Bailar hasta que se acabe la música

Hay días en que ocurren cosas grandes, cosas que te apetece compartir con los demás. Así me pasa, tengo varios posts pendientes y muy poco tiempo para escribirlos, pero hoy necesito sacar un rato para contar algo realmente extraordinario que me ocurrió hace dos días, el día de los muertos.

Por “causalidades” de la vida, acompañé a mi amigo Joseba Barrenetxea a ver una obra de teatro. No tenía mucha más información, ni sobre la compañía, ni sobre la sala, ni sobre la experiencia que allí se proponía, así que fui un poco a ciegas, como me gusta a mí asomarme a las obras de arte. Ya de noche, llegamos a la Sala el Sol de York para ver “Bailando tus huesos”, de la compañía Teatro en el Aire. Según su propio eslogan: “una cena sensorial para morirse de gusto”.

No sé qué contar exactamente de lo que allí ocurrió sin hacer de spoiler, sin desvelar ninguna magia y sin comparar con nada que me hubiera ocurrido antes. Puedo contar que se trata de una catarsis, para veinte personas, en una cantina mexicana, magistralmente conducida por tres catrinas que generan una experiencia personal y colectiva difícil de olvidar. Allí se aborda un gran tema tabú, la muerte, como sólo los mexicanos saben hacerlo: con humor, reverencia, despreocupación y mucho arte, todo a la vez.

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“Al fin solos” de Joseba Barrenetxea

Aquella noche compartí una cena con desconocidos, reí a carcajadas, comí, bailé y lloré durante mucho, mucho rato. Supuso una oportunidad de asomarme al abismo de la ausencia en todas sus formas, a la brevedad de todo lo que nos rodea y a la urgencia por bailar mientras aún dure la música de nuestras vidas. Todo un aprendizaje vivencial, una oportunidad de mirar hacia dentro y alrededor para estar más vivos.

La experiencia estuvo guiada con delicadeza y maestría por tres grandes profesionales de la escena, a las que no puedo dejar de admirar por su capacidad y talento. Ahora viene momento spam: si tienes la oportunidad de ir a ver algún montaje de Teatro en el Aire no lo dudes, llama cuanto antes, porque las entradas se agotarán pronto y habrás perdido la oportunidad de nutrir tus sentidos y aprender algo nuevo.

Para redondear la noche, tras la representación tuve la inmensa suerte de compartir un buen rato con la compañía, charlar tranquilamente, dejarme empapar por el arte de quien ha sido capaz de crear semejante hermosura y regalarla a los demás. Fui consciente, una vez más, de que somos muchas personas compartiendo la necesidad de cambiar de enfoque, de ayudar a otras personas y a nosotros mismos a seguir creciendo.

Lo que allí ocurrió hace dos días no es tan diferente de lo que intentamos hacer todos los que trabajamos con procesos personales y de grupos: generar una experiencia significativa, que, como decía Lidia Rodríguez “aborda a las personas como si se tratara de una cebolla: primero una capa y luego otra, despacito, hasta llegar al núcleo”. Porque para facilitar el aprendizaje hace falta entender los procesos personales y saber guiar a los demás entre los estrechos recodos de la existencia. Al fin y al cabo, nos nutrimos más de la experiencia y de nuestros sentimientos que de aquello que nos cuentan.

Para terminar, comparto con vosotros con aquel brindis mágico, con tequila del rico, que espero no olvidar “Ni dudo, ni me arrepiento, ni dejo para otro momento”. Feliz vida a todos y nunca se olviden de bailar sus huesitos.

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