Choque cultural inverso

Unas 15 horas después de salir del DF me dirijo en mi coche desde el aeropuerto a casa. Tengo ganas de conducir después de siete meses sin hacerlo y tal como voy subiendo por la A1 siento la emoción de volver a ver la Sierra Norte, mi hogar, después de tanto tiempo. Es otoño, finales de noviembre y aún quedan algunos árboles amarillentos, pero ya el campo se ha vestido con el manto gris abrigadito con el que pasará el invierno.

Cuando paso el desvío de Cabanillas (la verdadera puerta de la sierra para mí) parece como si nunca hubiera recorrido esa carretera. La frondosidad americana quedó atrás y hoy los árboles me parecen más pequeños y canijos de cómo los recordaba. Mi retina llega cargada de verdes y enormidades y se ha olvidado ya de los campos de Castilla. Aún así es agradable recordar cada curva del camino, detrás de una de ellas está el Pico de la Miel, allá a lo lejos. Ahí vivo yo.

Llego a casa después de tantas horas, de tantos meses, con una maleta llena de colores y olores nuevos y me encuentro como frente a la cara de un difunto: tiene sus rasgos pero le falta espíritu. No es por el polvo, que alguien limpió unos días antes de mi llegada, pero tiene un toque gris y desangelado que me deja un poco helada aunque también hayan encendido la calefacción. Pienso “no importa, poco a poco recuperará su brillo” y así fue después de algunos días, algunos discos que echaba de menos y algunas velas por aquí y por allá.

A partir de ahí todo fue un asomarse con curiosidad a un lugar del pasado, para descubrir que yo había cambiado aunque no sabía muy bien en qué. Recuperé a mi gata, que es mi familia y juntas nos fuimos adaptando a unas semanas de descanso, sin rutinas. Algunos reencuentros, menos de los esperados y una vida en paréntesis que no sabía bien a dónde me llevaría.

Lejos de la comodidad que esperaba, empecé a sentir que no encajaba aquí y una tristeza poco razonable se fue apoderando de mi día a día hasta que, al fin, decidí investigar si podía tener relación con el hecho migratorio. Puede parecer una tontería, pero para una antropóloga, ponerle nombre a los fenómenos culturales que te ocurren tiene relevancia. Entonces, por primera vez en mi vida, comencé a leer sobre algo llamado “choque cultural inverso” y a sentirme aliviada.

Cuando emigramos nos parece que el momento más duro es la llegada a un nuevo país, que requiere de todas nuestras habilidades de aprendizaje y adaptación, de toda nuestra atención. Sin embargo, este hecho está lleno también de fascinación y sentido de la aventura, eleva nuestros niveles de adrenalina, nos hace sentir vivos. De lo que generalmente no hablamos, es del hecho de retornar después de unos meses o unos años y de lo duro que resulta.

Hay muchas explicaciones diferentes de por qué el retorno es tan difícil de vivir, en mi caso, el hecho fue que dejé en España un montón de decisiones vitales pospuestas, con la típica solución de “patada para adelante” cuando me marché. A la vuelta, todas esas situaciones sin resolver me estaban esperando, como buenas niñas, en fila india, pero yo lo había olvidado.

Comencé a preguntarles a algunos amigos que habían vivido fuera, la mayoría reconocían la dureza del retorno y la desubicación existencial que conlleva. Pocos sabían que se trataba de un patrón definido y me contaron cómo lo afrontaron: algunos volvieron a irse enseguida, otros lloraban desconsoladamente en su soledad sin saber el motivo y, casi todos, consideran que volverán a marcharse más tarde o más temprano, porque una vez que has vivido fuera, aprendes que es más fácil y gratificante irte que volver. Ese es el que llaman “el síndrome del eterno viajero” que se deriva del choque cultural inverso.

Ya han pasado cinco meses, estoy mejor después de haberme mudado de vuelta a Madrid, donde busco un poco más de actividad y resolver algunas de aquellas decisiones pendientes en mi vida. Creo que ya he conseguido aterrizar aquí, en parte gracias a haber retomado mi rutina laboral, que tanto amarra pero da sentido a los días. Sueño con volver a irme a vivir a otro lugar, hago mis planes, busco el momento en que podré hacerlo, sé que lo haré.

Mientras tanto sólo quería dejar esto aquí, por si alguien lo está buscando, en la dureza del retorno. Y retomar mis posts, que tan abandonados he tenido porque no sabía cómo contar lo que me pasaba por dentro y no había nada sobre lo que escribir que tuviera más sentido.

“Volver a casa” es una falacia, o el mundo está lleno de casas o no hay un sólo lugar en la vida adulta que sea seguro, ese remanso de paz que tanto añoramos es nuestro paraíso perdido, al menos si lo buscamos fuera de nosotros. Nuestro remanso de paz está dentro y el esfuerzo de construirlo y mantenerlo no para nunca, estemos donde estemos.

 

Entre dos aguas

Dos meses frenéticos en los que me he sentido feliz recorriendo Latinoamérica me trajeron a esta semana en la que, de pronto, no hay más certeza que la de mi regreso a España.

De pronto todo el mundo me lo repite: los de allí y los de acá insisten en lo poco que me queda y cada vez que lo hacen me siento morir.

Tienes ganas de irte o de quedarte? Te quedarías a vivir en el DF? Qué vas a hacer a partir de ahora? Nos vas a echar de menos? Son demasiadas preguntas y muy gruesas, no tengo respuesta para ninguna de ellas y sólo puedo pensar en lo mala que soy para las despedidas, cuánto me duelen en lo profundo y lo terrible que van a ser las 12h de vuelo del DF a Madrid.

Tengo ganas de todo a la vez: quiero irme y quiero quedarme, estar con los de aquí y los de allá al mismo tiempo, vivir en todas partes y a la vez estar en casa, lo quiero todo, quiero no tener que despedirme nunca más de nadie, porque se me rompe el corazón sólo de pensarlo. Para ustedes se va una gachupina que vivió por acá unos meses, para mí se me alejan todos ustedes, que tanto me dieron, que me acogieron como si yo lo mereciera. Así me dibujaron, no lo puedo evitar, las despedidas son lo más terrible a lo que me enfrento desde que era muy pequeña.

Con todo y esto lo único que sé responder cuando me dicen que ya pronto me voy es “déjenme estar!”. Aún me queda un mes y cacho, disfrutemoslo. Lo bueno de tener una espada de Damocles es que te hace sentir más viva. Me creerás o no, pero desde que regresé de Ecuador y me quedan los días contados, México sabe más a México.

Debe tratarse de algún poder remoto, nunca me había pasado añorar un tamal de cochinita mientras lo estás masticando, echar de menos a alguien mientras estás charlando con ella. No puedo vivir en el presente y en el futuro simultáneamente y por tanto, elijo el presente y esta decisión siempre llena todo de colores vívidos y momentos irrepetibles.

Cuando me despedí de mi amiga María ambas éramos conscientes de que las que se reencontrarían (no sabíamos exactamente cuándo) serían dos personas diferentes. Han pasado muchas cosas en España en estos meses y también en mí, vosotros y yo hemos vivido mil cosas que nos han cambiado. Abruma sólo pensar cómo voy a ver mi casa y mi entorno con estos ojos nuevos que traigo.

Estoy regresando, muy pronto tomaré ese avión y agotaré abrazos aquí y allá, pero mientras tanto espérenme tantito, permítanme estar presente, no nos despidamos aún, duele demasiado y aún nos queda el día de muertos, el concierto de Lila Downs, la cabalgata de alebrijes, muchas chelas y tacos, días de chamba y transformaciones imposibles. Queda vida por todas partes, cariños repartidos por un planeta enorme y hermoso. Permítanme estar presente para darles gracias a mis pies por todos los lugares a los que me trajeron.

Todo se acomoda

Abandonados os tengo, lo sé. No pretendo justificarme, no hace falta, si escribo aquí es porque me apetece y me gusta, pero cuando estoy baja de ánimos sólo escribo para mí.

En los días que amanezco con un nubarrón encima lo primero que hago es escribir tres páginas, en ellas vuelco todo lo que se me pasa por la cabeza, sin orden ni reglas, tal como me enseñó Julia Cameron en su impagable libro El camino del artista.

La vida aquí es toda una experiencia, pero no siempre es fácil. A favor tengo que cuando por fin llega el fin de semana parece que estoy de vacaciones, disfruto de mil sitios y experiencias que nunca creí que viviría. En esos días recupero la sensación de estar de viaje y consigo descansar y alimentar mi alma.

En los días de diario no tengo tiempo para nada que no sea trabajar y moverme por una ciudad que a veces me aplasta. Tengo la tremenda suerte de ir, casi todos los días, caminando al trabajo; este es un lujo muy poco frecuente en una ciudad tan enorme. Aún así, aunque disfruto lo que hago, el trabajo aquí es un gran reto a muchos niveles y suele exigir de mi todo lo que soy.

El cansancio de este último año se ha escondido en los pliegues de mi consciencia para permitirme continuar hacia adelante, pero hace dos semanas la añoranza se coló por una ventana abierta y ya nada ha vuelto a ser lo mismo.

Era un sábado por la tarde, el 30 de julio. En ese momento recordé que mi vuelo de vuelta a casa estaba cerrado para ese día, aunque lo cambié para finales de noviembre porque decidí renovar mi contrato. En ese momento me imaginé volviendo a casa y sentí que no quería hacer otra cosa que estar de vuelta.

Es curioso, porque yo decidí renovar y quedarme, pero en ese momento empecé a pensar que ya podría haber terminado esta etapa tan agotadora. En ese momento empecé a ser víctima de mí misma y de todas las trampas que me regalo cuando las situaciones de mi vida son exigentes.

Hoy vuelvo a escribir porque comienza a brillar un poco de luz en este camino. El tiempo pasa rápido, antes de que me de cuenta estaré de vuelta y corro el peligro de mirar hacia atrás y sentir que no he aprovechado todo lo que este momento me ofrecía.

Sé que el cansancio no es excusa, que se trata de cómo vivo las cosas y que aquí, más que en ningún otro lugar ahora mismo, tengo la oportunidad de aprender a vivir como la persona que me gustaría ser. Quiero dejar atrás esta tendencia al dramaquinismo, empezar a decidir qué acontecimientos y qué personas pueden influirme. Estoy lo suficientemente lejos para no tener muletas con las que caminar, aunque gracias al cielo tengo amigos (cerca y lejos) con los que pensar y reír, para ayudarme a tomar decisiones.

Por ahora uno de los aprendizajes más importantes está siendo que no hay excusas, que sólo tienes que dejarte disfrutar, respirar, cantar cada día, bailar de vez en cuando y buscar lo que nutre tu espíritu.

Ya sé, estoy un poco moñas, casi en plan autoayuda, pero es que me toca crecer y mirar adentro para entender por qué me pongo palos en las ruedas.

En todo esto hay mil cosas buenas, entre otras que la semana que viene al fin podré tener un descanso en este año tan intenso de trabajo. Me voy a Cuba, uno de los países que llevo décadas queriendo conocer. Ahora, por fin, toca realizar algunos de los sueños que se me durmieron en los brazos.

Tengo mucho que contaros, muchos posts empezados, muchas ganas de comerme los tres meses que me quedan aquí. Desde Cuba no podré hacerlo. Me voy al apagón digital de un país sin apenas internet, pero prometo volver renovada.

Entre los muchos regalos que México tenía para mí están sus refranes, hay uno que se me tatuó en el cerebro: la carga en el camino se acomoda. Sigamos caminando pues, para que todo se acomode, deje de pesar y podamos continuar siempre hacia adelante.

Viernes de quincena

En esta ciudad ruidosa y llena de gente fui a vivir justo encima de un guitarrista. Es un extraño designio el que une mi vida a la de los músicos: por un lado me encanta disfrutar de su arte, por otro, sufro los inconvenientes de tenerlos cerca, como ahora, un lunes por la noche, escucharle ensayar mientras yo quiero ir a dormir. Le doy vueltas a la posibilidad de bajar y proponerle que pactemos un horario, porque el jueves pasado estuvo hasta las dos de la madrugada mejorando su técnica con el rock n´roll.

Esto me pasa por venirme a vivir a la bohemia Colonia Roma, lleno de toda la intelectualidad más internacional de la Ciudad de México, o DF como aún les gusta llamarla a sus habitantes, que se resisten a los cambios de timón de una clase política aún más caprichosa que la española. Aquí vivió y mató a su esposa (por un estúpido accidente) el escritor William Burroughs en los años 50.

Hace ya casi tres meses que ando por estas tierras, muy poco, dicen los lugareños, pero a mí me parece mucho para alguien que está de paso. En este tiempo ya aprendí un innumerable número de palabras que me ayudan a desenvolverme: maguei (maiz), popote (cañita), totopo (nacho), cobija (manta), closet (armario), recámara (habitación), cajeta (dulce de leche), chapulín (saltamontes), mascabado (azúcar moreno) y algunas conjugaciones del verbo “chingar” cuyas acepciones no creo que termine de aprender en mi vida entera.

Han pasado muchos días desde aquella primera mañana en que pregunté a un señor cómo llegar a Chapultepec y no entendí su respuesta, porque aunque digan que hablamos el mismo idioma no es cierto. Ni por las palabras que usamos, ni por cómo las cantamos ni por el doble sentido que encierran. Ya me cambió un poquito la forma de hablar, ahora es una mezcla entre andaluz y mexicano que dicen que es muy graciosa. Me voy dando cuenta cuánto me gusta adaptarme, cómo me esfuerzo por mimetizarme.

Ya probé mil sabores nuevos, hice amigos, conocí lugares y formas de vivir muy diferentes a los que conocía. Ya me gusta el chile en la fruta y aprendí a cruzar las calles sin riesgo para mi supervivencia. Tengo un mapa mental de esta ciudad gigantesca de la que sólo recorrí una pequeña parte. Apenas salí al resto del país y no voy a poder ir muy lejos por asuntos demasiado largos de contar aquí que incluyen permisos de extranjería y dobles tributaciones fiscales.

Aún no visité museos, no los prioricé. Preferí mezclarme entre el bullicio de las calles. Ayer entré al Castillo de Chapultepec 20 minutos antes de que cerrara (nota mental: revisar los horarios antes de visitar los museos) y ahora necesito entender más la historia de este país gigante y bravo con el que tanta historia tengo en común.

Intento ser muy precavida a la hora de sacar conclusiones sobre una cultura tan diferente, me muerdo la lengua por no apresurarme, por no herir la sensibilidad de mis anfitriones. Aún así las diferencias saltan a la vista y también las similitudes. Y como en todos los lugares, hay gente de todos los colores, condiciones y formas de pensar.

El otro día una amiga me planteaba si los mexicanos no son para mí como ratas de laboratorio, haciendo referencia a mi interés antropológico en su forma de vida. Le decía, sin haberlo pensado muy bien antes, que en ese análisis puede haber dos sujetos de estudio: el otro o uno mismo. Reflexionaba en voz alta sobre cómo el contacto con lo diferente te hace darte cuenta de cosas respecto a ti misma que nunca antes habías podido apreciar.

No es del todo cierto, es muy difícil no observar, juzgar y prejuzgar al que es diferente, pero me gusta esa forma de verlo en que esta experiencia va a cambiar mi forma de vivir y de entender el mundo, intentando aprender todo lo bueno que hay aquí.

Por cierto, el viernes de quincena es un momento que me fascina. Aquí el salario se cobra quincenalmente y, cuando ese día coincide en viernes la ciudad se colapsa, todo el mundo se echa a la calle, el tráfico se pone imposible, los bares se llenan, el centro está a reventar. Si normalmente sorprende ver las calles con tanta gente, estos días son toda una experiencia. 25 millones de personas dan para mucho y esta ciudad no descansa.

Desde aquí Madrid se ve como un lugar pequeño y tranquilo, demasiado contaminado para la poca población que tiene. Europa se ve como un lugar sin niños, silencioso, de aceras lisas y muy iluminado al que le falta un poco de bullicio. A veces me parece incomprensible por qué no tenemos tianguis y, como dice mi amiga Ana, cómo podemos vivir sin tamales.

Buenos días amiguitos españoles, la cigarra ya dejó de tocar la guitarra, la hormiga se va a dormir.

Sólo lluvia

Desde que llegué aquí todas las tardes llueve. Menuda simpleza, por las tardes llueve. Pero esta lluvia es mucho más que unas gotas, es algo que sólo he conocido aquí.

No me preguntéis por qué, pero en este lugar habita una magia especial, no sabría decir dónde la encuentro ni por qué, ni a qué se debe que le de ese nombre.

Sólo sé que todas las tardes nos cubre una capa gris de nubes y hay un momento en que comienza a soplar un viento rabioso, en ese momento aligeras tus pasos o buscas refugio porque sabes que comenzará a llover, como todas las tardes.

¿Qué magia puede esconderse detrás de este fenómeno? Ni idea, pero en el momento en que el viento comienza a despeinarme se despiertan párrafos enteros de las novelas de García Márquez y siento ganas de viajar a zonas rurales de este vasto país. Quiero ver sus hogueras, entrar en sus casas, comer en sus platos, escuchar sus canciones.

No me preguntéis por qué pero aquí siento una magia especial que puede ser la de algo muy desconocido y lejano, siento que pueden pasar cosas extrañas e inexplicables que se cuentan de boca en boca hasta que alguien las recoge y las plasma en un libro, en un cuadro o en un museo.

Algún día me liberaré del banco donde trabajo y saldré a buscar esas historias, las magias escondidas en una tierra callada que cada tarde riega una lluvia impenitente. Porque estoy aprendiendo que si algo amo con todo mi ser son las historias, desde las simples a las que nos transforman y, sobre todo, las que me ocurren en primera persona.

Minientrada

Mariachis en la noche

Son las 12 de la noche del 25 de mayo en Ciudad de México. No sé si aquí será fiesta, porque hace diez minutos ha empezado a sonar una charanga en la calle, con trompetas y otros mil instrumentos que no distingo desde aquí. Deben estar por Avenida Reforma, donde están las altas torres de los bancos, donde yo trabajo, a unos 15 minutos andando.

No es frecuente esto de una charanga en la noche, es la primera vez que lo oigo en las dos semanas que llevo aquí. Generalmente a estas horas ya sólo escuchas ambulancias, el run-run continuo del tráfico y algunos helicópteros. Bueno, anoche sonó un timbre  que me despertó, por un momento pensé que era la alerta sísmica, de la que todo el mundo me ha hablado y que te avisa de que debes bajar a la calle, sin detenerte y sin entrar en pánico, para buscar un punto de reunión, que se supone que es un lugar seguro. Yo no bajé, tenía sueño y pensé por un momento que una alerta sísmica debía ser más insistente si quería que la tomaran en serio. Acerté, por lo visto.Punto Reunión

Como va a ser imposible dormir con todo este ruido voy a quedarme un rato escuchando a los mariachis (o los que sean que están montando la escandalera en la calle) y escribiendo este post, aún a riesgo de mañana caerme de sueño en el trabajo.

En realidad estoy medio cansada medio excitada, el trabajo exige de mí toda la concentración y toda la adrenalina, para entender qué pasa en un contexto con mil variables que no controlo. Estoy “on fire” casi todo el día. Luego salgo y tengo una ciudad inmensa ante mi, con mil estímulos. Con la lluvia torrencial de todas las tardes, que dura media hora, pero que es mejor evitar si no quieres acabar como una sopa.

Hoy necesitaba volver rápido del trabajo porque había quedado para una videoconferencia y del otro lado, en España, me esperaban a las dos de la mañana para poder charlar un rato. Así que invoqué a San Uber que se hizo esperar un buen rato y volví buscando una conexión que me funcionara, algo difícil de conseguir mientras se desata una tormenta del copón. Las conexiones aquí no son como en España, por mucho que nos quejemos. Podemos decir que Telcel hizo buena a Telefónica, lo cual no tiene mucho mérito.

Al menos hoy me dio tiempo de dedicar un ratito a mis cosas, porque no me fui a cenar por ahí, algo que disfruto mucho, sola o acompañada. Esta ciudad es un monstruo, pero cuando la vas conociendo aprendes que no pasa nada por andar sola por las calles durante la noche, por determinadas calles, entre las cuales está la calle en la que vivo.

A eso de las 11 empecé a escribir, pero me crucé en Skype con mi amigo Marc, que se ha ido a Australia como agile coach y aprovechamos para charlar y ponernos al día. Así que esta tarde fue intensa y emocional de tanto charlar con gente a la que quieres y que tienes lejos. Tanto es así que se me olvidó pagar la multa que me llegó hoy a casa de Madrid. Al final es difícil tener la cabeza en tantos sitios diferentes. El corazón puede que sea ubicuo, la mente no tanto.

Vaya, os iba a contar mil cosas más, pero los mariachis ya se han callado y voy a aprovechar para echar un sueñecito. Tengo tanto que contaros que sólo pensarlo me abruma y me pone muy difícil sentarme a escribir, porque no tengo ni idea de por dónde empezar, así que he decidido hacerlo de a poquitos, sin mucha ambición. A través de las cosas pequeñas espero que vayáis viendo mi mundo, lo grande es demasiado grande, sobre todo en esta ciudad, en este país, en este continente.

Buenas noches y mil besos con chile.

Vivir sin wi-fi

Domingo por la noche en Ciudad de México, pies hinchados, pelo despeinado, cansancio. Busco una conexión de datos que me permita comunicarme con vosotros, contaros algunas de las miles de cosas que pasan por aquí, atropelladas como la vida misma.

Pero en los últimos días todo se alió para desconectarme del mundo. Internet es un invento estupendo al que nos hemos acostumbrado rápidamente, ha cambiado nuestras vidas y sólo te das cuenta en el momento en que te falla tu conexión de datos.

Salir de tu zona de confort es tener que abandonar tu router, entregarte al Internet de los bares, depender de conexiones poco seguras y tener que contratar un prepago (porque no tienes acceso a un móvil de contrato si no eres residente en el país) con una cobertura de datos raquítica que te deja con el culo al aire en el momento más inoportuno.

Menos mal que casi todos los alquileres de Airbnb cuentan con conexión wi-fi. Hasta que fallan, como esta noche.

A esto tenemos que unir que mi móvil no pasa por su mejor momento, algo desde su interior está poniéndole palos en las ruedas, lo noto cuando se bloquea. Al pobre sólo le falta gemir para expresar su malestar, y eso que no tiene ni siquiera un año de vida. Parece ser que voy a tener que vaciarlo de fotos y demás cosas de interés y formatearlo, porque el móvil en esta ciudad, es un artículo de primera necesidad y os voy a contar por qué.

Cuando te vienes a vivir a Ciudad de México todo el mundo, tanto autóctonos como foráneos, te advierten de que no se te ocurra coger un taxi en la calle. Bueno, en realidad la gente de aquí sí lo hace, pero hay mil premisas a tener en cuenta que los que somos de fuera no controlamos ni remotamente. Los riesgos que corres son el secuestro, el robo y otras mil escenas que podéis imaginar y que no me da la gana de representar aquí. Pero hay una alternativa segura, barata y rápida: Uber. Sí amigos, esa empresa que se prohibió en España por temor a que alguien hiciera competencia al negociazo de los taxis.

Uber es lo mejor para moverse en Ciudad de México, porque sus vehículos están geoposicionados y sus chóferes súper fichados. Eso no quita que pasen cosas, como ocurrió unos días antes de que yo llegara, pero sí te asegura que cogerán al culpable. Lo malo en mi situación es que para moverte en Uber necesitas una conexión a Internet y un móvil que no se muera a cada minuto. Si no tienes esas dos cosas, tu libertad de movimientos está francamente limitada, especialmente de noche.

Hace dos semanas que estoy fuera de casa y echo de menos muchísimas cosas, muchísimas personas y un animalito: mi gata Calcetines. Por eso parece frívolo hablar de que te falta Internet, pero os reto a vivir en una ciudad gigantesca como esta sin poder llamar un Uber cuando lo necesitas.

Os prometo que pronto tendré mis fotos a mano, una buena conexión y podré relataros algo más de esta gran aventura que estoy viviendo. Mientras tanto millones de besos.

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