Storytelling

Sentada a la sombra de un árbol, en la primavera de una pequeña aldea andaluza, una niña recoge margaritas mientras imagina historias de otro tiempo y otro lugar. Siempre anda distraída imaginando, inventando cosas que no sucedieron. Aventuras de ermitaños sabios escondidos en cuevas, de sirenas que hacían amistad con humanas, de guerreros y brujas, de princesas y príncipes, por supuesto.

A veces sus sueños le dan material para nuevos relatos, en otras ocasiones el puro deseo de aventuras la lleva a imaginar mundos más estimulantes que el propio. Una niña creciendo en una ciudad, con una realidad un poco aburrida, encuentra la salida perfecta en las historias, propias y ajenas, inventadas o reales, que va encontrando a su paso. A veces las escribe, otras, sólo se deja arrullar por ellas en su imaginación.

Supongo que aquella niña era yo, porque recuerdo el prado y la sensación fresca en el aire, pero quien sabe, tal vez no sea más que una de las historias que he tejido sobre mí misma y que, con el tiempo, se ha convertido en una parte fundamental de lo que creo que soy.

Algo sí es cierto: nada me gusta más que una buena historia y, por suerte, he tenido la posibilidad de asomarme a muchas, algunas terribles y otras esperanzadoras, más o menos reales, nunca podré saberlo con certeza. Desde que comencé a dedicarme al trabajo social y a la investigación muchas personas me han confiado los relatos de sus vidas. O tal vez sea que las historias me andan buscando, porque saben que tienen en mi una fiel admiradora y buscan la manera de salir a mi encuentro.

Como dice el refrán a quien nace para martillo del cielo le caen los clavos. Pocas vocaciones tengo tan claras como mi amor por las historias. En un momento de mi vida incluso me dediqué a contarlas, a veces incluso encima de algún escenario. Tiempos aquellos, hace mucho ya. Ahora me conformo con esos momentos gloriosos de reencuentro con amigos lejanos, cuando me piden la última anécdota y yo me deleito en una descripción de hechos que encierra sorpresas y desenlaces inesperados.

A día de hoy sigo recurriendo a ellas cotidianamente, pues en mi trabajo actual son un gran aliado para explicar cosas que son difíciles de entender desde lo racional. No tengo que vender esta idea, puedes encontrar miles de cursos sobre Storytelling por ahí, están de moda, todos sabemos lo importantes que son las narrativas para cambiar las cosas.

Somos seres narrativos, desde que desarrollamos nuestro lenguaje abstracto de Homo Sapiens no hemos dejado de contarnos cuentos y ahí seguimos.

La cuestión es que llevo meses con una idea rondando en mi cabeza: ¿es posible que nuestra identidad, lo que pensamos que somos, no sea más que otro relato?

Nos contamos una y otra vez una historia personal que más que revisitada, está hecha unos zorros de tanto manoseo. Estamos convencidos de que nos ocurrieron cosas que tal vez sólo pasaron en nuestra imaginación. Al fin y al cabo, nuestra percepción de la realidad es muy limitada y la memoria no hace más que distorsionar los hechos desde la lectura emocional que queremos darle a nuestra historia.

¿Y si lo que somos fuera fruto de un relato más? Eso sí, sería el relato más importante de toda nuestra vida, ese que hemos tejido con todo el esmero para que sea creíble, para que nos permita caminar por ahí como seres verosímiles.

No tengo la respuesta a estas preguntas, no creo que se puedan responder con un rotundo sí o no, supongo que es cuestión de matices. Algunas cosas que nos contamos fueron reales, algunos rasgos que nos decimos tener estarán ahí, pero esta hipótesis me arroja luz sobre algunos casos de personas que conozco o a las que he intentado ayudar y que demuestran una profunda desconexión de la realidad y la identidad que le otorga su entorno. También me ayuda a entender por qué a veces mis certezas no se corresponden con las de aquellos que me rodean.

Pero lo más relevante de este tema es si podemos cambiar lo que somos modificando el relato que nos contamos sobre nosotros mismos. Es decir, tal vez si somos capaces de reinterpretar nuestra historia personal, de cuestionar al personaje que creemos ser, podremos reinventar nuestra propia identidad o, al menos, algunos rasgos de ella.

¿Tú qué crees?

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Cuba

Por fin llegó el momento, hace dos semanas, de tener un merecido descanso. Después de un año con mucho trabajo, dos proyectos diferentes en una organización gigantesca, más algunos proyectos pequeños en otros clientes, un año en el que tocó cerrar la casa y vivir con lo que cabe en una maleta a muchos miles de kilómetros, por fin, había llegado el momento de descansar.

No se trataban de unas vacaciones cualesquiera, al fin había conseguido dirigirme a un lugar tan especial y añorado para mí, al fin me iba a Cuba.

Es muy difícil explicar por qué hay lugares a los que te sientes unida desde tan joven: en parte por lo ideológico, por tu admiración a un pueblo que ha hecho algo diferente a todos los demás. Pero no sólo por eso, también porque siempre te has sentido perteneciente a un lugar que no conoces, a su música, a su gente y a la imagen que te haces en la cabeza de cómo debe ser.

Al fin volaba a esa pequeña isla del Caribe, el primer lugar en el que me he emocionado hasta las lágrimas cuando el avión ha tomado tierra y, sin embargo, el primer lugar del que vuelvo con una sensación amarga entre los labios, sin tampoco saber explicar muy bien por qué.

Cada viaje es una experiencia vital que te lleva hacia adelante, pero también hacia adentro, hacia los otros y hacia una misma. Este no era el viaje que me esperaba, la realidad que me he encontrado es mucho más cruda, mucho más doliente de lo que me hubiera gustado. Todo el lugar que ocupó la sorpresa y la indignación me dejaron sin ganas de bailar.

No puedo negar que ha sido divertido, es imposible no divertirse en Cuba, porque su gente decide cada día que la realidad no va a poder con ellos, no aún. Siempre están ahí para buscar contigo el lado más luminoso que les sea posible y yo les he seguido el juego, me he reído con ellos, he bailado sobre el montón de escombros de un país que lleva muchos años viniéndose abajo.

Sería demasiado simple decir que es el bloqueo norteamericano, no, es mucho más que eso. Es la cultura de funcionario de quien tiene trabajo proporcionado por el Estado, es la apatía que genera encontrar un muro siempre que quieres hacer algo, es el abandono absoluto de quien lleva demasiados años esperando que las cosas cambien.

Se trata de una realidad tan triste y cruel que me ha tenido triste muchos días. Me he negado a muchas cosas que cualquier turista suele hacer en Cuba: la foto con el puño en alto en la Plaza de la Revolución frente a la figura del Che, entrar en la Bodeguita del Medio, tomar un daiquiri en el Floridita… Todo eso me parecía un insulto al pueblo cubano. Llamadme radical, pero a mí no me salía.

Decir que es un país bonito sería para mí hacer como si no hubiera visto a los niños descalzos jugando al fútbol en las calles destrozadas. La belleza va mucho más allá de la estética y es ocultada por la injusticia de quien vive como no se merece.

Tomar café por las mañanas mientras regalas pastillas de jabón o caramelos a los que se acercan a ti, es una experiencia muy lejana a lo que considero unas vacaciones y, de fondo, ese tremendo espejo te dice al oído que eres mucho más pija de lo que pensabas, que no estabas preparada para ver cómo vive el 80% de la Humanidad, sus vidas de escasez y penuria. Tú que te pensabas alguien comprometido socialmente ahí estás, gastándote en una comida el dinero que gana una familia al mes. Chúpate esa, pobre niña rica y ahora vete a bailar al malecón haciendo como si no pasara nada.

La experiencia de Cuba me ha resultado tan brutal y chocante que volví enferma. Sí, puede que sólo un resfriado por dormir con aire acondicionado (un lujo que la mayoría de ellos no tienen), pero entre la fiebre pude ir sanando el dolor que me supuso ver un país que amo entre las ruinas del ego de uno de los mayores dictadores del siglo XX.

No puedo decir que haya sido terrible, porque también hubo hermosura, diversión y belleza. Puedo decir que me rompió los esquemas y el corazón y que voy a tardar mucho en volver allá, porque lo que no entendemos es muy difícil de disfrutar y de amar.

Tal vez el único problema es que tardé demasiado en volver a viajar y hubo demasiadas cosas que olvidé por el camino, o será esta maldita empatía la que no me permite mirar hacia otro lado. En cualquier caso, me alegro de haber estado allí, haber aprendido a navegar allí, haber paseado sus calles que huelen mal y mirado sus edificios descoloridos. Todo eso mereció la pena para conocer a la gente de aquel lugar, que me recordaron que, por encima de todo, estamos vivos y obligados a disfrutar de la fiesta, dejando a un lado las tonterías y aprovechando cada oportunidad de abrazarnos, darnos las gracias y decirnos “te quiero”.

La hora bruja

Debería irme a dormir, pero en esta época del año se escucha a las ranas cantar desde mi terraza. Ni un coche, las campanas de la iglesia dan las doce y no tengo sueño. Igual que el grillo incansable tengo ganas de cantar mi canción para quien quiera oirla.

He llegado hace un rato dando un paseo, desde casa de una amiga. Aún olía la lluvia que cayó esta tarde sobre el verde de la primavera que empieza a agostarse.

Me gusta vivir aquí, pisar estas calles llenas de agujeros, donde aún quedan árboles y porquerizas.

O tal vez debería decir sólo que me gusta vivir, por más simple que parezca, aunque nunca es demasiado obvio. Al menos a mí nunca me sobra este sentimiento de sorpresa y abundancia por la vida que se prodiga en cada rincón.

Debe ser la primavera, o que la semana pasada nos conmocionó la muerte de una joven vecina, lo que me ha hecho recordar que me gusta estar aquí, en este pueblo, en este cuerpo y en esta vida que me ha tocado vivir y que voy haciendo a mi medida, pactando con la realidad, que es más terca que yo a veces.

Tal vez sólo es que tenía mono de escribir, que necesitaba este rato de nocturnidad o que se me ha subido a la cabeza la Voll-Damn que me he tomado en casa de mi amiga, pero hay noches como esta en que necesito decirlo: doy gracias una y otra vez por lo que tengo.

Quizás perdí la cabeza, porque no me ha tocado la lotería, ni siquiera me he enamorado, así que me falta una justificación de esas que entendería cualquiera. Muchos podrían decir que mi vida es una pérdida de tiempo o de sentido y puede que lleven razón, pero para eso tendría que mirar todo lo malo, y no me apetece.

Se trata sólo de que hace unos años entendí que es una suerte estar aquí y, de vez en cuando, mi corazón lo recuerda.

Gracias por leerme en mis intermitencias y mis desvaríos nocturnos, porque vuestro apoyo es el origen de esta certeza. Con vosotros cerca todo merece la alegría.

Buenas buenas noches.

Qué bonita es…

¿Cómo escribir un blog personal si no quieres contar nada sobre ti y tu propia historia? Es curioso, aunque sólo te lean unas cuantas docenas de personas, hay muchas cosas de las que no quieres hablar. Resulta difícil evitar el exhibicionismo emocional, da miedo contar cosas no aportan nada a la vida de los demás y cuesta mucho explicar tus experiencias en un lugar en que cualquiera te puede leer.

Hoy, sin embargo, siento la necesidad de hablar de algo pequeño e insignificante, muy personal, que me ocurrió hace algunos años.

Digamos que era una época difícil, de esas en las que te toca frecuentar mucho los hospitales. Aquellos tiempos fueron intensos para mí y los que me rodeaban, una época de incomodidades y miedos que ahora queda ya muy lejana.

Uno de esos días, por primera vez en mi vida, me tocó visitar el área de Medicina Nuclear del hospital donde me trataban. Decidí ir sola, por inconsciencia y porque estaba cansada de que los que me querían tuvieran que hacer el esfuerzo constante de acompañarme a “cosas de médicos” en un proceso tan largo.

No recuerdo qué estación del año era, ni qué tal día hacía fuera. Recuerdo que entré en el hospital por pasillos que había recorrido muchas veces y que empezaba a conocer a la perfección. Luego me tocó bajar a la planta sótano, con pasillos enormes y desiertos, los recuerdo oscuros, con unos fluorescentes azulados y sin ventanas por ningún sitio. Recuerdo montones de sábanas amontonadas en el suelo junto a algunas puertas. Hoy pienso que tal vez todo aquello me lo haya inventado por el miedo que tenía, o por una reconstrucción posterior, teñida por las emociones, porque todo resulta demasiado sórdido para ser real. En cualquier caso, tiene lógica que Medicina Nuclear esté situada en un sótano, para proteger al resto del hospital de las radiaciones, probablemente tenga paredes recubiertas de titanio y cosas de esas que suenan como de ciencia ficción.

En uno de aquellos pasillos giré hacia una puerta que daba entrada a mi destino. Había mucha gente detrás de esas puertas y una pequeña ventanilla donde dejé mis volantes médicos y me indicaron que esperara.

Me giré para buscar un sitio donde sentarme y empecé a ver a mis compañeros de sala, recuerdo a personas de todas las edades, pero me impresionó la cantidad de niños en aquel sótano mal iluminado. La visión de un niño sin pelo es algo que despierta en cualquiera una avalancha de sentimientos y temores, por eso intenté hace años ser clown en un área de oncología infantil en un proyecto de voluntariado. Mi madre ya me había advertido: “hija, tú con prostitutas, yonquis y todo eso lo haces muy bien, pero de voluntaria en un hospital vas a durar dos días”. No le hice caso e intenté aguantar por llevarle la contraria, como hacía siempre, pero a los dos meses tuve que aceptar que aquello no era para mí.

Y sin embargo aquel día, volvía a un escenario parecido, donde yo era una protagonista y no una clown que va a sacar una sonrisa de personas con problemas de salud. Pero bueno, yo tenía pelo, porque el cáncer fue clemente conmigo y no hizo falta, aunque no me libré de radiaciones y otras porquerías de la medicina contemporánea. Ese día iba a hacerme una prueba de contraste, poca cosa.

No sé cuánto tiempo estuve en aquella sala de espera, desde luego se me hizo eterno y me prometí que no volvería sola a Medicina Nuclear. Cuando me hicieron pasar, por fin, entré en una habitación grande llena de aparatejos venidos del futuro, la mayoría de ellos eran aparatos de radiología que me flipaban, con miles de botones que vete a saber para qué servirían.

Me llevaron delante de un aparato enorme de metal, con un gran círculo de un material diferente, también metálico. Me dijeron que tenía que quitarme la ropa de cintura para arriba y pegarme a ese círculo, lo hice. Estaba sentada en una silla y tenía que mantener el cuello y el tórax pegado al aparato, permanecer quieta en esa posición durante unos veinte minutos y que si me movía habría que repetir la prueba.

La posición era incomodísima, el respaldo de la silla me quedaba demasiado lejos y el cuello y la espalda me dolían horrores pasados cinco minutos. No podía moverme y tenía que aguantar el dolor, no había nadie más en la habitación. Eran lentejas. Para más inri, frente a mi vista había un poster horrible pegado en la pared, de esos en blanco y negro en los que aparecen niños vestidos de mayores con un aire vintage: el niño con traje y sombrero demasiado grandes le está dando una flor a una niña con un vestido años veinte con encajes y flores en el pelo. Había visto mil veces esos posters y les tenía una animadversión especial. En este caso, además, la imagen estaba coronada por una frase en tipografía horrible y letras color arcoiris (conocéis esa perversión del wordart, verdad?) que rezaban “qué bonita es la medicina nuclear”.

Tuve 20 minutos para memorizar aquel poster, y otro parecido que había justo al lado. Alguien debió hacerlos ex-profeso para aquella sala, porque no creo que haya muchos catálogos de carteles que rezen “qué bonita es la medicina nuclear”. Pensé que sería cuestión de frikis de su trabajo, gente a la que le apasionaba lo que hacía, aunque con un gusto estético un tanto cuestionable.

Han pasado ya muchos años desde aquello, como unos siete u ocho. Muchas cosas de mi vida han cambiado, quedó atrás aquella época tan difícil. Ahora me dedico a hacer mejores lugares de trabajo para que las personas puedan sacar todo su potencial, a veces trabajo con los equipos para que reinventen la estética de sus oficinas, como aquel que quiere darle un nuevo look a su hogar. A veces trabajamos sobre carteles que definan nuestra identidad como grupo y nuestros valores.

Llevo meses preguntándome si la importancia que le doy a estos temas no tendrá que ver con aquel cartel insignificante en uno de los entornos más sórdidos que he conocido, porque hoy entiendo sus letras color de arcoiris y la intención que había detrás. El amor y el cuidado al propio trabajo como algo que aporta luz a otras personas, sea donde sea. El cuidado del otro a través de los pequeños detalles. La manifestación de la identidad corporativa como una forma de sentir nuestra misión en la vida.

No siempre tenemos un diseñador a mano que nos ayude a hacerlo super cool, pero la intención es lo que cuenta y deberíamos ser conscientes que esa intención atraviesa la memoria y las épocas duras. Aunque estuviera escrito en comic sans, el mensaje seguiría llegando, porque no hay nada tan poderoso como un trabajador que quiere aportar su parte a la vida de los demás.

Octubre

Estrenamos el mes de las tardes cortas, de sacar abrigo y refugiarnos en casa. Este mes caerán las hojas de los árboles, ya lo sabemos. Otro mes que viviremos y luego pasará, que nunca volverá a repetirse.

A veces, en octubre, es lo que pasa.

Cuando nada sucede,
y el verano se ha ido,
y las hojas comienzan a caer de los árboles,
y el frío oxida el borde de los ríos
y hace más lento el curso de las aguas;

cuando el cielo parece un mar violento,
y los pájaros cambian de paisaje,
y las palabras se oyen cada vez más lejanas,
como susurros que dispersa el viento;

entonces,
ya se sabe,
es lo que pasa:

esas hojas, los pájaros, las nubes,
las palabras dispersas y los ríos,
nos llenan de inquietud súbitamente
y de desesperanza.

No busquéis el motivo en vuestros corazones.
Tan sólo es lo que dije:
lo que pasa.

Ángel González

Poco más se puede decir cuando ha hablado el poeta, aunque, el músico, siempre tendrá la última palabra.

Pedro Guerra – A veces, en octubre, es lo que pasa

Los que se marchan de Omelas

Ursula K. Le Guin es un hallazgo literario y un regalo. Hija de Alfred y Theodora Kroeber, dos eminentes antropólogos estadounidenses, Ursula siempre tiene un toque de etnografía en sus novelas. Cuando inventa mundos imaginarios  estos resultan coherentes a nivel cultural pero también ajenos y desconcertantes. Resulta que, a través de su literatura, ella termina realizando una especie de “antropología ficción”. Los mundos que crea son metáforas de este (como ya hicieron otras escritoras de ciencia ficción, entre las cuales necesito destacar a Marion Zimmer Bradley), nos hacen pensar sobre nosotros mismos.

Mis motivos para admirar a esta escritora son muchos: su fuerte influencia taoísta, el papel de las mujeres en su obra, o su toque de anarquismo. Pero el motivo por el que llevo años siguiéndola es la sinceridad con que aborda los procesos personales de cambio. Claro ejemplo de esto es la serie de Terramar, una obra imprescindible.

En fin, no me lío más. Os dejo con un relato especial. Extraído del libro Las doce moradas del viento.

Espero que os guste (o que nos haga pensar).

§

Los que se marchan de Omelas (1998)

Con un repicar de campanas que echaba a volar las golondrinas, el Festival de Verano llegaba a la ciudad de Omelas, torres brillantes junto al mar. En la bahía, chispeaban banderas en las jarcias de los barcos. En las calles, entre casas de tejado rojo y paredes pintadas, entre jardines musgosos y bajo avenidas de árboles, frente a grandes parques y edificios públicos, avanzaban las procesiones. Algunas eran sobrias: ancianos con largas y rígidas túnicas color malva y gris, graves maestres de cada oficio, mujeres apacibles y alegres que llevaban sus niños y caminaban parloteando. En otras calles la música era más rítmica, un trepidar de gongs y panderos, y la gente iba danzando, la procesión era una danza. Los niños correteaban de aquí para allá, y sus chillidos estridentes se elevaban sobre la música y el canto como el vuelo raudo de las golondrinas. Todas las procesiones se dirigían al lado norte de la ciudad, donde en el gran prado llamado Campos Verdes muchachos y muchachas, desnudos en el aire brillante, los pies y los tobillos enlodados, los brazos largos y ágiles, ejercitaban los caballos resoplantes antes de la carrera. Los caballos no usaban ningún arreo, salvo una brida sin bocado. Tenían las crines orladas con banderines plateados, dorados y verdes hacían aletear los ollares y coceaban y alardeaban entre sí; estaban muy excitados, pues el caballo es el único animal que ha adoptado como propias nuestras ceremonias.

Allá lejos, al norte y al oeste, las montañas se erguían casi arrinconando a Omelas contra la bahía. El aire de la mañana era tan límpido que la nieve que todavía coronaba los Dieciocho Picos aún ardía con un fuego oro blanco a través de millas de aire luminoso, bajo el azul oscuro del cielo. Soplaba apenas viento suficiente para que los estandartes que marcaban la pista de carreras chasquearan y flamearan de vez en cuando.

En el silencio de los anchos prados verdes se oía la música serpeando por las calles de la ciudad, más lejos y más cerca y siempre aproximándose, una gozosa y tenue dulzura del aire que de vez en cuando tiritaba y se arracimaba y estallaba en el clamoreo inmenso y alegre de las campanas.

¡Alegre! ¿Cómo se puede nombrar la alegría? ¿Cómo describir a los ciudadanos de Omelas?

Ante todo; no eran gente simple, aunque eran felices. Pero hoy día las palabras de júbilo han caído en desuso. Todas las sonrisas se han vuelto arcaicas. Ante una descripción como ésta uno tiende a hacer ciertas presunciones. Ante una descripción como ésta uno también tiende a buscar al rey, montado en un espléndido corcel y rodeado por sus nobles caballeros; o quizá tendido en una litera dorada llevada por esclavos musculosos. Pero no había rey. No usaban espadas, ni tenían esclavos. No eran bárbaros. No conozco las normas ni las leyes de esa sociedad, pero sospecho que eran singularmente escasas. Así como se arreglaban sin monarquía ni esclavitud, también podían prescindir de la bolsa de valores, la publicidad, la policía secreta, y la bomba. Sin embargo debo repetir que no eran gente simple, ni bucólicos pastores, ni buenos salvajes, ni utopianos blandos. No eran menos complejos que nosotros. El problema es que tenemos la mala costumbre, alentada por los pedantes y los sofisticados, de considerar la felicidad como algo bastante estúpido. Sólo el dolor es intelectual, sólo el mal es interesante. Esa es la traición del artista: una negativa a admitir la trivialidad del mal y el tedio espantoso del dolor. Si no puedes vencerlos, únete a ellos. Si duele, repítelo. Pero elogiar la desesperación es condenar el deleite, adherir a la violencia es perder de vista todo lo demás. Casi lo hemos perdido; ya no sabemos describir a un hombre feliz, ni celebramos la alegría. ¿Cómo puedo contaros sobre la gente de Omelas? No eran niños ingenuos y felices, aunque es cierto que sus niños eran felices, eran adultos maduros, inteligentes, apasionados, cuyas vidas no eran sórdidas. ¡Oh milagro! Pero ojalá pudiera describirlo mejor. Ojalá pudiera convenceros. Omelas suena en mis palabras como una ciudad de cuentos de hadas, hace tiempo y allá lejos, érase una vez. Tal vez sería mejor si la imaginarais según vuestra propia fantasía, esperando que la ciudad esté a la altura de la ocasión, pues por cierto no puedo conformaros a todos.

Por ejemplo. ¿qué diremos de la tecnología? Pienso que no habría coches ni helicópteros en y sobre las calles; es natural, considerando que los habitantes de Omelas son gente feliz. La felicidad se basa en una discriminación justa entre lo que es necesario, lo que no es ni necesario ni destructivo, y lo que es destructivo. En la categoría intermedia, sin embargo -lo innecesario pero no destructivo, el confort, el lujo, la exuberancia, etcétera-, bien podían tener calefacción central, trenes subterráneos, máquinas de lavar, y toda suerte de artefactos maravillosos aún no inventados aquí, fuentes lumínicas flotantes, energía sin combustible, una cura para el vulgar resfrío. O podrían no tener nada de eso: lo mismo da. Como gustéis. Yo me inclino a pensar que los habitantes de los pueblos costeros de la zona han estado llegando a Omelas durante los últimos días antes del Festival en trenecitos muy rápidos y tranvías de dos pisos, y que la estación ferroviaria de Omelas es en verdad el edificio más elegante de la ciudad, aunque más sencillo que el suntuoso Mercado de los Granjeros. Pero aunque haya trenes, temo que hasta ahora Omelas os parece demasiado idílica. Sonrisas, campanas, desfiles, caballos, bah. En tal caso, añádase una orgía. Si una orgía ayuda, no hay por qué titubear. No agreguemos, sin embargo, templos de donde bellos sacerdotes y sacerdotisas desnudas salen casi en éxtasis y prontos para copular con cualquier hombre o mujer, amante o desconocido, que desee unirse con la profunda naturaleza divina de la sangre, aunque ésa fue mi primera idea. Pero en verdad sería mejor no tener templos en Omelas: al menos, no templos con sacerdotes. Religión sí, clero no. Por cierto, las beldades desnudas pueden vagabundear sin más, ofreciéndose cómo manjares divinos para el hambre de los necesitados y la fascinación de la carne. Que se unan a las procesiones. Que los panderos resuenen por encima de las copulaciones, y la gloria del deseo sea proclamada en los gongs, y (un detalle nada baladí) que los retoños de estos deliciosos rituales sean amados y cuidados por todos. Sé que algo no existe en Omelas, y es la culpa. ¿Pero qué más debería haber?

Al principio pensé que no había drogas, pero eso es puritanismo. Para quienes gustan de ello, la dulzura tenue y punzante del druz puede perfumar los caminos de la Ciudad, el druz que primero propicia una gran lucidez mental y agilidad corporal, y al cabo de unas horas una somnolienta languidez, y al fin maravillosas visiones de los mismos arcanos y secretos íntimos del Universo, además de estimular el placer sexual más allá de todo lo imaginable; y no crea hábito. Para los gustos más modestos creo que debería haber cerveza. ¿Qué más, qué más habrá en la ciudad de la alegría? La sensación de triunfo, desde luego, la celebración del coraje. Pero así como prescindimos del clero, prescindamos de los soldados. La alegría construida sobre una matanza victoriosa no es una alegría limpia; no conduce a nada, es temible y es frívola. Una sensación ilimitada y generosa, un triunfo magnánimo que no nace de la hostilidad contra un enemigo externo sino de la comunión entre las almas más refinadas y bellas de los hombres de todas partes y el esplendor del verano del mundo: esto es lo que inflama los corazones de la gente de Omelas, y la victoria que celebran es la victoria de la vida. En realidad no creo que muchos necesiten tomar druz.

La mayoría de las procesiones ha llegado ahora a los Campos Verdes. Un maravilloso olor a comida brota de los puestos rojos y azules de los proveedores. Los niños tienen pegotes deliciosos en la cara, de la benigna barba gris de un hombre cuelgan dos migajas de un rico pastel. Los jóvenes y las muchachas han montado a caballo y se están agrupando alrededor de la línea de largada de la pista. Una vieja, baja, gorda, risueña, está repartiendo flores de un canasto, y hombres jóvenes y altos usan las flores en la melena brillante. Un niño de nueve o diez años está sentado en el linde de la muchedumbre, solo, tocando una flauta de madera. La gente se detiene a escuchar, y sonríe, pero nadie le habla porque el niño nunca deja de tocar y nunca ve a nadie, los ojos oscuros profundamente sumidos en la magia dulce e inaprensible de la melodía. Concluye, y baja lentamente las manos que empuñan la flauta de madera. Como si ese pequeño silencio privado fuera la señal, la trompeta trina de repente en el pabellón de la línea de largada: imperiosa, melancólica, penetrante. Los caballos corcovean, y algunos responden con un relincho. Serenos, los jóvenes jinetes acarician el pescuezo de los caballos y los tranquilizan, susurrando: “Calma, calma, mi belleza, mi esperanza…” Empiezan a formar una fila en la línea de largada. Junto a la pista, las multitudes son como un campo de hierba y flores al viento. El Festival del Verano ha comenzado.

¿Lo creéis? ¿Aceptáis el festival, la ciudad, la alegría? ¿No? Pues entonces describiré algo más.

"Starving Child", 2010, by Anthony Peter Iannini

En los cimientos de uno de los hermosos edificios públicos de Omelas, o quizá en el sótano de una de las amplias moradas, hay un cuarto. Tiene una puerta cerrada con llave, y ninguna ventana.

Un tajo de luz polvorienta se filtra entre las rendijas de la madera, después de atravesar una ventana cubierta de telarañas en alguna parte del sótano. En un rincón del cuarto hay un par de estropajos, duros, sucios, hediondos, junto a un balde oxidado. El suelo es mugre, un poco húmeda al tacto, como suele ser la mugre de los sótanos. El cuarto tiene tres metros de largo por dos de ancho: una mera alacena o galpón en desuso. En el cuarto está sentado un niño. También podría ser una niña. Aparenta seis años, pero tiene casi diez. Es débil mental. Tal vez lo es de nacimiento, o quizá lo imbecilizaron el miedo, la desnutrición y el descuido. Se escarba la nariz y de vez en cuando se palpa los pies o los genitales, mientras está acurrucado en el rincón más alejado del balde y los estropajos. Tiene miedo de los estropajos. Le parecen horribles. Cierra los ojos, pero sabe que los estropajos están todavía allí; y la puerta tiene llave; y no vendrá nadie. La puerta siempre tiene llave; y nunca viene nadie, excepto que a veces el niño no comprende el tiempo ni los intervalos de tiempo, a veces, la puerta cruje horriblemente y se abre, y entra una persona, o varias personas. Una de ellas quizá se acerque y patee al niño para obligarlo a levantarse. Las otras nunca se acercan, sino que lo observan con ojos aprensivos y asqueados. Le llenan apresuradamente el cuenco de comida y la jarra de agua, cierran la puerta, los ojos desaparecen. La gente de la puerta nunca dice nada, pero el niño, que no siempre ha vivido en ese cuartucho, y puede recordar la luz del sol y la voz de la madre, a veces habla. “Me portaré bien”, dice. “por favor, quiero salir. ¡Me portaré bien!” Nunca le responden. Antes el niño pedía ayuda a gritos durante la noche, y lloraba mucho, pero ahora sólo emite una especie de quejido, “ueh-haa, eh-haa”, y cada vez habla menos. Es tan raquítico que no tiene pantorrillas; le sobresale el vientre; se alimenta de medio cuenco de cereal y grasa por día. Está desnudo. Las nalgas y los muslos son una masa de úlceras infectas, pues está continuamente sentado sobre sus propios excrementos.

Todos saben que está ahí, todos los habitantes de Omelas. Algunos han venido a verlo, otros se contentan meramente con saber que está ahí. Todos saben que debe estar ahí. Algunos entienden por qué, y algunos no lo entienden, pero todos entienden que su felicidad, la belleza de su ciudad, la ternura de sus amistades, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus eruditos, la habilidad de sus artesanos, incluso la abundancia de sus cosechas y el aire templado de sus cielos, dependen absolutamente de la abominable desdicha de este niño.

Normalmente explican esto a los hijos cuando ellos tienen entre ocho y doce años, cuando parecen capaces de comprenderlo; y la mayoría de los que vienen a ver al niño son personas jóvenes, aunque muchas veces hay adultos que vienen, o vuelven, a ver al niño. Por precisas que sean las explicaciones que han recibido, estos jóvenes espectadores siempre se escandalizan y asquean ante el espectáculo. Sienten náuseas, aunque se creían por encima de esa sensación. Sienten furor, ultraje, impotencia, pese a todas las explicaciones. Les gustaría hacer algo por el niño. Pero no pueden hacer nada. Sería bueno poder llevar al niño a la luz del sol, sacarlo de ese lugar aberrante: limpiarlo y alimentarlo y confortarlo; pero si se hiciera, la prosperidad y la belleza y el deleite de Omelas se marchitarían y secarían ese mismo día, esa misma hora. Esas son las condiciones. Cambiar toda la bondad y gracilidad de cada vida de Omelas por esa sola y pequeña buena acción, perder la felicidad de miles por la posible felicidad de uno: por cierto eso sería abrir las puertas a la culpa.

Las condiciones son estrictas y absolutas; al niño no se le puede dirigir ni siquiera una palabra de cariño.

A menudo los jóvenes vuelven a casa llorando, o tan furiosos que no pueden llorar, cuando han visto al niño y han enfrentado esta paradoja atroz. Quizá cavilen semanas o años. Pero con el tiempo empiezan a comprender que aunque soltaran al niño la libertad no le brindaría muchas cosas: el placer vago y pequeño de la tibieza y la comida, sin duda, pero no mucho más. Está demasiado degradado e imbecilizado para gozar realmente de la alegría. Ha temido demasiado tiempo para estar libre del miedo. En verdad, después de tanto tiempo es probable que fuera infeliz sin paredes que lo protejan, sin oscuridad para los ojos, sin excrementos donde sentarse. Las lágrimas vertidas por esa atroz injusticia se secan cuando empiezan a entender la terrible justicia de la realidad, y a aceptarla. Sin embargo esas lágrimas y esa furia, la generosidad puesta a prueba y la aceptación de la impotencia, son tal vez la verdadera fuente del esplendor de sus vidas. No gozan de una felicidad vaporosa, irresponsable: Saben que ellos, como el niño, no son libres. Conocen la compasión. La existencia del niño, y el hecho de que ellos conozcan su existencia, posibilita la nobleza de su arquitectura, la hondura de su música, la profundidad de su ciencia. Es por causa del niño que tratan tan bien a los niños. Saben que si ese desdichado no estuviera acurrucado en la oscuridad, el otro, el flautista, no podría ejecutar una música alegre mientras los jóvenes y bellos jinetes se alinean para la carrera al sol de la primera mañana de verano.

¿Ahora creéis en ellos? ¿No son más convincentes? Pero hay algo más para contar, y esto es absolutamente increíble.

En ocasiones, uno de los adolescentes que vino a ver al niño no vuelve al hogar dominado por la furia o el llanto, no vuelve simplemente al hogar. De vez en cuando un hombre o una mujer de más edad guardan silencio un par de días, y luego se van. Esta gente sale a la calle, y echa a andar hasta salir de la ciudad de Omelas por las hermosas puertas. Siguen caminando a través de las tierras de labranza de Omelas. Cada cual va solo, muchacho o muchacha, hombre o mujer. Cae la noche; el viajero debe atravesar callejas de aldeas, entre casas con ventanas iluminadas de amarillo. Y luego salir a la oscuridad de los campos. Siempre solos, van al oeste o al norte, hacia las montañas. Siguen adelante. Abandonan Omelas, siguen caminando en la oscuridad, y no regresan. El lugar al cual se dirigen es un lugar aún menos imaginable para la mayoría de nosotros que la ciudad de la dicha. Ni siquiera puedo describirlos. Es posible que no exista. Pero ellos parecen saber adónde van, los que abandonan Omelas.

Úrsula K. Le Guin, Traducción de Carlos Gardini.

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