacer seguimiento directo. Pero además me castraba profundamente, deseaba viajar a América desde que tenía 17 años, necesitaba conocer ese mundo lejano que era mi día a día y tenía un hambre etnográfica y viajera difícil de aplacar.

Después de aquello vinieron unos años en los que la posibilidad de viajar empezó a ser muy remota, cerré la puerta a esas ganas de ver mundo porque tuve que centrar mis esfuerzos en recuperarme de una enfermedad grave y luego en cambiar mi forma de ganarme la vida. La puerta no hizo ruido al cerrarse y durante estos años se fue cubriendo de enredaderas, polvo y telarañas.

Por eso cuando me propusieron venirme a México a vivir y trabajar unos meses mi primera respuesta fue un rotundo “no”: era feliz donde estaba, haciendo lo que hacía, no tenía ningún motivo para marcharme. Pero entonces recordé que había una puerta abandonada hacía años, que conectaba con mis ganas de viajar, de vivir en otros países, en particular con América, el continente gigante al que me unen muchas cosas desde mi adolescencia. Como le dije a Alan Goerner cuando me lo propuso: “estás tentando a mi alma de antropóloga”, porque los que amamos esta profesión nos hemos imaginado muchas veces como aquellos primeros viajeros románticos del siglo XIX, con nuestra libreta a cuestas en lugares alejados, estudiando cómo viven otras personas en otros países, cambiando los sombreros con tul y los baúles por crema solar factor 50 y samsonites.

Espero ser lo suficientemente disciplinada para retomar este blog y usarlo para contaros esta aventura de etnógrafa postmoderna. La cosa promete, porque cambié el pueblo de 2.000 habitantes por una ciudad de 25 millones al otro lado del charco, contraste seguro, algo que me ayudará a tener los ojos bien abiertos. No voy a hablar aquí de mi trabajo en la transformación digital de Bancomer, porque los agile coaches somos como los cirujanos plásticos: nuestros clientes nos aman, pero quieren mantener en secreto cómo les ayudamos. Lo que haré será compartiros la experiencia humana y vital, la visión de antropóloga y, por supuesto, esas pequeñas anécdotas surrealistas que suelen ocurrirme cuando viajo y que os encanta que os cuente cuando nos vemos en persona.

Sabéis que no ha sido fácil llegar hasta aquí. En los últimos 10 días he dormido poco, abrazado mucho, charlado, llorado de emoción y tomado alguna que otra cervecita. Me he sentido querida y valorada hasta el punto de que mi corazón creyó estar soñando. Entre el post de JMBeas, la carta para el avión de mi querida Marieta, los abrazos energizantes, las despedidas de los compis y clientes, el “dime en qué puedo ayudarte” y el “me alegro tanto por ti” de tantas y tantas personas, ha existido una intensidad emocional difícil de gestionar. Una se pone muy moñas al hablar de estas cosas, pero puedo decir que llevo a mucha gente en el corazón en este viaje.

Acaba de amanecer mi primer día en Ciudad de Mexico, ya estoy aquí, ubicada y un poquito cansada, con muchas ganas. La primera pregunta trascendental es: ¿dónde ponen café con bollos? Lo demás se irá viendo y disfrutando.

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