Qué bonita es…

¿Cómo escribir un blog personal si no quieres contar nada sobre ti y tu propia historia? Es curioso, aunque sólo te lean unas cuantas docenas de personas, hay muchas cosas de las que no quieres hablar. Resulta difícil evitar el exhibicionismo emocional, da miedo contar cosas no aportan nada a la vida de los demás y cuesta mucho explicar tus experiencias en un lugar en que cualquiera te puede leer.

Hoy, sin embargo, siento la necesidad de hablar de algo pequeño e insignificante, muy personal, que me ocurrió hace algunos años.

Digamos que era una época difícil, de esas en las que te toca frecuentar mucho los hospitales. Aquellos tiempos fueron intensos para mí y los que me rodeaban, una época de incomodidades y miedos que ahora queda ya muy lejana.

Uno de esos días, por primera vez en mi vida, me tocó visitar el área de Medicina Nuclear del hospital donde me trataban. Decidí ir sola, por inconsciencia y porque estaba cansada de que los que me querían tuvieran que hacer el esfuerzo constante de acompañarme a “cosas de médicos” en un proceso tan largo.

No recuerdo qué estación del año era, ni qué tal día hacía fuera. Recuerdo que entré en el hospital por pasillos que había recorrido muchas veces y que empezaba a conocer a la perfección. Luego me tocó bajar a la planta sótano, con pasillos enormes y desiertos, los recuerdo oscuros, con unos fluorescentes azulados y sin ventanas por ningún sitio. Recuerdo montones de sábanas amontonadas en el suelo junto a algunas puertas. Hoy pienso que tal vez todo aquello me lo haya inventado por el miedo que tenía, o por una reconstrucción posterior, teñida por las emociones, porque todo resulta demasiado sórdido para ser real. En cualquier caso, tiene lógica que Medicina Nuclear esté situada en un sótano, para proteger al resto del hospital de las radiaciones, probablemente tenga paredes recubiertas de titanio y cosas de esas que suenan como de ciencia ficción.

En uno de aquellos pasillos giré hacia una puerta que daba entrada a mi destino. Había mucha gente detrás de esas puertas y una pequeña ventanilla donde dejé mis volantes médicos y me indicaron que esperara.

Me giré para buscar un sitio donde sentarme y empecé a ver a mis compañeros de sala, recuerdo a personas de todas las edades, pero me impresionó la cantidad de niños en aquel sótano mal iluminado. La visión de un niño sin pelo es algo que despierta en cualquiera una avalancha de sentimientos y temores, por eso intenté hace años ser clown en un área de oncología infantil en un proyecto de voluntariado. Mi madre ya me había advertido: “hija, tú con prostitutas, yonquis y todo eso lo haces muy bien, pero de voluntaria en un hospital vas a durar dos días”. No le hice caso e intenté aguantar por llevarle la contraria, como hacía siempre, pero a los dos meses tuve que aceptar que aquello no era para mí.

Y sin embargo aquel día, volvía a un escenario parecido, donde yo era una protagonista y no una clown que va a sacar una sonrisa de personas con problemas de salud. Pero bueno, yo tenía pelo, porque el cáncer fue clemente conmigo y no hizo falta, aunque no me libré de radiaciones y otras porquerías de la medicina contemporánea. Ese día iba a hacerme una prueba de contraste, poca cosa.

No sé cuánto tiempo estuve en aquella sala de espera, desde luego se me hizo eterno y me prometí que no volvería sola a Medicina Nuclear. Cuando me hicieron pasar, por fin, entré en una habitación grande llena de aparatejos venidos del futuro, la mayoría de ellos eran aparatos de radiología que me flipaban, con miles de botones que vete a saber para qué servirían.

Me llevaron delante de un aparato enorme de metal, con un gran círculo de un material diferente, también metálico. Me dijeron que tenía que quitarme la ropa de cintura para arriba y pegarme a ese círculo, lo hice. Estaba sentada en una silla y tenía que mantener el cuello y el tórax pegado al aparato, permanecer quieta en esa posición durante unos veinte minutos y que si me movía habría que repetir la prueba.

La posición era incomodísima, el respaldo de la silla me quedaba demasiado lejos y el cuello y la espalda me dolían horrores pasados cinco minutos. No podía moverme y tenía que aguantar el dolor, no había nadie más en la habitación. Eran lentejas. Para más inri, frente a mi vista había un poster horrible pegado en la pared, de esos en blanco y negro en los que aparecen niños vestidos de mayores con un aire vintage: el niño con traje y sombrero demasiado grandes le está dando una flor a una niña con un vestido años veinte con encajes y flores en el pelo. Había visto mil veces esos posters y les tenía una animadversión especial. En este caso, además, la imagen estaba coronada por una frase en tipografía horrible y letras color arcoiris (conocéis esa perversión del wordart, verdad?) que rezaban “qué bonita es la medicina nuclear”.

Tuve 20 minutos para memorizar aquel poster, y otro parecido que había justo al lado. Alguien debió hacerlos ex-profeso para aquella sala, porque no creo que haya muchos catálogos de carteles que rezen “qué bonita es la medicina nuclear”. Pensé que sería cuestión de frikis de su trabajo, gente a la que le apasionaba lo que hacía, aunque con un gusto estético un tanto cuestionable.

Han pasado ya muchos años desde aquello, como unos siete u ocho. Muchas cosas de mi vida han cambiado, quedó atrás aquella época tan difícil. Ahora me dedico a hacer mejores lugares de trabajo para que las personas puedan sacar todo su potencial, a veces trabajo con los equipos para que reinventen la estética de sus oficinas, como aquel que quiere darle un nuevo look a su hogar. A veces trabajamos sobre carteles que definan nuestra identidad como grupo y nuestros valores.

Llevo meses preguntándome si la importancia que le doy a estos temas no tendrá que ver con aquel cartel insignificante en uno de los entornos más sórdidos que he conocido, porque hoy entiendo sus letras color de arcoiris y la intención que había detrás. El amor y el cuidado al propio trabajo como algo que aporta luz a otras personas, sea donde sea. El cuidado del otro a través de los pequeños detalles. La manifestación de la identidad corporativa como una forma de sentir nuestra misión en la vida.

No siempre tenemos un diseñador a mano que nos ayude a hacerlo super cool, pero la intención es lo que cuenta y deberíamos ser conscientes que esa intención atraviesa la memoria y las épocas duras. Aunque estuviera escrito en comic sans, el mensaje seguiría llegando, porque no hay nada tan poderoso como un trabajador que quiere aportar su parte a la vida de los demás.

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Al máximo sin pasarse

No has escuchado a nadie en toda tu vida, yo tampoco. Si lo hubiéramos hecho esa experiencia nos habría transformado irremediablemente, habría un antes y un después.

Con esta hipótesis comienza Moisés Mato su monográfico del Teatro de la Escucha en la Sala Metáforas de Madrid, al que tuve la suerte de asistir el pasado septiembre. Cuando empiezas un curso escuchando semejante afirmación subes una ceja y piensas para tus adentros “se está equivocando, yo he escuchado a algunas personas, tal vez no muchas, pero lo he hecho y sé de qué va este rollo porque he estudiado muchísimo sobre comunicación”. Bueno, en realidad no sé con qué palabras pensé ese pensamiento, pero sé que subí la ceja, que mi ego se defendió y que sacó toda la artillería de mi soberbia para defenderse.

Todo el curso giró en torno a esta idea, nada más, así de sencillo. No hicimos otra cosa que abordar la escucha  desde diferentes perspectivas y ejercicios. Ya nos lo advirtió Moisés justo al principio, que sólo trataríamos una idea durante diez horas. Dicho así puede parecer el curso más cansino de la historia de la pedagogía, pero resultó todo lo contrario. Cuando quieres romper un patrón firmemente arraigado no puedes correr, tienes que dedicar todo el tiempo posible a la toma de conciencia sobre el error básico en el patrón.

Moisés me pareció un gran educador, con una visión un tanto particular y un concienzudo trabajo a sus espaldas no sólo respecto a técnicas, sino también respecto a la metodología y la teoría que sustenta su enfoque. Me quedo con el lema que nos transmitió durante todo el curso y que da título a este post. Representa la que debería ser nuestra actitud frente a la vida y a las relaciones personales para que se conviertan en significativas.

“Al máximo sin pasarse” significa explorar los límites de las relaciones, es escuchar y hablar totalmente. Puede que en algún momento nos pasemos de la raya, en ese momento corregiremos el rumbo, pero seguiremos explorando el límite. No hacerlo significa mantenernos en relaciones que no nos retan y, por tanto, no nos aportan valor. Pasarnos significa invadir el espacio en el que el otro no quiere que entremos y, por tanto, faltarle el respeto. Pero cuando la otra persona me lleva al límite, voy cogiendo confianza y ampliando mis propios límites, lo cual me ayuda a crecer.

Porque estamos explorando el límite, las relaciones humanas requieren tiempo para encontrar el equilibrio entre la tensión y la alegría. Este es el punto de encuentro entre dos personas, con nuestro trabajo y con cualquier cosa que merezca la pena ser vivida.

Una de las grandes habilidades de Moisés Mato es lanzar preguntas poderosas. La que más reveladora me resultó fue “¿A tu alrededor la gente crece?” Esa es la medida de que tus relaciones son significativas.

Esta es una sola de mis reflexiones sobre el Taller, no quiero contar más para no hacer “spoiler”, pero hay mucho más, básicamente una experiencia que te enfrenta a la parte de “status quo” que tienes interiorizada, un espejo en el que mirarte y mejorar, un juego con el que te diviertes y a la vez te conmueves.

Hemos cambiado la comunicación por el intercambio de palabras. Hemos asumido que las relaciones no deben tocar temas incómodos. Olvidamos que se puede crecer en sacrificio y en humildad, pactamos en relaciones de mínimos para no ir al límite. Todo esto he visto dentro de mi y también fuera.

Al tratarse de una metodología teatral trabajamos básicamente con el cuerpo, el movimiento, el contacto físico, la voz y otros elementos corporales. Sin embargo, no hace falta ser actor o actriz para hacer este curso, porque la dramatización es un recurso que sólo usamos en contadas ocasiones. Si te ha gustado, no dudes en apuntarte a la próxima edición.

Por cierto, gracias @islomar por animarme a escribir este post.

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