Cuba

Por fin llegó el momento, hace dos semanas, de tener un merecido descanso. Después de un año con mucho trabajo, dos proyectos diferentes en una organización gigantesca, más algunos proyectos pequeños en otros clientes, un año en el que tocó cerrar la casa y vivir con lo que cabe en una maleta a muchos miles de kilómetros, por fin, había llegado el momento de descansar.

No se trataban de unas vacaciones cualesquiera, al fin había conseguido dirigirme a un lugar tan especial y añorado para mí, al fin me iba a Cuba.

Es muy difícil explicar por qué hay lugares a los que te sientes unida desde tan joven: en parte por lo ideológico, por tu admiración a un pueblo que ha hecho algo diferente a todos los demás. Pero no sólo por eso, también porque siempre te has sentido perteneciente a un lugar que no conoces, a su música, a su gente y a la imagen que te haces en la cabeza de cómo debe ser.

Al fin volaba a esa pequeña isla del Caribe, el primer lugar en el que me he emocionado hasta las lágrimas cuando el avión ha tomado tierra y, sin embargo, el primer lugar del que vuelvo con una sensación amarga entre los labios, sin tampoco saber explicar muy bien por qué.

Cada viaje es una experiencia vital que te lleva hacia adelante, pero también hacia adentro, hacia los otros y hacia una misma. Este no era el viaje que me esperaba, la realidad que me he encontrado es mucho más cruda, mucho más doliente de lo que me hubiera gustado. Todo el lugar que ocupó la sorpresa y la indignación me dejaron sin ganas de bailar.

No puedo negar que ha sido divertido, es imposible no divertirse en Cuba, porque su gente decide cada día que la realidad no va a poder con ellos, no aún. Siempre están ahí para buscar contigo el lado más luminoso que les sea posible y yo les he seguido el juego, me he reído con ellos, he bailado sobre el montón de escombros de un país que lleva muchos años viniéndose abajo.

Sería demasiado simple decir que es el bloqueo norteamericano, no, es mucho más que eso. Es la cultura de funcionario de quien tiene trabajo proporcionado por el Estado, es la apatía que genera encontrar un muro siempre que quieres hacer algo, es el abandono absoluto de quien lleva demasiados años esperando que las cosas cambien.

Se trata de una realidad tan triste y cruel que me ha tenido triste muchos días. Me he negado a muchas cosas que cualquier turista suele hacer en Cuba: la foto con el puño en alto en la Plaza de la Revolución frente a la figura del Che, entrar en la Bodeguita del Medio, tomar un daiquiri en el Floridita… Todo eso me parecía un insulto al pueblo cubano. Llamadme radical, pero a mí no me salía.

Decir que es un país bonito sería para mí hacer como si no hubiera visto a los niños descalzos jugando al fútbol en las calles destrozadas. La belleza va mucho más allá de la estética y es ocultada por la injusticia de quien vive como no se merece.

Tomar café por las mañanas mientras regalas pastillas de jabón o caramelos a los que se acercan a ti, es una experiencia muy lejana a lo que considero unas vacaciones y, de fondo, ese tremendo espejo te dice al oído que eres mucho más pija de lo que pensabas, que no estabas preparada para ver cómo vive el 80% de la Humanidad, sus vidas de escasez y penuria. Tú que te pensabas alguien comprometido socialmente ahí estás, gastándote en una comida el dinero que gana una familia al mes. Chúpate esa, pobre niña rica y ahora vete a bailar al malecón haciendo como si no pasara nada.

La experiencia de Cuba me ha resultado tan brutal y chocante que volví enferma. Sí, puede que sólo un resfriado por dormir con aire acondicionado (un lujo que la mayoría de ellos no tienen), pero entre la fiebre pude ir sanando el dolor que me supuso ver un país que amo entre las ruinas del ego de uno de los mayores dictadores del siglo XX.

No puedo decir que haya sido terrible, porque también hubo hermosura, diversión y belleza. Puedo decir que me rompió los esquemas y el corazón y que voy a tardar mucho en volver allá, porque lo que no entendemos es muy difícil de disfrutar y de amar.

Tal vez el único problema es que tardé demasiado en volver a viajar y hubo demasiadas cosas que olvidé por el camino, o será esta maldita empatía la que no me permite mirar hacia otro lado. En cualquier caso, me alegro de haber estado allí, haber aprendido a navegar allí, haber paseado sus calles que huelen mal y mirado sus edificios descoloridos. Todo eso mereció la pena para conocer a la gente de aquel lugar, que me recordaron que, por encima de todo, estamos vivos y obligados a disfrutar de la fiesta, dejando a un lado las tonterías y aprovechando cada oportunidad de abrazarnos, darnos las gracias y decirnos “te quiero”.

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