Calla y escribe

Un mes exacto sin publicar, que no sin escribir. Vuestras voces desde Facebook y Whatsapp pidiéndome que lo hiciera no fueron suficientes para empujarme, cada día que pasaba tenía más cosas que contaros y menos capacidad de ordenar todas esas ideas en algún post legible. Así un día tras otro, ninguno de ellos pasó sin que me recriminara a mí misma lo que estaba dejando de hacer.

La carga en el camino se va acomodando dicen por acá y no les falta razón, así que, como caído del cielo, la semana pasada encontré un Meetup llamado “Callad y escribid” que consiste justo en eso, 50 minutos para escribir junto a otras personas, todas en silencio. Aquí me veis, junto a mi ordenador, aprovechando este rato después de salir de la oficina para quitarme el peso de no contaros nada en tantos días y así poder dormir tranquila 😛

¿Y ahora por dónde empiezo? Os puedo decir que ya estoy aclimatada a una de las ciudades más grandes del mundo, que soy capaz incluso de disfrutarla durante los fines de semana, cuando al fin tengo tiempo de salir a recorrer los barrios más pintorescos. Entre semana la vida aquí es como en cualquier otro lado: mucho trabajo dentro de una gran oficina y poco tiempo cuando sales para hacer cualquier cosa que merezca la pena. Salgo a las 18h y los museos cierran a las 19h. Anochece en torno a las 20h y ya no es muy recomendable andar lejos de casa, a no ser que, en días excepcionales, tengas algún evento social como ir al teatro o salir a cenar con amigos.

Así que el fin de semana se muestra siempre ante mis ojos como una gran oportunidad y suelo aprovecharlo al máximo, fundamentalmente para recorrer mercadillos. Los que me conocéis bien sabéis que me pirran y aquí los hay de todos los colores, por todos los lugares: de fruta (la fruta de aquí da para escribir una enciclopedia de las antiguas), flores, arte, ropa, antigüedades, falsificaciones, artesanía, brujería y casi cualquier cosa que se os ocurra.

Vale, reconozco que aún no he pisado ningún museo, ni siquiera el de Antropología, que es para mí como el Louvre para un Historiador del Arte. Hasta ahora siempre he tenido la posibilidad de salir con personas de aquí a conocer la ciudad y sus mercadillos y siempre voy a priorizar la vida en vivo que la vida en museo (que se parece a las naturalezas muertas de la pintura), porque lo disfruto y porque creo que se aprende mucho más sobre todo lo que te rodea.

Ya llevo semanas queriendo salir de la ciudad, hay mil lugares cerca que conocer, desde las pirámides de Teotihuacan a Tepotzlán o San Miguel de Allende, lugares estupendos que ya estoy preparada para conocer. Espero que este fin de semana pueda estrenarme, al fin, con alguno de ellos.

Por lo demás hay poco y mucho que decir, que me cambié de casa, que espero quedarme tres meses más trabajando aquí (hasta noviembre más o menos), que conocí a algunas personas que me acogieron como si fuera de su familia pero que, a la vez, no está siendo fácil esta etapa por tierras lejanas.

Lo más importante, aquello con lo que me quedo tanto en los días difíciles como en los disfrutones es que esta experiencia me está ayudando, como ninguna otra, a saber quién soy.

Cuando cada acto cotidiano exige cosas nuevas de ti, te sorprendes de ti misma y te vuelves a descubrir. Imaginaos: cuando llegas aquí ni siquiera tienes claro cómo se cruza una calle, los semáforos no son como yo los conocía, entonces desarrollas estrategias propias. Mi primera forma de conseguir cruzar las grandes avenidas sin semáforo fue buscar a algún lugareño, situarme detrás y cruzar cuando esa persona lo hiciera. Tengo que reconoceros que he mejorado, aunque aún sigo recurriendo a ese truco cuando lo necesito.

Hay muchas situaciones más a las que no me había tenido que enfrentar de forma cotidiana nunca antes: que te hablen en tu idioma y no entiendas nada, que no sepas interpretar el menú de una casa de comidas, que arrastres prejuicios coloniales en la relación con los demás o los demás los tengan contigo… Todo esto y teneros lejos me hace descubrirme cada día: cuándo soy valiente y cuándo tengo miedo, cómo afecta la falta de iluminación a mi sensación inconsciente de peligro, cómo me relaciono con personas desconocidas, qué cosas me hacen reír hasta las lágrimas o qué sabores desconocidos me fascinan.

Hay una pregunta que uso mucho en mis procesos de coaching y es: “En esta situación, ¿qué tipo de persona te gustaría ser?” Creo que estoy respondiendo de forma adecuada y mejorable, estoy aprendiendo mucho de la realidad, no siempre fácil que me encuentro día a día y estoy segura de que eso me va ayudar mucho el resto de mis días.

El otro día una amiga que tengo lejos me preguntaba: ¿Eres feliz allí? La respuesta, después de pensarlo mucho es que lo soy en la medida en que puedo serlo en cualquier lugar, ni más ni menos. Lo único es que aquí mi curiosidad de antropóloga se ve saciada y se regocija de haber podido, al fin, después de toda una vida deseándolo, haber partido a un lugar hermoso y lejano donde descubrir que siempre encontrarás gente que te quiera. ¿No es esa una razón suficiente para ser feliz en cualquier parte?

Y por último, aviso, ya me cambió el acento y las expresiones cotidianas, aquí lo notan poco pero allí lo advertís enseguida. Esto es algo de lo que me siento hasta cierto punto orgullosa, me gusta mimetizarme, qué le vamos a hacer. Aún así sé que siempre voy a seguir siento güerita aquí y no me importa, es algo que te enseñan en la carrera, que siempre serás outsider. Lo que sé es que me está gustando tanto descubrir otros lugares que ahora ya no tengo ganas de parar y a la vez, incomprensiblemente, sigo extrañando mi casa y mi gente y mataría por volver aunque fuera por unos minutos. Muy contradictorio todo y, por tanto, muy real.

Prometo seguir escribiendo, os pienso cada día.

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Lola Roca

Lola Roca es muy joven, lo ha sido siempre y lo va a seguir siendo toda la vida. La culpa la tiene su sonrisa, en la que cabe el mundo.

La conocí un día de verano en un pantano, cantando flamenco y tocando palmas. Se me sentó muy cerquita y me hizo sentir que siempre seríamos amigas. Desde entonces, no importa lo lejos que se vaya, la siento al lado y busco incansablemente el momento de visitar su sonrisa y habitar su abrazo cálido de hermana.

Ella me enseñó a dar “besos apretaos” que luego yo enseñé a mis sobrinas, el mayor hallazgo de mis cariños lejanos. Me enseñó mucho más, la lucha incansable, la alegría irredenta y rebelde de quien no se despeina ni en los vendavales. Me enseñó la sencillez de quien sólo se necesita a sí misma y la constancia creativa para mantener un blog que nunca se agota.

Lola Roca lleva los dolores en el nombre y la fortaleza en el apellido, lleva flores en el regazo para todo aquel que se acerque y verdades puras en los labios. Y sin embargo, sus manos aprendieron también a comunicarse, para lanzar puentes con los que no tienen voz. Ella podría haber sido ingeniera de caminos, pero prefirió ser colega de profesión y por eso tuve la suerte de conocerla.

Gracias Lola Roca por seguir ahí, a través de los años y los kilómetros y gracias por hablarnos de todas las Lolas Rocas que has conocido. Gracias, por último, por hablar de esta Lola Roca que me emocionó y a la que no me importaría parecerme 😉

Te quiero.

“V” de verano

El verano es corto en casi todas partes, excepto en Sevilla. Desde que me mudé a vivir a esta sierra mesetaria me parece que tarda demasiado en llegar y se va deprisa. Le pasa a todos los bienes preciados, por naturaleza son escasos. En estos días, los paisanos empiezan a decir “nos quedan dos semanas de verano”, por tocarte las narices y porque todos sabemos que a mediados de septiembre cambia el aire y tienes que guardar las chancletas y los tirantes.

Vacaciones. Otra palabra que empieza por “v” de verano. Desde pequeños le cogemos cariño a una estación, que a diferencia de las otras, está repleta de días y cada día lleno de horas. Un montón de tiempo para jugar, vamos. La diferencia entre los niños y los adultos es el precio de sus juguetes, ya se sabe. Y qué mejor momento para desempolvar los juguetes que las vacaciones.

Vale que en este país todos nos cogemos las vacaciones a la vez, que hay un mes en el que todo se para (todo, en este caso, se refiere a las oficinas, porque los chiringuitos y las huertas están a tope). Vale que deberíamos llevar una vida super gratificante que no nos exigiera un tiempo de desconexión. Vale que el verano es un negocio, como lo es la Navidad y que nuestra vida está más regida por las modas que por las estaciones. Aún así el verano mola, no me lo podéis negar.

Poder bañarte en el mar, en un río o en un pantano. Viajar. Pasear en bicicleta. Tener más tiempo para los amigos y la familia. Cine de verano (con palomitas, gracias). Escalada. Conciertos. Fiestas. Comilonas. Ninguna de estas actividades es exclusiva de los días de sol, pero en esta época nos quedan mucho más a mano.

Tiempo de ocio que muchas veces convertimos en experiencias lúdicas, de disfrute, de juego. Que exista un periodo así en el año está bien para que descansemos, pero, sobre todo, es fundamental para que recuperemos el sentido lúdico de la vida, porque si conocemos la experiencia de disfrute podemos buscarla y replicarla en otros aspectos de nuestra vida. El ocio, a través de la experiencia lúdica, nos enseña a disfrutar y eso lo podemos aplicar a cualquier actividad que no sea de ocio (exacto, incluso el trabajo o las tareas domésticas).

Para mí, la capacidad de disfrutar está muy relacionada con algunas otras, como la capacidad de concentrarnos en lo que estamos haciendo y la capacidad de sorpresa (hacer las cosas como si fuera la primera vez). Al final, siempre vuelvo a lo mismo, la importancia de estar presentes.

Desde hace unos años cumplo algunos rituales de verano. Uno es quemar mi papelito la noche de San Juan, una tradición que nos obliga a pensar qué cosas nos gustaría hacer desaparecer de nuestras vidas, apuntarlo en un papel y arrojarlo al fuego purificador.

El segundo ritual que cumplo al menos una vez durante esta estación es más personal: es de noche y estoy volviendo sola en mi coche. Puede que venga de bañarme en el pantano, o que pasé la tarde en la playa y me dieron las tantas, o que venga de una cena con amigos. Conduzco tranquilamente por alguna carretera secundaria con la ventanilla bajada porque hace calor, fuera se escuchan las ranas o los grillos y en el reproductor de mi coche suena una vieja canción de cuna interpretada por la voz áspera y tierna de Janis Joplin.

One of these mornings you’re gonna rise up singing
And you’ll spread your wings and you’ll take to the sky

En ese momento, da igual que venga de ver las estrellas fugaces o que acaben de romperme el corazón, el verano me trae al presente, no hay ni un detalle que me pase desapercibido. En ese momento siempre consigo ser feliz.

Y como en verano siempre hacemos planes, yo me he propuesto entrenar justo eso durante los próximos meses: la capacidad de disfrutar y divertirme con todo lo que me toca hacer.

Habrá que aprovechar lo que nos queda, dormir bajo las estrellas, hacer esa ruta de la que tenemos tantas ganas, coger más la bici o lo que a cada cual le apetezca, porque aún nos quedan dos semanas 😉

 

 

Bailar hasta que se acabe la música

Hay días en que ocurren cosas grandes, cosas que te apetece compartir con los demás. Así me pasa, tengo varios posts pendientes y muy poco tiempo para escribirlos, pero hoy necesito sacar un rato para contar algo realmente extraordinario que me ocurrió hace dos días, el día de los muertos.

Por “causalidades” de la vida, acompañé a mi amigo Joseba Barrenetxea a ver una obra de teatro. No tenía mucha más información, ni sobre la compañía, ni sobre la sala, ni sobre la experiencia que allí se proponía, así que fui un poco a ciegas, como me gusta a mí asomarme a las obras de arte. Ya de noche, llegamos a la Sala el Sol de York para ver “Bailando tus huesos”, de la compañía Teatro en el Aire. Según su propio eslogan: “una cena sensorial para morirse de gusto”.

No sé qué contar exactamente de lo que allí ocurrió sin hacer de spoiler, sin desvelar ninguna magia y sin comparar con nada que me hubiera ocurrido antes. Puedo contar que se trata de una catarsis, para veinte personas, en una cantina mexicana, magistralmente conducida por tres catrinas que generan una experiencia personal y colectiva difícil de olvidar. Allí se aborda un gran tema tabú, la muerte, como sólo los mexicanos saben hacerlo: con humor, reverencia, despreocupación y mucho arte, todo a la vez.

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“Al fin solos” de Joseba Barrenetxea

Aquella noche compartí una cena con desconocidos, reí a carcajadas, comí, bailé y lloré durante mucho, mucho rato. Supuso una oportunidad de asomarme al abismo de la ausencia en todas sus formas, a la brevedad de todo lo que nos rodea y a la urgencia por bailar mientras aún dure la música de nuestras vidas. Todo un aprendizaje vivencial, una oportunidad de mirar hacia dentro y alrededor para estar más vivos.

La experiencia estuvo guiada con delicadeza y maestría por tres grandes profesionales de la escena, a las que no puedo dejar de admirar por su capacidad y talento. Ahora viene momento spam: si tienes la oportunidad de ir a ver algún montaje de Teatro en el Aire no lo dudes, llama cuanto antes, porque las entradas se agotarán pronto y habrás perdido la oportunidad de nutrir tus sentidos y aprender algo nuevo.

Para redondear la noche, tras la representación tuve la inmensa suerte de compartir un buen rato con la compañía, charlar tranquilamente, dejarme empapar por el arte de quien ha sido capaz de crear semejante hermosura y regalarla a los demás. Fui consciente, una vez más, de que somos muchas personas compartiendo la necesidad de cambiar de enfoque, de ayudar a otras personas y a nosotros mismos a seguir creciendo.

Lo que allí ocurrió hace dos días no es tan diferente de lo que intentamos hacer todos los que trabajamos con procesos personales y de grupos: generar una experiencia significativa, que, como decía Lidia Rodríguez “aborda a las personas como si se tratara de una cebolla: primero una capa y luego otra, despacito, hasta llegar al núcleo”. Porque para facilitar el aprendizaje hace falta entender los procesos personales y saber guiar a los demás entre los estrechos recodos de la existencia. Al fin y al cabo, nos nutrimos más de la experiencia y de nuestros sentimientos que de aquello que nos cuentan.

Para terminar, comparto con vosotros con aquel brindis mágico, con tequila del rico, que espero no olvidar “Ni dudo, ni me arrepiento, ni dejo para otro momento”. Feliz vida a todos y nunca se olviden de bailar sus huesitos.

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Inteligencias múltiples

Durante mi taller “Las Piedras de Hansel” tuvimos la ocasión de hablar sobre diferentes teorías del aprendizaje. Se trató de un repaso rápido por las más relevantes, apenas suficiente para mostrar la multitud de aproximaciones e intentar seducir a mis alumnos para que buscaran más información sobre el tema.

Entre estas teorías, hay una que me gusta especialmente: la Teoría de las Inteligencias Múltiples, desarrollada por Howard Gardner en los años 80. Gardner cuestiona las fórmulas para medir la inteligencia basadas en lo Cocientes Intelectuales. Él postula la existencia de diferentes tipos de inteligencia, llegando a formular ocho tipos.

Os recomiendo la siguiente charla del Dr. Mario Alonso Puig , en la que expresa con claridad y elocuencia esta forma de entender la educación.

 

Recuerdo lo inadaptada que fue mi vida escolar, cuánto me costaba aprender y los mediocres resultados que obtuve hasta que terminé la EGB. Era una niña despistada, soñadora y con poca disciplina. Aunque no lo creas también era alguien solitario. Esto fue cambiando a medida que avanzaba en mis estudios e iba encontrando las materias y los contextos que me resultaban más estimulantes. Ahora puedo decir que en este proceso mis competencias se han multiplicado y siguen haciéndolo dia a dia, en la medida en que dedico tiempo a investigar, trabajar, curiosear, crear, cantar, meditar, dibujar, hacer jabones o pensar en scrum.

Con la perspectiva de los años, puedo analizar el peso que ha tenido cada contexto sobre mi aprendizaje. Ahora estoy convencida que sin motivación y sin seguridad en las propias capacidades, aprender se convierte en una tarea de titanes.

Llevo toda la vida buscando contextos de aprendizaje y de creación, he encontrado muchos, algunos de ellos muy estimulantes. Uno de los que he encontrado en los últimos meses es Unutopia, un grupo de gente con iniciativa y ganas de cambiar muchas cosas. Dentro de Unutopia la CoP de Educación sigue esta noche su rodaje, con un hangout liderado por el incombustible Marc Florit, para seguir aprendiendo sobre todo esto.

 

El arte es basura

Hoy, por fin, he conseguido hacer la primera sesión de mi taller de reciclaje artístico con adolescentes. Llevaba tiempo preparando materiales y contenidos, pero los grupos no terminaban de salir. Lo jóvenes no acudían, a veces se quedaban en la puerta o preguntaban, pero no se interesaban por el montón de basura que les mostraba en el centro de la sala.

Después de que me ocurran estas cosas siempre busco explicaciones, la mejor que encontré para entender por qué ocurría esto fueque nuestros jóvenes viven en un bonito mundo de celofán, con consolas, móviles, ordenadores y miles de aparatejos, todos flamantes. Para ellos un montón de basura resulta algo demasiado escatológico o carente de valor (al fin y al cabo no son más que residuos).

Hoy ha sido diferente. Han venido pocos, es cierto, pero lo primero que han hecho al entrar en la sala es interesarse por el montón de basura, con curiosidad. Esta actitud me ha alegrado, nos hemos animado a charlar sobre trashart y hemos visto la obra de montones de artistas contemporáneos, el objetivo era construir algo nuevo a partir de la basura del montón en el centro de la sala. Lo que ha venido después aún me tiene reflexionando.

Impacientes, se han dirigido a la basura, se han repartido los aparatos electrónicos y han comenzado a “abrirles las tripas”. Todo lo demás seguía en el montón, materiales llamativos, desechos curiosos, objetos raros. Todo eso se ha quedado donde estaba, pero cada uno ha cogido un destornillador y se ha puesto a destripar un aparato. Resultaba divertido, al rato estábamos rodeados de piezas de todo tipo. En este momento las chicas cambian de actividad y comienzan a construir juguetes con cajas y botellas, pero los chicos siguen sacando piezas y piezas. Les planteo algún objetivo, algún proyecto con todas estas piezas, les animo a pensar sobre ello. Enseguida me doy cuenta de que es inútil: los chicos están disfrutando de lo lindo, esta actividad les motiva. Desmontan una pletina sin haber usado nunca una, como un objeto de otra época. Están entregados a la tarea.

En este punto decido no buscar un resultado, dejarles vivir una experiencia que a ellos, por algún motivo, les apasiona. No sé si he conseguido que se planteen la posibilidad de hacer arte con la basura, pero, desde luego, hay algo que necesitaban hacer y que hoy han podido hacer. Ya veremos qué ocurre la semana que viene en la segunda sesión, a dónde nos lleva esto.

Hoy sólo alcanzo a pensar que, tal vez, el hecho de que no entendamos cómo funcionan las cosas a nuestro alrededor, constituye un tipo de alienación moderna. La tecnología nos sorprende y nos fascina, pero nos hace, además, dependientes e ignorantes, necesitamos entender cómo funciona nuestro entorno.

Hablo de alienación a conciencia, como un fenómeno que nos aleja de nosotros mismos, que nos vuelve vulnerables y nos desorienta. Hay muchas más alienaciones modernas (derivadas del salto cultural del campesino al asalariado urbano), como la derivada del hecho de que ya no produzcamos nuestros alimentos; la que es resultado de la especialización, de forma que no controlemos el resultado final de nuestro trabajo y muchas otras.

Más allá de estos pasatiempos de antropóloga, la magia del asunto es haber conseguido que, durante unas horas, estos chicos y chicas hayan mirado su basura con otros ojos y la hayan encontrado divertida. Una nueva conexión creativa.

Algunos ejemplos de Trashart que ofrezco en mi taller son estos. ¿Adivinas qué materiales han utilizado?

 

Cuartoderecha

Pore(x)pan

Blas y Pablo Montoya

Sayaka Kajita

Junior Jacquet

Basurarte

Eden Project

Creative Recycled Steel Sculptures

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Brian Marshall

Francisco de Pájaro

Heath Nash

Trash People

Karol Bergeret

 

Sueños sin noche

En este invierno cálido y raro, de pronto, el frío se cuela por debajo de las puertas. Me reconforta sentirle llegar, aunque sea un poco tarde, a su cita anual.

Soy de ese tipo de personas que necesita, al menos, cuatro o cinco estaciones al año. El invierno para mí es el momento del recogimiento y el descanso. Tal vez no esté bien de la cabeza, pero necesito que la climatología me obligue a quedarme en casa.

Sé que ahora te preguntas si me he puesto a bloguear después de un montón de semanas de no hacerlo para hablar del tiempo. Pues estás en lo cierto, eso es justamente lo que hago. No me resultan fáciles las largas temporadas de sequía, ver que los árboles brotan en enero y los pastos secos en pleno invierno.

Pero esta noche sí hace frío, no hay mucho más que hacer en casa. Así que me voy a entregar a la lectura de Sueños sin Noche, un cómic de miedo que saqué el otro día de la biblioteca del pueblo.

Me gustan los comics, sin embargo, no frecuento en absoluto el género de terror, ni en literatura, ni en cine, ni en ningún medio. El motivo fundamental es que el miedo me parece una sensación demasiado desagradable, lo paso mal y, para colmo, luego recuerdo determinadas imágenes durante muchos días, no me gusta ir por ahí con los pelos de punta :S

Sin embargo, la introducción de Felideus Una defensa del terror fantástico me dio mucho que pensar. Reclama la creación artística como territorio del miedo fantástico e irracional, un lugar donde los miedos irreales no campen a sus anchas, sino que se atengan a las leyes de lo fantástico: la narrativa, la estética, la belleza y el deleite. Un cuarto de juegos donde disfrutar con lo más terrible, desarrollando nuestro sentido lúdico y la capacidad de observación de nosotros mismos.

Resulta que, en un momento en que el miedo individual y colectivo es casi palpable, esta reflexión me hace devolver las cosas a su sitio. El miedo al futuro se basa en el temor a que se produzcan  situaciones que a día de hoy son irreales. En nuestro intelecto evocamos catástrofes, reinventamos fobias, los documentamos con la prensa diaria. Vivimos con miedo, nos relacionamos temerosos de que nuestra suerte cambie a peor e imaginamos futuros amenazadores para nosotros y nuestros seres queridos. Este esfuerzo colectivo por dejarnos desgastar por el miedo, nos está llevando a una situación de inmovilismo, de aceptación, de falta de honestidad con nosotros mismos.

Así que esta noche acepto el reto: voy a hacer ejercicios con mi miedo, levantar la tapa de ese libro que me aterroriza e intentar aprender de la experiencia. Espero ser capaz, luego, de dormir 😉

Buenas noches de invierno

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